Trump y el “nuevo Estados Unidos”

Columna
El Líbero, 03.02.2026
Jorge G. Guzmán, abogado, exdiplomático y académico (U. Autónoma)

Donald Trump no tiene ni el carisma de John Kennedy, ni el humor inteligente de Ronald Reagan, ni la agudeza intelectual de Bill Clinton. Tampoco el aura reflexiva de Barack Obama. Su esposa -una exmodelo inmigrante de la ex Yugoslavia- tampoco tiene el charme aristocrático de Jackie Kennedy, ni el espíritu benéfico de Nancy Reagan, ni el intelecto de Hillary Clinton.

En cuanto a su “relación con las mujeres”, en el curso de los años Trump fue objeto de acusaciones, juicios y arreglos extrajudiciales con excolaboradoras y/o “exparejas’ que, como la actriz porno “Stormy Daniel”, le atribuyeron “conductas impropias”. Eso, además de innumerables problemas judiciales con exsocios, exempleados o clientes que le acusaron de incumplimiento de contratos, negocios fraudulentos o evasión de impuestos.

Su primer gobierno estuvo marcado por procesos judiciales centrados en su persona, y terminó con el Congreso norteamericano asaltado por una muchedumbre que intentó impedir la legitimación del triunfo de su adversario Joe Biden. En el estilo de la película de Woody Allen “Bananas” (1971), mientras la turba saqueaba oficinas de parlamentarios y amenazaba con el uso de explosivos, se produjeron cuatro muertos y más de 170 policías lesionados. Así terminó el primer periodo presidencial de Donald Trump.

Asociaciones de psiquiatras, psicólogos y otros expertos en “trastornos de la personalidad” coinciden en diagnosticarle misoginia, impulsividad y narcisismo, sugiriendo que -en términos clínicos- estamos en presencia de “un sociópata”. Nada de eso impidió su regreso al poder en 2025. ¿Por qué?

Trump como fenómeno cultural-ideológico: hastío con el liberalismo “caro” y abstracto
En noviembre de 2024 Trump fue reelecto con la mayoría de los “colegios electorales” (312 versus 226) y, también, con la mayoría del voto popular (77,3 millones contra 75 millones de Tamala Harris). Se impuso en 31 de los Estados del país ejercitando un liderazgo sin contrapeso al interior del Partido Republicano, que endosó no solo su “agenda valórica”, sino que su “atípica” agenda internacional.

La guerra comercial con China (y con el resto de la comunidad internacional), el acelerado retiro estratégico desde Europa (a la que acusa de “decadente”) y la subsiguiente crisis interna de la OTAN son, en contexto, consecuencias de su victoria cualitativo-cultural no solo sobre el Partido Demócrata (en sentido histórico), sino sobre la “agenda cultural -liberal” post Guerra Fría.

Si -casi por definición- Estados Unidos es un país “dividido por la mitad” (la Guerra Civil de 1861-1865 costó más de 600 mil muertos y 400 mil heridos), a partir del movimiento por los derechos civiles en las décadas de 1950-60 (discriminación contra las minorías raciales) y la Guerra de Vietnam (“guerra injusta”), las fracturas interiores de la sociedad norteamericana se profundizaron.

Si a comienzos de la década de 1990 dichas fracturas eran menos evidentes, estas resurgieron durante los últimos quince años, en la medida que la izquierda liberal norteamericana impuso su propia “agenda valórica” centrada en asuntos lejanos a los intereses y urgencias de millones de familias de clase media y trabajadora. Todo indica que la insistencia en el “aborto libre“, los “derechos especiales” de las mujeres y de las “minorías sexuales” resultó, a la larga, un ataque frontal a los “valores” del protestantismo conservador (que fundó la sociedad norteamericana).

El “estilo” fue un “buenismo” ejercitado a través de organismos internacionales, “organizaciones de la sociedad civil” y de la academia liberal, pero “con cargo a los contribuyentes”. Todo un ejercicio mesianismo, cuyo objetivo fue imponer la tesis del “ecocidio”, ergo, que el calentamiento global de origen antropogénico (el “milenarismo” del siglo XXI) ya nos condujo al “inminente fin de los tiempos”.

Esto justificó, en el sentido más genérico posible, “la defensa del medio ambiente” desde cada vez más “cumbres internacionales” y tratados multilaterales cuyos resultados debían, a continuación, incorporarse a la legislación interna de los países para imponer más restricciones, más impuestos y más costos al desarrollo económico (y al empleo).

En ese marco, el uso y abuso del llamado “principio precautorio”, en virtud del cual una industria o una empresa son, a menos que demuestren lo contrario, culpables de “destruir el medio ambiente”, facultó al liberalismo ambientalista para condenar a una larga serie de actividades económicas, cuya declinación la administración Trump identifica como responsable de la migración de unidades productoras norteamericanas (empleos) hacia México y países del Asia (especialmente China).

Además, la agenda liberal globalista incentivó la proliferación de ONGs que -financiadas con dinero norteamericano por la FEMA (Agencia Federal para el Manejo de Emergencias) y Naciones Unidas (“sus organismos y programas”)- acompañaron “acciones multilaterales” en conflictos regionales y desastres humanitarios, que, como en los casos de Haití, Somalia, Yemen o Gaza, “a final de cuentas no hicieron ninguna diferencia permanente”.

Los efectos perdurables de tales fracasos fueron, repetidamente, de cargo del erario norteamericano.

El mismo reproche subyace detrás de los gestos (a veces insultantes) de Trump respecto de Europa (especialmente de la Unión Europea), la cual por décadas “cargó el costo” de su propia defensa al “bolsillo norteamericano”. Eso, mientras ciertos países europeos medianos y pequeños se lanzaban a “salvar al planeta”, ignorando compromisos financieros pactados en el marco de la OTAN (2% gasto en defensa). Ese descuido incluyó a Groenlandia, ahora requerida por Trump por considerarla esencial para la seguridad de su país (y los intereses de sus industrias).

Este es el “contexto ideológico” de la crisis que afecta a la relación transatlántica (lógica y rol de la OTAN en el futuro), que ocurre en paralelo al “enroque norteamericano” en el “hemisferio occidental” (o “hemisferio americano” en la acepción anglosajona del término).

Todas estas circunstancias representan un desafío estructural para Chile. Definir el “qué hacer” para enfrentar el actual desordenado tablero mundial (y las crisis “que vienen”) requiere reflexión y cuidado.

El multilateralismo, el libre comercio y la “cuestión china”
En el curso de las últimas décadas “el liberalismo” resultó esencial para el desarrollo de procesos de liberalización comercial (“Ronda de Doha”) y el establecimiento de la OMC (incluida la adhesión a ese organismo de China y Rusia). En paralelo, para la articulación de acuerdos regionales de liberalización comercial y cooperación económica como el NAFTA y el TPP11/15.

Sin embargo, el “cambio cultural” ocurrido en 2024 (en las urnas) permitió que Trump y sus asesores identificaran al libre comercio (entendido como “producto del multilateralismo”) entre las razones profundas del espectacular ascenso de China, y la supuesta decadencia norteamericana, que bajo el slogan “MAGA” (“hagamos otra vez grande a Estados Unidos”) pretenden revertir.

Trump encarna -por una parte- un proyecto para asegurar a su país la condición de “potencia hegemónica” (orden unipolar) y -por otra- una reacción alérgica a la “cultura liberal” y a su principio de “discriminación positiva” que, en su propia interpretación, “violenta” el principio republicano básico de “igualdad ciudadana”.

Con el trasfondo de la tradición estadounidense de consubstancial desconfianza respecto del poder del gobierno central (ámbito en el que el derecho constitucional a portar armas es asunto trascendente), en sectores del “Estados Unidos profundo” la implementación de la “discriminación positiva” para disminuir “la brecha de género” o beneficiar “discrecionalmente” a minorías raciales o inmigrantes indocumentados, se interpretó como “otra conspiración del gobierno” para someter a las clases media y trabajadora a un orden que “no es natural”, especialmente si ese orden va acompañado de “más impuestos” (tema candente en sectores rurales y urbanos de “pobres de raza blanca”).

En las ciudades norteamericanas la “base social de Trump” sindica a las “políticas culturales” del liberalismo como responsable de la inmigración descontrolada y sus efectos (“en tiempo real”) sobre la seguridad de niños y jóvenes, barrios y personas. Asociado a lo anterior, el liberalismo es responsable de la nueva epidemia de consumo de drogas proveniente de Venezuela, Colombia y México, pero que ahora se sostiene con “precursores” importados desde China. Comparada con otras epidemias de drogas, el “componente chino” de la actual hace que la actual sea “distinta”.

Este último aspecto agrava la percepción del gobierno Trump respecto de la magnitud de “la amenaza china”.

Implicancias para el hemisferio americano
Una de las principales conclusiones de la acción norteamericana en Venezuela apunta a establecer que ese país no está dispuesto a tolerar actores externos que, en su análisis, perturban la convivencia en el “hemisferio occidental” (su área de influencia inmediata).

Lo anterior implica el fin de la tolerancia con la influencia china, rusa e iraní, como antes ya quedó en evidencia en “los acuerdos” alcanzados en 2025 con el gobierno de Panamá, para “normalizar” el tráfico interoceánico en el canal (acción directa en contra de operadores portuarios chinos).

Más recientemente hemos conocido planes de Estados Unidos para reforzar su presencia naval en Callao y Ushuaia y, desde esos puertos, fortalecer su presencia en el Pacífico Sudeste y en el sector al sur del cabo de Hornos (Mar Austral), regiones que hasta ahora no fueron de parte de sus prioridades.

Todo indica que la nueva lectura norteamericana de las cuestiones hemisféricas privilegia cuestiones relativas a la seguridad y, por lo mismo, que nuestra región tiene una nueva importancia en el diseño de hegemonía estratégica del “nuevo Estados Unidos de Donald Trump”: La Doctrina Monroe 3.0.

Por lo mismo, debemos esperar que la pugnacidad norteamericana respecto de la presencia china en las Américas aumente. Esto, obviamente, representa un desafío para muchos países iberoamericanos que, como Chile, mantienen relaciones comerciales con China de importancia para sus economías.

Para nuestro país en particular, la relación comercial con China es relevante para el empleo en diversos sectores: cualquier alteración en los intercambios con dicho país (por décadas un socio seguro y confiable) puede derivar problemas sociales. A esto hay que agregar la importancia de la inversión china en sectores estratégicos de nuestra economía, un tema que de seguro ya está en el análisis norteamericano.

Con todo, comparativamente, nuestro país está en buenas condiciones para “surfear” con éxito las “turbulencias” de una política exterior norteamericana más asertiva, cuya principal cualidad parece -por ahora- radicar en su impredecibilidad. Si bien el estado de nuestra economía no es el mejor, el país no necesita rescate financiero y cuenta con reconocidas condiciones para volver a crecer.

Esto último representa, como lo ha explicitado la Cámara Chileno-Norteamericana de Comercio, un espacio para generar nuevas sinergias bilaterales. Para el éxito en esa tarea es, desde el inicio, indispensable entender con precisión cuál es “nuestra situación relativa en el hemisferio”, para evitar “sobregiros” que pongan -innecesariamente- al país en el foco de preocupación de la política norteamericana.

Por razones de toda naturaleza, Chile es, y debe ser, un aliado confiable de Estados Unidos, pero no un ad later en “proyectos” diversos a nuestra idiosincrasia y a nuestra tradición política.

En el contexto de confusión que impera en el sistema internacional, parece del todo aconsejable que nuestra acción internacional renuncie a cualquier aspiración de protagonismo o “política de prestigio”, como las ensayadas por previos gobiernos. El “color” de nuestra política internacional no puede ser ni “turquesa”, ni del “arcoíris de la bandera del orgullo gay” ni, en definitiva, de ningún color. La política exterior es una “política de Estado”, porque sus logros o sus errores afectan al conjunto del país.

Oportunidades y tareas para el gobierno de José Antonio Kast
Considerando que el gobierno que termina ha sido -en los hechos- relegado a una “tercera fila” por la administración Trump, el gobierno que asumirá en marzo tendrá oportunidad no solo para empatizar en asuntos valóricos (i.e. desconfianza de los organismos internacionales superpoderosos y “caros para el bolsillo”), sino también para fortalecer la relación económica.

Con esto en consideración, la política exterior del próximo gobierno debería, desde ya, contar con un análisis de estado de situación actualizado para evitar circunstancias que, iniciando el gobierno, afecten nuestro propio interés estratégico. Improvisar es siempre más caro.

Por ejemplo, es prioritario contar con un análisis actualizado del delicado problema resultante de la “proyección marítima china” en el Pacífico Occidental, que se sobrepone a la proyección marítima de todos sus vecinos en el Mar del Sur de China (“línea de los 9 puntos”). La proyección china incluye aguas filipinas en las que, casi a diario, ocurren enfrentamientos entre pescadores y patrulleros de ambos países (todos convenientemente armados). Un problema muy delicado que puede afectarnos directamente: alteración de las rutas de nuestras exportaciones marítimas a los mercados del Asia-Pacifico.

No es necesario consultar un oráculo para entender que los próximos meses y años nos deparan nuevas y complicados problemas internacionales.

En perspectiva es claro que, en la medida que Estados Unidos “encarrile” crisis regionales como las de Ucrania, Irán y Palestina, dispondrá de espacio para focalizarse en la disputa estratégica con China, especialmente en el citado Océano Pacífico.

Tampoco no es descartable que se nos invite a participar de la “normalización democrática de Venezuela”, un asunto en el que se pondría a prueba nuestra capacidad para resistir la tentación de involucrarnos en el fondo de asuntos cuya solución no depende -ni de cerca- de nosotros.

Evitar “estrategias comunicacionales” sin el conveniente análisis, y mantener al nivel de toma de decisiones informado de los alcances, repercusiones y efectos no deseados de nuestras acciones internacionales, debe ser tarea del equipo diplomático que comienza a conformarse.

Es de esperar que ese equipo incluya opiniones expertas en temas de fondo y, también, experiencia para observar las formas diplomáticas que permitan, sobre todo al propio presidente de la República, prevenir malentendidos y evitar errores siempre costosos y difíciles de superar. Sin duda que para el gobierno de José Antonio Kast un desafío principal consistirá en encontrar una manera empática para relacionarse con el nuevo Estados Unidos de Donald Trump, sin que ello afecte el interés permanente del país. Muy complejo. Hay que prepararse.

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