Columna El Internacionalista del fin del mundo, 29.03.2026 Juan Pablo Glasinovic Vernon, abogado, exdiplomático y columnista
Es evidente que más allá de sus efectos directos de muerte y destrucción, todo conflicto tiene otras consecuencias en lo inmediato y a más largo plazo. Algunos son predecibles o están dentro del ámbito de las probabilidades, mientras otros pueden ser totalmente sorpresivos. Lo relevante es que el país que va a entrar en guerra debe anticipar los distintos escenarios que se pueden desplegar producto de sus acciones, no solo para el manejo bélico, sino también principalmente para su política exterior y para su economía.
La pregunta natural que surge en el caso de la guerra que desataron Israel y Estados Unidos contra Irán, es qué escenarios proyectaron y si ambos países están actuando conforme a ellos. Nuestro análisis por supuesto será especulativo por cuanto se funda en la cobertura de prensa, y no en los planes e inteligencia de ambos países.
En esa óptica, mi primera impresión es que tanto Israel como Estados Unidos apostaron a una guerra quirúrgica que iba a facilitar la caída del régimen y por tanto un rápido cese de las hostilidades. Esa visión probablemente incluía un país que iba a estar volcado a reorganizarse por largo tiempo y que por lo tanto cesaría de ser una amenaza, al menos militar para la región.
Es obvio que esa premisa falló. El régimen clerical demostró ser mucho más resiliente que lo esperado y no obstante toda su crueldad y opresión, la población no se alzó. Y no lo hizo en parte por temor a la represión de un sistema que no se derrumbó, pero también por los propios efectos de la guerra, la naturaleza de los atacantes y el componente religioso local. Es imposible negar que la matanza de unas 180 niñas en un bombardeo de una escuela primaria no tuviera el efecto de rechazar popularmente la agresión externa. A eso hay que sumarle que tanto Israel como Estados Unidos han sido tildados consistentemente como los mayores enemigos de Irán desde la revolución de los ayatolas en 1979, lo que se ratifica desde la perspectiva de la propaganda por cuanto son ellos los agresores. Finalmente, no se puede soslayar la dimensión del martirio en la idiosincrasia mayoritariamente chiíta de los iraníes. En efecto, esta rama del islam se funda en el asesinato de Hussein, nieto del profeta Mahoma en 680 DC y de varios imanes (líderes espirituales) sucesivos. En esa línea se entiende que el asesinato del ayatolá Alí Jamenei es otro martirio y este no es una derrota, sino constituye el fundamento de una futura victoria espiritual. Muchos iraníes deben sentir, independientemente de su rechazo al régimen, que están siendo expuestos al martirio y eso fortalece su decisión de resistir. Todas estas variables han significado que la población se ha alineado tras su bandera, al menos mientras se mantenga la guerra.
Otros factores que eran obvios de considerar son la extensión de la guerra y sus efectos energéticos, pero también se subestimaron. Irán a pesar de haber estado debilitado económica y militarmente, sigue siendo una potencia regional con aliados dispuestos a luchar, lo que ha ocurrido efectivamente con el involucramiento de Hezbolá desde el Líbano y de los hutíes desde Yemen.
Pensar también que los países de la península arábiga, muchos con bases militares estadounidenses, iban a quedar fuera del intercambio de fuego, era irreal como ha quedado demostrado. Irán desde esa perspectiva ha procurado maximizar el daño a todos sus enemigos, reales y potenciales.
Era impensable que la región desde donde se produce y exporta entre un cuarto y un tercio del petróleo y gas del mundo iba a quedar indemne. Eso era aún más evidente porque Irán controla el estrecho de Ormuz desde donde sale la mayoría del gas y petróleo que produce la zona, y que un eventual cierre sería fácil de implementar y muy difícil de revertir.
Pues bien, lo cierto es que la guerra se está alargando y que el tiempo juega principalmente en contra de Estados Unidos. Su efecto principal es un shock energético que está sacudiendo a la economía mundial y que, además de un alza significativa de la inflación, está alterando los procesos productivos, la agricultura y toda la cadena logística, lo que tardará meses en revertirse desde que cesen las hostilidades y que implicará probablemente que el 2026 sea un mal año en términos económicos.
Finalmente, una de las razones para justificar el ataque a Irán era impedir que desarrolle una bomba nuclear, lo que tampoco está ahora asegurado y puede haber convencido al liderazgo persa de que hacerlo podría ser la única alternativa para evitar ser atacado nuevamente en el futuro.
En suma, parece quedar en evidencia que los escenarios sobre los cuales se construyó el ataque a Irán no se han cumplido y que no se previó el rumbo que está tomando el conflicto, lo que es realmente difícil de entender, considerando la obviedad de ciertos factores, especialmente el energético.
¿Quién gana y cómo puede terminar esto? Militarmente es innegable que la dupla Estados Unidos e Israel han apabullado a Irán. Pero esa victoria es hasta ahora pírrica porque no ha caído el régimen e Irán sigue manteniendo una capacidad de combate, además de bloquear efectivamente el suministro mundial de hidrocarburos con las consecuencias ya reseñadas.
¿Cómo seguir? Una alternativa es que Estados Unidos declare que se cumplieron sus objetivos, entiéndase “haber debilitado significativamente” a Irán y cesar las hostilidades, pero si eso no conlleva un gesto iraní como desbloquear el estrecho de Ormuz, será una derrota. En esa eventualidad correspondería entonces una escalada hasta lograr que los iraníes negocien y acepten un trato. Pero eso necesariamente implicará un mayor despliegue militar, incluyendo acciones terrestres. Y en ese escenario, si la escalada involucra atacar instalaciones petroleras, gasíferas y de generación energética, entonces los iraníes pueden retaliar con todo contra instalaciones árabes similares en el vecindario, lo que constituiría un agravamiento y extensión en el tiempo de la crisis energética.
Mientras Israel bajo el mando de Netanyahu revela que “hace décadas que quería haber efectuado este ataque para terminar con una amenaza existencial”, Estados Unidos no parece estar sacando nada en limpio desde la perspectiva de sus prioridades: no se ha neutralizado la amenaza nuclear, sigue el régimen y su potencial de desestabilización y además se ha afectado significativamente a la economía mundial a través de un shock energético.
Si hilamos más fino, hay otras derivadas y consecuencias. En primer lugar, este episodio bélico por sus efectos podría implicar la derrota de Trump en los comicios de mitad de período en noviembre próximo, lo que podría significar un frenazo a sus planes, cuando no el inicio de una reversión de estos.
Desde el punto de vista de la proyección estratégica mundial de Estados Unidos, esta guerra ha significado un vaciamiento de su stock de ciertas armas, particularmente de misiles de defensa aérea. Tanto es así que se ha acudido a reservas desplegadas en Corea y Japón para llevarlas a Israel y el Medio Oriente. Esta merma que tardará en reponerse afectará aún más a Ucrania y deja más espacio para eventuales ataques de Corea del Norte y de China en el Asia Pacífico.
Otro efecto en esto es la evidencia de la soledad de Estados Unidos en esta guerra. Su intención de involucrar a los países de la OTAN ha fracasado más allá de ciertas declaraciones tibias de adhesión y algunos apoyos logísticos. De alguna manera Trump está cosechando los frutos de su unilateralismo y de desprecio a las alianzas.
Rusia se está viendo beneficiada de varias maneras: asegura ingresos mayores por la venta de su petróleo y gas lo que le permitirá sostener su esfuerzo de guerra contra Ucrania al mismo tiempo que este país tiene menos acceso a armas estadounidenses. También el nuevo involucramiento de Estados Unidos en el Medio Oriente, que podría abrir otra dinámica de años, despejará otras áreas en favor de Rusia y China.
Finalmente, esta guerra deja en claro la alta dependencia mundial del gas y del petróleo y lo fácil que es bloquear rutas marítimas. Ya estaba el precedente del Canal de Suez con los ataques hutíes, lo que hizo bajar en un 60% el tráfico de barcos por esa vía. Ahora es Ormuz, pero mañana podría ser Málaca, el Báltico, el paso de los Dardanelos, el Estrecho de Gibraltar, el Canal de Panamá y otros hitos. Respecto de la dependencia, podría ser un estímulo masivo para diversificación y la generación de energía in situ, lo cual fortalecerá entre otras la opción nuclear, especialmente en países como Japón y Corea.
En las próximas semanas veremos si Estados Unidos escala con operaciones terrestres y qué podría implicar aquello. Para alguien que mira desde afuera, todo parece encaminarse a la repetición de las experiencias de Irak y de Afganistán.
En cuanto a Israel, ya controla territorios del Líbano y Siria, además de expandir su ocupación en Cisjordania. Eso también garantiza la extensión del conflicto.
Todos debiéramos recordar que en una guerra solo se sabe cómo y cuándo comienza, no cómo se desarrollará ni menos su extensión.

