Ormuz

Columna
El Líbero, 04.04.2026
Fernando Schmidt Ariztía, embajador ® y exsubsecretario de RREE

Ormuz no es sólo sinónimo de guerra, conflicto, enfrentamiento, ansiedad, eventual parteaguas del porvenir. También lo es de míticas y fabulosas riquezas, cruce de civilizaciones, mercado mundial, refinamiento y costumbres licenciosas.

Nadie sabe a ciencia cierta de dónde proviene su nombre. Para unos, es una derivación de Ahura Mazda, entidad suprema del zoroastrismo, dios del cielo, omnisciente, sacerdote celeste asociado a la luz y a la sabiduría que al final de los tiempos derrotará al mal. Para otros, el resonante vocablo deriva del dialecto persa regional cuando se refiere a la palma datilera, abundante en la zona. Existen quienes aseguran que la palabra es de origen griego y deriva de hórmos, que significaría caladero, fondeadero, puerto, bahía. Todo es posible.

Ormuz es una isla, un estrecho y un sistema. La isla tiene apenas 42 kilómetros cuadrados, pero es el epicentro del estrecho y del sistema político y económico a su alrededor. El imperio persa de Ciro el Grande dominó su margen norte unos 550 años antes de la era cristiana. A nombre suyo y el de sus sucesores, la zona la administraron los sátrapas de Karmania, el último de los cuales, siglos después, reconoció a Alejandro Magno como su rey, para luego traicionarlo. El macedonio lo mandó matar y nombró en el cargo a Sibyrtios, un oficial suyo. Además, fundó en algún lugar de la provincia la ciudad de Alejandría de Karmania, que se supone estuvo ubicada a unos 50 kilómetros del estrecho, sobre un cruce de caminos en dirección a la India. Después del imperio helénico, los persas partos y sasánidas controlaron la región.

La parte sur de Ormuz también estuvo ligada al comercio desde tiempos remotos. Allí se estableció el reino árabe de Magán que cubría gran parte de los actuales Emiratos Árabes Unidos y Omán, pero su influencia comercial se extendió por todo el golfo, parte importante de la costa este de África, los mares Rojo y Arábigo hasta la India. La zona fue controlada luego por los persas hasta la reconquista árabe y la llegada del islam. Toda el área, tanto el norte como el sur de Ormuz fue, desde que se tiene memoria, un punto de conexión marítimo y terrestre por donde transitaban personas, ideas, culturas y productos desde Zanzíbar a Basora; de la India a los Balcanes; del mar Rojo a Samarcanda.

Marco Polo estuvo en Ormuz en el siglo XIII explorando rutas comerciales alternativas desde Venecia al Asia. Entonces describió la isla como un gran puerto donde convergían sedas, perlas, piedras preciosas, especias, colmillos de elefante, oro, productos que de allí se distribuían por caravanas o rutas náuticas al mundo conocido de entonces, poco explorado en occidente.

A principios del siglo XV apareció en Ormuz la flota expedicionaria del almirante chino Zheng He, con sus más 300 barcos y 27.800 hombres. Fue la mayor armada de la historia. Hicieron dos recaladas. Los traductores a bordo describieron a su gente como refinada, bien parecida, elegante, con un alto nivel de vida. A pesar de que las siete excursiones del almirante produjeron notables avances económicos en China, el país se sumió poco después en una reclusión de cinco siglos.

Por sus progresos en la navegación, en las técnicas militares y armados de un espíritu de cruzada, aventura, osadía e ilimitada ambición, los portugueses contornearon el Cabo de Buena Esperanza, entraron al Océano Índico, y en 1507 se hicieron de Ormuz. Desde allí controlaron su sistema de rutas comerciales. João de Barros, cronista de la historia de los portugueses en Oriente, describe la ciudad como “magnífica en edificios” y escala a la que llegan “toda las mercaderías orientales y occidentales, y las que vienen de Persia, Armenia y Tartaria situadas hacia el norte. Aunque la isla no tiene en sí algo propio, posee todos los tesoros del mundo”, tanto que sus habitantes dicen que la tierra es un anillo “y Ormuz es la piedra preciosa engastada en él”.

Desde allí vigilaron el imperio portugués en Asia, y por más de un siglo fueron dueños de la ruta de las especias y la seda. Construyeron en Ormuz e islas cercanas un sistema defensivo de artillería cruzada, encabezada por la fortaleza de Nossa Senhora da Conceição, cuyas imponentes ruinas se pueden apreciar hasta hoy. El predominio comercial de Lisboa fue tal, que Portugal experimentó el mayor auge de su vida, hasta que el tráfico de esclavos opacó la gloria de los intercambios.

El período lusitano de Ormuz fue exaltado por Luis de Camões, genio de las letras portuguesas, que en las Lusiadas elogió las epopeyas asiáticas y el coraje de sus coterráneos: “El brillo de esa luz son las potentes / armas con que Alburquerque irá amansando / de Ormuz a los persas, por sus malos valientes / que rechazaron el yugo honroso y blando”.

Poco más de un siglo después, en abril de 1622, el Zha de Persia Abbas I, llamado el Grande, expulsó a los portugueses de allí después de un asedio de tres meses. Para ello utilizó cinco barcos de guerra propios y cuatro embarcaciones ligeras prestadas por la Compañía Británica de las Indias Orientales. La operación se fraguó al no prosperar una alianza de tipo político y comercial entre Felipe IV, rey de España y Portugal, y el Zha. El momento fue aprovechado por los británicos para sellar un pacto con los persas y debilitar a España, repartirse el botín portugués, acceder al comercio de la seda iraní y cobrar derechos de aduana en Ormuz. A pesar de intentos posteriores por recuperar la isla, fue irreversible el declive portugués en el Índico, el golfo, el mar Rojo y el Arábigo. El episodio alimentó la Restauración portuguesa que puso fin a la monarquía dual.

Jurídicamente, Ormuz volvió al imperio persa, pero la ciudad fue desmantelada y se trasladó a la vecina Bandar Abbas en la costa iraní. El dominio de la zona pasó a manos de la Compañía, cuyos recursos y conocimientos navales eran superiores a los del imperio sasánida. Hacia 1822 la empresa influyó en Londres para crear el puesto administrativo de Residente en el Golfo Persa con sede en Bushehr, puerto iraní distante de Ormuz. Desde allí el Residente controló en grados diversos la política y economía en los estados del golfo hasta 1971, lo que explica el caleidoscopio de países surgidos de la administración británica.

Ormuz y sus riquezas siguieron siendo descritas por autores europeos como Lope, Calderón, Raynal, Crane, Marvell o Greville. Sin embargo, Coleridge denunció el desenfreno, la sensualidad e inmoralidad de la ciudad y situó allí a un escandalizado san Francisco Javier en su viaje a Japón. John Milton imaginó el trono del demonio parecido a las riquezas de Ormuz: “Alto en un trono de estado real, que / superaba con creces la riqueza de Ormuz y de Ind / o donde el espléndido Oriente con mano más rica / muestra a sus reyes perlas y oro bárbaros, /Satanás exaltado se sentó, elevado por mérito / a esa mala eminencia; y desde la desesperación, / así elevado más allá de la esperanza, aspira / de esa altura insaciable perseguir una guerra vana contra el Cielo…

El mar que circunda la isla de Ormuz, libertina en su apogeo, nos ofrece hasta hoy una última sorpresa: cuando llueve se tiñe de rojo, igual que la sangre derramada por el Hijo de Dios en Viernes Santo. Desciende al mar la lluvia, como la Redención, mezclada con óxido de hierro y sal transformando el azul en rojo, y recordándonos la Semana Santa que comenzó con la prohibición de celebrar el Domingo de Ramos en Jerusalén.

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