Columna El Libero, 02.05.2026 Fernando Schmidt Ariztía, embajador ® y exsubsecretario de RREE
La visita del canciller Pérez Mackenna nos brinda una oportunidad para comenzar de nuevo a construir una base de confianza con Bolivia.
La imagen de los cancilleres de Chile y de Bolivia dándose la mano en la frontera -con el volcán Parinacota como telón de fondo, recibiendo toda la luz de la mañana de un 23 de abril- cerró un absurdo capítulo de distanciamiento que duró poco más de 15 años.
Durante la primera mitad del 2010, a pesar de la inexistencia de relaciones diplomáticas, los contactos entre ambos países eran fluidos, estrechos, cubrían un gran abanico de asuntos dentro de la famosa “Agenda de los 13 puntos”. De aquel programa, dos temas eran controvertidos. Los restantes 11, no. Las materias difíciles eran, sin embargo, un campo minado por su alto grado de voluntarismo, ignorancia, historias mal contadas. Aquellos dos motivos estaban, además, plagados de sentimientos, emociones, mitos, cifras erróneas y nacionalismos atávicos. Adicionalmente, eran objeto de una fácil utilización política, cálculos narrativos, trampas retóricas y alimento para suspicacias de todo tipo.
A pesar de todo, Evo Morales quería en aquel momento que su nombre quedara unido para siempre a la historia boliviana y a la reivindicación social y política del indígena latinoamericano, en forma coincidente con una lectura marxista del pasado. La aspiración marítima, que había hecho consagrar en el artículo 268 de la nueva Constitución Política, promulgada el año anterior, era para él un mandato sagrado e irrenunciable y su grupo social debía ser el encargado de conseguirla. Pretendía redimir al indígena, humillar a los mandatarios que le precedieron y a los grupos sociales que, según su convicción, habían sido incapaces de liderar el país hacia una solución.
Fue en este contexto que el vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera -con pleno respaldo de Evo- realizó una visita sorpresiva a Chile a fines de junio del 2010, supuestamente para ofrecer una clase magistral en el edificio de la CEPAL. Asistió a la misma un limitado grupo de teóricos capaces de entender su discurso redactado en «en chino», personajes afines a su ideario y funcionarios de distintos organismos chilenos e internacionales. Lo importante, sin embargo, fue el almuerzo que el 24 de junio le ofreció en La Moneda el presidente Sebastián Piñera. Allí, García Linera le planteó sin rodeos al mandatario cuatro puntos:
- Que Chile debía ser el comprador natural del gas boliviano y que Bolivia estaría abierta a la posibilidad de inversiones chilenas en ese sector.
- Que nuestras empresas debían participar en la construcción de centrales hidroeléctricas en su país, abundante en recursos hídricos, para exportar esta energía a Chile.
- Que debíamos avanzar con mayor decisión en el tema marítimo porque ellos pensaban que Chile quería únicamente dilatar el asunto.
- Que debíamos encontrar una agenda amplia, más allá de los trece puntos acordados.
A esta visita siguió la reunión del Mecanismo de Consultas Políticas en La Paz, en julio de 2010, la última de ese sistema, que meses después concluyó con el distanciamiento que conocemos. Durante una pausa del encuentro asistimos a la inauguración de dependencias fronterizas en Chungará, cuando la nieve del Parinacota ya comenzaba a teñirse de rosado por la luz del sol poniente.
La visita del canciller nos brinda una oportunidad para comenzar de nuevo a construir una base de confianza con Bolivia, reconociendo que las “diferencias históricas” estarán allí, pero sin el peso de expectativas levantadas bajo premisas políticamente interesadas o argumentos falaces. La frase más significativa del texto acordado durante la visita fue que, a pesar de los distintos puntos de vista, “es posible avanzar hacia la normalización de las relaciones diplomáticas de manera constructiva y propositiva”. Esto no se había visto desde 1978.
No obstante, esta semana Evo Morales comenzó a agitar las aguas. Quiere recuperar la figuración política que tuvo y manipular a ese diluido y fragmentado tercio de votantes que le siguió hasta las elecciones generales del año pasado (por el voto nulo), o a las subnacionales del 22 de marzo de este año, donde se impuso únicamente en Cochabamba. Hoy le importa bien poco lo que él mismo alentó a construir a través de García Linera: la integración energética entre Chile y Bolivia.
Hoy día, esta complementación sería posible en el sector eléctrico donde el monopolio lo ha ejercido hasta ahora el Estado a través de la Empresa Nacional de Electricidad (ENDE). Sin embargo, hay expectativas promisorias que dependen de reglas que le den sustento y seguridad al emprendimiento privado en el marco de la liberalización del mercado eléctrico, hoy en marcha. El potencial hidroeléctrico boliviano se estima en unos 18.000 MW distribuidos principalmente en las cuencas de los ríos Beni, Grande, Pilcomayo y Bermejo. En total, ENDE ha identificado más de 60 proyectos hidroeléctricos potenciales. A modo de precedente, con Brasil anunciaron el mes pasado una integración energética que podría servir de ejemplo para que el tema se encuentre sobre la mesa de las próximas consultas políticas.
El sector de los hidrocarburos boliviano está por los suelos. Nuestros vecinos pasaron de ser exportadores de crudo entre la década de los 50 y 70, a importadores en la actualidad. Dichas importaciones están destinadas, además, a mantener sus propias refinerías en funcionamiento. Esta catástrofe tiene múltiples causas, pero la principal fue la negligencia y mirada de corto plazo acerca del uso de los ingresos, para usarlos con fines políticos hasta el agotamiento de los pozos.
El otrora poderoso sector del gas es prácticamente inexistente, por lo mismo. No queda ni una molécula para exportar. Las reservas probadas cayeron un 65% o más en una década, por lo que la producción se orienta básicamente al consumo interno hasta su agotamiento, que se calcula se produciría el 2031. No obstante, hay un estudio en curso que permitirá dimensionar mejor la situación y también un paquete de reformas legales (presentadas esta semana) que busca estimular la inversión en exploración en un país que se supone rico en hidrocarburos, particularmente en pozos ultra profundos. Con Brasil ya han hablado del asunto, incluso de una “mayor integración de los mercados de gas del Cono Sur” ¿Es posible que empresas chilenas se sumen a esta tarea cuando llegue el momento? Pienso que todo pasa, primero, por el mecanismo de consultas, ya que la mirada debe ser la de una complementación productiva con resultados en la integración política.
Hoy día, es el sector privado el que debe desempeñar un papel activo en la construcción de este objetivo sobre la base de logros en la construcción de confianzas políticas. Tanto el Acuerdo de Servicios Aéreos recién suscrito; la próxima revisión del ACE-22, que ojalá contemple un marco jurídico para asegurar la inversión, y la integración de Bolivia en una red de interconexión sudamericana, o integración “fluvio-marítima” al decir del presidente Paz, van en la dirección correcta. Lo mismo cabe decir de los temas fronterizos, consulares, migratorios o de seguridad.
Más pronto que tarde, tenemos que lograr que no sean 16 los empresarios que acompañen a una alta autoridad a La Paz y Santa Cruz, sino un número mucho mayor. Que no sean 6 empresas ariqueñas de servicios las que se presenten en septiembre de este año en Expocruz (como ocurrió en 2025), la mayor feria multipropósito de la región, sino varias decenas. Que no haya un puñado de ruedas de negocios, sino cientos de reuniones.

