Columna El Líbero, 11.07.2026 Fernando Schmidt Ariztía, embajador ® y exsubsecretario de RREE
La independencia de los Estados Unidos, cuyos 250 años conmemoramos hace días, fue un hecho extraordinario en la historia mundial porque marcó el hito fundacional de la mayor potencia del mundo, que hasta hoy es el principal referente de la civilización occidental a la que pertenecemos.
Diversos historiadores destacaron la Declaración de Independencia del 4 julio de 1776 como modelo intelectual y simbólico para el proceso que concluyó en la emancipación de Chile. Ese país no intervino directamente en nuestra historia, pero actuó como caja de resonancia al colocar en práctica las ideas contenidas en la Declaración, como los derechos de la persona en tanto sujeto libre, igual a los demás, responsable, con derechos sobre el uso y disfrute de la propiedad privada producto de su esfuerzo. La Declaración fue luego una guía para la organización de nuestra república, particularmente en las ideas de los federalistas de José Miguel Infante.
En aquella época eran conocidos conceptos como los de la igualdad entre los hombres cuyos derechos inalienables derivan del Creador como la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad (en la Declaración norteamericana se refería al derecho de propiedad). Sabíamos que los poderes legítimos del gobernante provienen del consentimiento de los gobernados y que el pueblo tiene el derecho de abolir cualquier forma de gobierno que tienda a destruir tales propósitos. Sabíamos que nuestro derecho y deber era derrocar al gobierno cuando se violaban tales principios.
En el Chile colonial las ideas escolásticas y de la Escuela de Salamanca, cuyo quinto centenario se conmemora este año, eran conocidas y estudiadas como parte de la enseñanza en la Real Universidad de San Felipe y también en la formación eclesiástica. El pensamiento de Francisco de Vitoria, Domingo de Soto, Juan de Mariana, Francisco Suárez, Luis de Molina, Martín de Azpilcueta, Diego de Covarrubias o Tomás de Mercado era dictado, repasado y aprendido en las cátedras de Teología, la facultad más influyente entre las cinco existentes. Igualmente, sus escritos estaban presentes en los estudios de Derecho donde el programa seguía el modelo de la universidad salmantina y se impartían -entre otras varias asignaturas encabezadas por el derecho romano y las partidas reales- tres años de filosofía donde se aprendía la lógica escolástica. Además, era obligatoria la exigente cátedra de Cánones (derecho canónico) y todo lo relativo a las leyes de indias que, en conjunto, comprendían el estudio del derecho natural.
De este modo, la Declaración de Independencia norteamericana no aportó por estos lados ideas nuevas, pero les dio una perspectiva distinta en el ambiente político que vivíamos y reforzó con un ejemplo concreto la aplicación de conceptos que, desde la Salamanca del siglo XVI, se divulgaron por el mundo y fueron enriquecidos en el siglo XVIII por las ideas liberales y de la Ilustración.
Para Chile, lo ocurrido en Estados Unidos en 1776 fue una especie de laboratorio ideológico, un precedente jurídico que destruía la invulnerabilidad del sistema monárquico. De allí que los documentos emanados desde América del Norte fueran censurados por la monarquía hispana y circularan por acá de manera clandestina. Con todo, nutrió a frailes como Camilo Henríquez o a empresarios deseosos de acabar con los monopolios establecidos por la Corte.
En 1780, apenas cuatro años después de la Declaración de Independencia de EE.UU., las autoridades detectaron en Chile la “conspiración de los tres Antonios”, llamada así por el nombre de sus protagonistas. Estaba inspirada en la rebelión de las trece colonias contra la corona inglesa. Dos de ellos eran franceses, pero el tercero, José Antonio de Rojas, era un criollo rico, culto, viajado y dueño de la mayor biblioteca de libros prohibidos del país.
Aunque los fundamentos filosóficos de la Declaración de 1776 eran sujeto de estudio, el hecho político fue estremecedor. Se hicieron universales conceptos originarios del siglo XVI hispano, puesto que la Declaración -redactada principalmente por la pluma de Thomas Jefferson- derivaba del pensamiento de John Locke, particularmente de Dos tratados sobre el gobierno civil, obra publicada en 1689. Locke había estudiado a Hugo Grocio (1583 – 1645) y a Samuel von Pufendorf (1632 – 1694) y enriquecido su pensamiento jurídico y político asentado en los estudiosos salmantinos. En la Inglaterra del siglo XVII, la que vivió Locke, admitir ese origen equivalía a un suicidio político e intelectual. Sin embargo, los españoles se habían adelantado en un siglo al elaborado pensamiento del inglés y en dos a la Declaración firmada en Filadelfia.
Al momento de conmemorar estos 250 años lo importante no es tanto reconocer el origen remoto de la Declaración de Independencia (pero tenerlo presente) sino sus logros, y estos son extraordinarios. Gracias a los principios de ese hecho fundacional y a la determinación de EE.UU. en la defensa y ampliación de sus conceptos jurídicos y políticos -aún a costa de una terrible guerra civil- miramos a ese país como referente. Sin embargo, nos preocupa su futuro introspectivo y arrogante.
A partir de la Primera Guerra Mundial, Estados Unidos defendió en diversas partes del mundo la causa de la libertad contra totalitarismos de diverso tipo por la que dieron su vida unos 620.000 ciudadanos suyos, más que nadie entre las naciones actuales. Con ese sacrificio detuvo el avance del comunismo, invasiones amenazadoras al orden regional o mundial, luchó por las libertades de terceros, ayudó a levantar países devastados por dos guerras mundiales y, sobre todo, fue el articulador del orden internacional que nos rigió por 80 años. Gracias al estímulo a la libertad y a la creatividad individual Estados Unidos está a la vanguardia del conocimiento en casi todas las disciplinas y ocupan el primer lugar en cuanto a desarrollo económico.
Sin embargo, me produce pavor la mirada soberbia y prepotente de su actual presidente, seguida con entusiasmo por millones encandilados por su arenga. Me espanta la exaltación nacional que, sin nombrar a otros, huele a desprecio. En su discurso de aniversario, Trump enardeció a la audiencia con frases efectistas. Resaltó que los EE.UU. representan “la máxima culminación de la historia humana”; que su bandera “es el estandarte de la nación más extraordinaria, más excepcional y más increíble que jamás haya existido sobre la faz de la tierra”; que a lo largo de 250 años “han sido la esperanza, la promesa, la luz y la gloria entre todas las naciones del mundo”; que con la ayuda de Dios “siempre seremos así, o incluso mejores”; que el pueblo norteamericano está hecho “del valor, el fuego, la carne y la sangre de las mejores y más valientes personas que este mundo haya producido jamás”; que gracias a su Constitución “seguimos siendo el mejor pueblo del planeta”; que esa “nación de ganadores” hizo Panamá y destruyó la flota española en Manila… y para qué seguir. Para encontrar un parangón hay que remitirse a las exaltadas virtudes sobre “das Deutsches Volk” de una época que costó millones de víctimas.
Es el espíritu con el que Trump lee la historia lo que me preocupa, porque los excesos verbales dejan traslucir un clima chovinista, nacionalista, desinformado, incapaz de comprender al otro; con dificultad para entender la naturaleza del poder que administra el presidente. Gracias a Dios siguen en pie las instituciones creadas a partir de la Declaración de 1776, en las que radica el alma de EE.UU., y que entienden que “el rey recibe el poder del pueblo bajo condiciones, y si las rompe, deja de ser rey para convertirse en tirano”, como dijo en 1599 Juan de Mariana.

