Blog El internacionalista del fin del mundo, 02.08.2026 Juan Pablo Glasinovic Vernon, abogado (PUC), exdiplomático y columnista
Uno de los mayores giros o cambios en el sistema internacional, cuyas manifestaciones más evidentes podemos situar a comienzos del siglo XXI, es la transición desde la interdependencia compleja hacia la autonomía estratégica.
La interdependencia compleja, definida así por los cientistas políticos e internacionalistas Robert Keohane y Joseph Nye en los años setenta del siglo pasado, es una situación en la que los estados y las sociedades están vinculados por múltiples redes de interacción (económicas, tecnológicas, ambientales, sociales), lo que reduce la utilidad del poder militar y aumenta la importancia de la cooperación, las instituciones y las normas.
Esta realidad se caracterizó por el desarrollo de una multiplicidad de canales de interacción más allá del vínculo clásico entre los gobiernos. Es así como intervienen las empresas multinacionales, las organizaciones internacionales, las ONG, iglesias, movimientos sociales, etc. Estos actores no estatales tienen un poder real e influyen en la agenda mundial.
En ese esquema, el poder duro (definición atribuida al mismo Nye) pierde relevancia y la guerra se vuelve costosa y contraproducente. La interdependencia económica y tecnológica reduce la posibilidad de conflictos militares y hace que sea más racional cooperar.
La interdependencia compleja transformó la política mundial en un sistema de beneficios y costos compartidos donde estas variables se regulaban en un entorno institucionalizado con organismos como las Naciones Unidas, la Organización Mundial del Comercio, el Fondo Monetario Internacional, La Organización Mundial de la Salud, y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) entre otros.
En ese contexto estar completamente fuera del sistema era posible pero muy costoso, por lo que la excepción fue el retiro total y nunca se pudo levantar una alternativa viable.
El problema y en consecuencia el punto de quiebre para la interdependencia compleja se produjo cuando su arquitecto y garante principal, Estados Unidos, consideró que el sistema le estaba generando más costos que beneficios y empezó a actuar fuera de él.
Esto, en términos muy simplificados amplificó las fuerzas centrífugas en el sistema que se ha ido debilitando. Un signo de aquello es el regreso al poder duro como pilar de la política internacional.
Si antes una parte importante de las discusiones y decisiones pasaba por un sistema institucionalizado y reglado, ahora la tendencia va en el sentido contrario. Y naturalmente, si los estados ven que el sistema va respondiendo cada vez menos a una lógica colectiva y normativa, y depende al final del poder militar y económico, entonces quiéranlo o no, tendrán que sumarse a esa misma realidad. Eso explica el auge del rearme y también la proliferación de los conflictos armados.
De la interdependencia compleja, que subsiste en mayor o menor grado según los temas y áreas, estamos pasando a la dinámica de la autonomía estratégica.
La autonomía estratégica es un concepto en las relaciones internacionales que describe la capacidad de un estado para tomar decisiones y actuar en política exterior sin depender de otros actores, manteniendo una cierta libertad de acción.
Es, en esencia, la búsqueda de un margen de maniobra en un sistema internacional donde ningún país es completamente autosuficiente.
La autonomía estratégica no implica aislamiento, sino capacidad de elegir. Y para poder hacerlo y reducir la subordinación a presiones externas, se debe diversificar las dependencias, evitando así las vulnerabilidades críticas.
Para desarrollar la autonomía estratégica es esencial no depender de un solo actor o de unos pocos en al menos las siguientes variables: energía, tecnología, defensa, comercio, finanzas y cadenas de suministro.
Por tanto, para sostener esa autonomía se requiere impulsar y cuidar la industria nacional, la infraestructura crítica, capacidades militares mínimas, instituciones sólidas y alianzas flexibles.
La autonomía en un mundo que sigue siendo interdependiente en muchos aspectos y no dejará de serlo, se construye gestionando la dependencia, no eliminándola.
Este cambio de paradigmas está impactando fuertemente en la lógica económica. Si antes la regla general asentada para definir la producción de bienes y servicios era la de las ventajas comparativas, ahora ello debe coexistir e incluso en ciertos casos supeditarse a razones de seguridad nacional. Es decir, es cada vez más común desarrollar actividades que son menos rentables o derechamente que generan pérdidas para mantener la autonomía estratégica. La agricultura es quizá el sector que es más evidente en esa línea. Ningún país quiere ni puede depender absolutamente de las importaciones alimentarias, por más que le sea imposible ser autosuficiente.
A la agricultura y su derivada alimentaria se ha ido sumando el factor industrial. Los países en mayor o menor grado están reindustrializándose. Eso incluye la manufactura de armas cuyo origen se ha ido diversificando en las últimas dos décadas.
Por supuesto que, considerando el desarrollo tecnológico y científico de ciertos países y el incremento de las asimetrías entre los estados, el término de esa brecha o incluso su reducción es ilusoria, pero sí se puede mitigar la dependencia si es que hay una articulación colectiva.
Es de la esencia del nuevo contexto generar alianzas que, junto con equilibrar las asimetrías, diversifiquen las dependencias.
En ese sentido el nuevo contexto implica simultáneamente para los países el desafío y la oportunidad de replantear sus políticas exteriores, comerciales, productivas y de seguridad.
En el caso de América Latina hay un doble ejercicio que hacer. Por un lado, se debe avanzar en la integración regional en todas sus dimensiones, pero también se deben fortalecer las dinámicas interregionales.
En lo primero y por la urgencia de los tiempos me parece que hay que acentuar la coordinación y cooperación en materia de seguridad y también avanzar en materia de infraestructura crítica, lo que debe incluir el aspecto energético.
El Compromiso de Santiago, que está reuniendo a 7 países de Sudamérica en el combate contra el crimen organizado es una iniciativa que apunta en la dirección correcta. Sin seguridad no es posible el desarrollo. Así de básico. Y sin crecimiento no es sostenible un régimen democrático.
Nuestros países requieren también una mayor interconexión física para empujar el intercambio y la producción, lo que debiera considerar el aspecto energético, especialmente el eléctrico. Cualquier esfuerzo productivo requiere contar con energía y a precios competitivos.
En cuanto a la dimensión interregional, el énfasis debiera estar en el Indo Pacífico y en Europa. Respecto de la primera zona, junto con consolidar los vínculos existentes, hay que impulsar un mayor intercambio con la India y los países de ASEAN.
Con Europa está la posibilidad de constituir un bloque común que preserve, aunque sea parcialmente, un sistema multilateral reglado, mitigando así la polarización mundial y la lógica de suma cero.
Más que nunca entonces la prioridad es diversificar y articularse con otros para hacer viable esa diversificación. Esto sin duda que tendrá sus costos que pueden ser importantes en un primer tiempo, pero la alternativa puede ser quedarse sin autonomía y derivar al vaivén de las agendas de otros.
No hay tiempo que perder.

