Columna El Periódico, 29.03.2026 Jorge Dezcallar de Mazarredo, Embajador de España
La guerra regional que americanos e israelíes han desencadenado contra Irán tiene repercusiones globales, nos afecta a todos de una manera muy directa y hace que no prestemos a Cuba la atención que merece. Santa Teresa decía que la imaginación es “la loca de la casa” y la mía me dice que aquí se pueden juntar el hambre y las ganas de comer. En sentido literal. Y eso es una combinación explosiva. Por una parte, los cubanos deseosos de tener una vida digna que el castrismo les niega y, por otra, las ganas de Donald Trump de un éxito rápido de los que a él le gustan, tipo Venezuela y que los ayatolás, ingratos ellos, le niegan.
Por eso, el riesgo de que lo busque en Cuba es real y le hace más peligroso que una piraña en el bidé. Con su clásica fanfarronería ha dicho que “creo que tendré el honor de tomar Cuba” y que “puedo hacer lo que quiera con ella”. Pobre Cuba, solo le faltaba eso. Cuando Fidel derribó la dictadura putera de Batista implantó un régimen comunista que deslumbró a las izquierdas europeas, a pesar de convertirse rápidamente en otra dictadura que reprimió la disidencia, prohibió los partidos políticos, los sindicatos y la libre expresión, y condenó la iniciativa privada, por considerarla promotora de desigualdad. Y así les fue. La cosa pudo funcionar malamente durante años gracias a la ayuda soviética, aunque estuvo a punto de costarnos una guerra nuclear con la crisis de los misiles de 1962 que Kennedy y Kruschev lograron desactivar ¡en contra de la opinión del propio Fidel!
Luego, “la cuarentena” impuesta por Washington (los americanos prefieren ese término al de “embargo”) empezó a hacer más difícil aún la vida a los cubanos, aunque también le permitía al régimen comunista disimular su ineficiencia económica. Cuando Gorbachov visitó Cuba en 1990 anunció que la ayuda soviética se acababa al mismo tiempo que la propia URSS y las cosas se pusieron realmente mal. No hubo más remedio que apretarse el cinturón en lo que se llamó “el período especial”, que anunciaba un futuro de miseria que se ha cumplido plenamente. Hubo un momento de esperanza con el deshielo que siguió a la visita de Barack Obama en 2016. Como embajador en Washington, le oí decir en privado a Obama que deseaba normalizar la relación con Cuba. Pero, para bailar el tango, hacen falta dos y los cubanos no supieron aprovechar el momento para iniciar una transición hacia el poscastrismo, que el país necesitaba como agua de mayo.
Ahora Trump ha decidido que la isla es “una amenaza inusual y extraordinaria a la seguridad nacional norteamericana” (?) y, tras secuestrar a Maduro, ha dejado a Cuba sin el petróleo venezolano, además de prohibir a otros países (México) que se lo envíen. El resultado es la miseria más absoluta. Hoy Cuba no tiene acceso a divisas ni al crédito internacional, no tiene electricidad ni combustible, ni transporte ni sanidad. Las basuras no se recogen y el dengue y el chikungunya hacen estragos, mientras aumenta la delincuencia y no llegan turistas con sus euros. Una cubana decía, con humor negro, que no hay apagones porque para tenerlos es preciso tener luz.
Las razones de la hostilidad norteamericana hay que buscarlas en las relaciones cubanas con la URSS, el apoyo a movimientos revolucionarios en América Latina, los fracasos de la CIA para acabar con Fidel Castro (Bahía Cochinos), y el millón y medio de cubanos que votan republicano y deciden las elecciones en Florida. Pero el embargo es un “castigo colectivo” que prohíben la Cuarta Convención de Ginebra y la carta de la OEA. También lo ha condenado la Asamblea General de la ONU. Al menos, gracias a la presión internacional se logró que no se aplicara el Título III de la ley Helms-Burton, que nos afectaba directamente por su carácter extraterritorial. Pero nada de todo eso parece preocupar a Trump o a su secretario de Estado, Marco Rubio, que es de origen cubano y está empeñado en acabar con el castrismo.
Se dice que está hablando con un nieto de Raúl Castro para una salida a la venezolana (?). El Vaticano acaba de conseguir la liberación de 51 presos políticos, pero quedan muchos más. Carlos Malamud, que sabe mucho de Cuba, cree que el régimen no llegará a 2027. Y yo, en mi ignorancia, deseo que tenga razón.

