ONU: No todo lo que brilla es oro

Columna
El Líbero, 07.02.2026
Fernando Schmidt Ariztía, embajador ® y exsubsecretario de RREE

Hace dos años atrás sosteníamos desde esta columna la urgencia de que la expresidenta Michelle Bachelet decidiera postular a la Presidencia de Chile, por tercera vez, o a la Secretaría General de la ONU. Una de las alternativas se fue y la otra pienso que no le conviene.

Entonces, la Secretaría General de Naciones Unidas tenía aún un prestigio intrínseco, a pesar de varias rupturas del orden internacional como la captura de Crimea y, luego, la invasión rusa de Ucrania el 2022; o el incumplimiento del fallo del Tribunal Permanente de Arbitraje de la Convención del Mar por parte de China, en 2016. Aquel prestigio intrínseco estaba respaldado todavía por Estados Unidos, sus socios occidentales (entre ellos Chile) y una visión mayoritaria que creía en la necesidad de un mundo basado en la justicia y el derecho.

Cuando se publicó aquel artículo, el secretario general de la ONU, António Guterres, condenaba la invasión rusa calificándola de “guerra de agresión”; llamaba a respetar la integridad territorial de Ucrania; pedía un cese al fuego inmediato; presentaba pruebas de crímenes de guerra; denunciaba ataques rusos a objetivos civiles ucranianos; trataba de evitar un colapso nuclear en Zaporizhya; planteaba una mediación activa para acabar con la guerra. Después de algunas intervenciones exitosas, como la “Iniciativa del Grano del Mar Negro” de 2022, que permitió que Ucrania exportara millones de toneladas de cereales ese año, o la evacuación de civiles en Marioupol, Guterres debe sentir hoy una profunda desilusión. La confluencia de intereses entre Rusia y otras potencias impidieron que sus buenas intenciones se materializaran. Sólo quedan sus discursos. La misma “Iniciativa del Grano” se derrumbó cuando Rusia se retiró de ella el 2023.

Una ofuscación parecida debe haber sentido el anterior secretario general, Ban Ki-moon, frente al desconocimiento chino del fallo del Tribunal Permanente de Arbitraje, a favor de Filipinas, sobre la disputa por la soberanía en arrecifes en el Mar del Sur de China. Ante su escaso margen de acción, declaró la neutralidad de la Organización y llamó al diálogo entre las partes para respetar el derecho internacional, que Beijing desconocía.

Hace un par de años, cuando Michelle Bachelet no se decidía, el factor Trump tampoco existía. Recién comenzaban las primarias republicanas en Iowa que arrojaron un aplastante triunfo al actual Mandatario sobre sus contrincantes en la interna republicana, Ron DeSantis y Nikki Haley. Por su parte, Joe Biden se preparaba para enfrentar a Trump, respaldado por encuestas que le daban el 50% de las preferencias entre los votantes, frente a un 44% de su probable rival.

Entonces, Estados Unidos y los países occidentales sostenían y defendían el orden mundial. La legitimidad de sus argumentos se basaba en el derecho.

En estos momentos, Washington se va retirando de la ONU y respalda sus principios según sus intereses. No se irá del todo para evitar un vacío que le sea perjudicial, pero nada más. Es grave, porque en solitario representan un tercio del poder militar global, más de un 26% del producto bruto y ejercen una creciente influencia política bilateral. Sin embargo, ya abandonaron diversos organismos y seguirán por ese camino erosionando el sistema a su conveniencia.

Sin admitirlo públicamente, en diversos países prima un escepticismo ante el futuro de la Organización. Paralelamente, los medios económicos de que dispone la ONU se han reducido. Hoy día su presupuesto ordinario es US$ 270 millones de dólares inferior al del año anterior, lo que obliga a realizar ajustes en todas partes. A esto se agrega el problema de las cuotas atrasadas de los grandes contribuyentes (EE.UU. debe US$ 1.495 millones al fondo principal, Rusia unos US$ 120 millones y China unos US$ 400 millones). El propio secretario general califica las deudas de “carrera hacia la bancarrota”. La candidata Bachelet conoce perfectamente la situación.

¿Cuál es su programa frente a este desastre? ¿Qué tipo de secretaria general quiere ser, en caso de ser elegida? ¿La que emprenda una reforma sustantiva y reencante a Estados Unidos? ¿Será una secretaria general que haga frente a las presiones por zonas de influencia? ¿Alguien que gestione el progresivo desmantelamiento de la entidad? Hasta ahora, hemos conocido algunos planteamientos suyos como el fortalecimiento del rol facilitador del secretario general en un mundo polarizado y puente entre potencias y bloques regionales. Igualmente, que se propone buscar una gobernanza global inclusiva; una mayor eficacia y credibilidad en la gestión financiera; que se compromete a una mayor proactividad en la prevención de conflictos. ¿No se ha ensayado esto antes?

A todas las interrogantes hay que reafirmar lo que decíamos hace dos años. Esta candidatura involucra un gran esfuerzo nacional supra partidario; debe sopesar bien el interés de Chile y ser capaces de dejar en el camino otras postulaciones; que la candidatura sea endosada por toda la región, y no sólo por el club de los “progresistas”; que hay que disponer de los recursos financieros para sustentarla; y que debe sintonizar con los miembros permanentes del Consejo de Seguridad.

En el primer punto está al debe. Si hubo conversaciones con sectores opositores, han tenido poca profundidad. Existe en ese sector, más bien, un sentimiento de engaño, rabia y de forzado amarre al final del período presidencial de Gabriel Boric. La participación de Brasil y México como activos copromotores de la candidatura no facilita las cosas. Al revés, insinúa un chantaje.

Que la candidatura esté en el interés de Chile, tampoco es claro. Puede ser útil para coronar una carrera política; o para producir la unidad que falta en la coalición política que nos gobierna y la división en la oposición. No obstante, nos obliga a dejar en el camino otra postulación que también exige un empeño nacional: la de Valparaíso a la Secretaría del Acuerdo BBNJ (gobernanza de la alta mar). No es posible enfrentar dos candidaturas potentes simultáneamente, y la de Valparaíso es muy relevante para la configuración de reglas en un país marítimo.

El endoso de la postulación de Michelle Bachelet por parte de América Latina no existe. Concurren un candidato argentino; una costarricense y una ecuatoriana. La candidatura de nuestra connacional aparece de la mano de los países más grandes, cierto, pero son los principales articuladores del bloque progresista regional. No creo que a Javier Milei le haga mucha gracia el asunto, y tampoco a la mayor parte de los partidarios del gobierno entrante.

No veo hasta ahora una estrategia para sumar el apoyo de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, aparte de Francia. Tal vez existen conversaciones para retirar la candidatura de Valparaíso a la BBNJ a cambio del respaldo chino a Bachelet. Es una especulación. No obstante, la clave está en lo que hagamos ante Washington y, hasta ahora, los hemos maltratado. No tengo claro por qué razón el secretario de Estado debiera pedirle a Trump su autorización para respaldar a nuestra exmandataria, a no ser que ella acepte sus condiciones, igual que otros. ¿Querrá?

El costo económico de una candidatura se ajusta si están los demás elementos. De ellos, los más importantes son el respaldo interno y el apoyo norteamericano. Las dos variables, por el momento, se ven lejanas. No obstante, todo es posible cuando el poder es lo único que cuenta.

No hay comentarios

Agregar comentario