Surfeando entre EE.UU. y China

Columna
El Líbero, 22.08.2026
Fernando Schmidt Ariztía, embajador ® y exsubsecretario de RREE

Fue muy esclarecedora la entrevista publicada por El Mercurio al historiador y politólogo norteamericano, Craig Van Grasstek, el sábado pasado. Igualmente lo fueron sus diversas presentaciones en Santiago. Nos vino a reiterar con crudeza lo que ha expuesto en algunas de sus obras (“The History and Future of the WTO”; “Trade and American Leadership”; “On Trade War”) donde confirma un realismo que nos interpela: que EE.UU. no es el campeón histórico del libre mercado; que el sistema de comercio refleja la distribución global del poder; que después de Trump deberíamos esperar la continuidad del proteccionismo; que los mercados abiertos marchan hacia su ocaso a no ser que un poder hegemónico abogue por su mantención; que la guerra comercial emprendida por Trump es parte de un proceso que viene fraguándose por años.

Cuando EE.UU. alcanzó la hegemonía económica después de la II Guerra Mundial promovió la liberalización multilateral que coincidía con sus intereses. El GATT (hoy OMC) reflejó el reparto del poder vinculado a su liderazgo. Sin embargo, las motivaciones políticas de 1947 desaparecieron hace tiempo. Van Grasstek reiteró en Santiago, con otras palabras, que los gobiernos usan el comercio para objetivos económicos, sociales y estratégicos, y no para promover su liberalización, instrumental a un objetivo político, pero no un fin en sí misma. Igualmente, que el proteccionismo no es un error económico sino una herramienta de poder. Para el autor, vivimos la era de lo que ES y no lo que DEBE SER. La época del PODER que prevalece sobre la LEY. El tiempo de la POLÍTICA por encima de la ECONOMÍA.

Ya no existiría en EE.UU. ni en ningún poder aspiracional el ideal wilsoniano de diciembre de 1918, donde el mundo debía ceñirse a reglas basadas en el dominio de la ley, fundada en el consentimiento de los gobernados y apoyada por la opinión organizada de la humanidad.

Impactante es el aterrizaje que, según Van Grasstrek, hace Donald Trump de los tiempos que corren: contrariamente a la mayoría de sus predecesores, para el actual Presidente estadounidense la riqueza importaría más que el poder; Trump tendría una visión del progreso (mundial) próximo a una dinámica de suma cero (el patrimonio de otros se hace a costa de EE.UU.); el Mandatario no tendría ningún respeto por las alianzas suscritas previamente, sean económicas como los tratados de libre comercio (TLC) o militares como la OTAN. Estos serían los preocupantes rasgos de la administración con la que aspiramos a mantener el TLC bilateral, vigente desde el 2004.

Este académico norteamericano recalcó que la actual política comercial de su país está enfocada no sólo en promover los intereses propios, sino en perjudicar a China. En alguna charla anterior había resaltado que tanto Washington como Beijing son menos dependientes del comercio internacional de lo que se piensa, lo que les permitiría sostener una guerra comercial de largo aliento, muy perjudicial a terceros. Los países latinoamericanos (excepto Brasil), resultaríamos particularmente afectados al tener bajos niveles de comercio entre nosotros; depender en exceso de los mercados en competencia; reaccionar de manera individual y no colectiva frente al proteccionismo, y carecer de liderazgos capaces de resucitar a la OMC.

Creo que el panorama descrito por Van Gasstek es bastante realista, y mejor tomar en serio sus premisas que juzgarlas de exageradas. Es decir, que EE.UU., supuestamente nuestro “principal socio estratégico”, velará sólo por lo que le conviene y no por patrones fijados por el “deber ser”, y que -con matices- el pasado wilsoniano ya no volverá a reinar en Washington. Del mismo modo, China, con quien tenemos una “asociación estratégica integral” desde el 2016, mantendrá su opción por el multilateralismo y la apertura comercial en tanto convenga a sus intereses capitales. Nada es más útil a sus objetivos que el paulatino incremento de su soft power para presentarse como la voz de la moderación, la sensatez, el sentido común, el contrapunto a Trump.

Con EE.UU. compartimos una misma visión de la persona y de su organización social basada en la libertad como premisa fundamental. Ellos y nosotros participamos del acervo filosófico y cultural de Occidente. No obstante, a raíz de la consolidación de su zona de influencia en las Américas ha resurgido la arrogante presión como herramienta de liderazgo. Lo vemos en el combate al crimen organizado; en la aplicación arbitraria de aranceles; en el apremio para que elijamos sus tecnologías tanto en el campo civil o militar; en la coacción para incrementar nuestro gasto en defensa; en los pronunciamientos intervencionistas de sus representantes, o en el desacertado uso del concepto de “patio trasero” por parte del secretario de Guerra. La expresión hirió la sensibilidad colectiva.

La opinión pública afín, en lugar de sentirnos identificados con los EE.UU. que conocimos y admiramos, progresivamente nos vamos transformando en distantes. Por eso fueron tan bien recibidas las palabras del ministro de Defensa que dijo claramente que Chile no es el “patio trasero de nadie”. Pronunciamiento que la Cancillería, aunque lo piense, no podrá decir jamás.

Con China nos une una visión pragmática del mundo y hoy necesitamos su mercado para la sustentabilidad de nuestro crecimiento. Admiramos su sofisticada cultura y refinada diplomacia milenaria; su desarrollo explosivo de las últimas décadas; su determinación por situarse a la vanguardia mundial en diversos campos tecnológicos. Sin embargo, desconfiamos del sistema de partido único, de su actuar en los mares circundantes, de la ausencia de contrapesos y falta de transparencia de su institucionalidad, y nos cuesta entender la estructura vertical de su sociedad.

Hasta ahora no hemos tenido que elegir entre dos “socios estratégicos”. Vivimos en la comodidad de un equilibrio que va de lo político-cultural a la avidez comercial. Nuestros presidentes visitan Washington y Beijing como parte de la liturgia de las relaciones exteriores. No obstante, sabíamos que llegaría un momento difícil y no hicimos gran cosa por evitarlo salvo conversar de manera superficial e hipotética con algunos países. Todos necesitábamos quedar bien con los polos de un enfrentamiento seguro, pero preferimos centrarnos en el presente, en un mundo definido por lo útil para nuestros intereses políticos de corto plazo y para nuestro desarrollo económico.

Esta semana el canciller estuvo en Beijing para confirmar los compromisos políticos de Chile con China y cimentar confianzas. La próxima aterrizará en Santiago Jeffrey Goettman, el negociador de Trump con el que intentaremos mantener el TLC y excluir algunos productos del arancel injustificado del 12,5%. Vivimos horas complejas en las que tendremos que mantener la cabeza fría teniendo presente el “interés nacional”, cuya definición y asentamiento requiere del mayor consenso posible entre actores políticos, académicos, económicos, de defensa y formadores de opinión.

Ambas potencias deben percibir que acá las actitudes matonescas perjudican sus intereses. Nuestra mayor fortaleza radica en ser socios confiables desde nuestra mirada occidental. Respetamos la palabra empeñada, la ley, y no estamos para aventuras. Creemos posible alcanzar un acuerdo en el marco del TLC con EE.UU. sobre los injustificados aranceles, pero rechazamos una imposición. Podemos participar en el Escudo de las Américas si se respeta nuestra soberanía y el derecho internacional. Alentamos la inversión china, pero sin que se convierta en coacción futura. Mientras, no podemos soslayar una relación cooperativa mucho mayor con otros países sudamericanos, principalmente con Brasil, y evitar caer en la trampa de los alineamientos irracionales.

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