Columna El Líbero, 13.06.2026 Fernando Schmidt Ariztía, embajador ® y exsubsecretario de RREE
Al principio de mi carrera fui destinado a Ushuaia como Cónsul. Cuando mi señora llamó a su padre para contarle nuestro destino, aquel médico español -sabio y humanista- no pudo contener su felicidad: viviríamos a corta distancia. Nos reuniríamos con frecuencia. Las comunicaciones entrecortadas habían trastocado Ushuaia por La Haya. Cuando le aclaramos el error quedó confundido, se hizo un silencio. Una hora después llamó angustiado para preguntar qué había hecho para que su hija fuera a vivir a una colonia penal. Era la información que le entregaba una antigua enciclopedia.
Ushuaia nos cambió la perspectiva de la tierra. Aprendimos a mirar el mundo desde el sur y a apreciar el Beagle. Nos apasionamos por Tierra del Fuego, Navarino, Magallanes. Comprendimos mejor la dimensión Antártica. Aquel destino transformó nuestra mirada centralista. Aprendimos que las extremidades de Chile se armaron desde sus regiones. Los pioneros en esas latitudes carecían de un sentido de frontera. Eran parte de un espacio compartido entre Chile y Argentina.
Aunque las reivindicaciones soberanistas de los vecinos sobre aquellos territorios aparecieron poco después del Tratado de 1881, la realidad en el terreno siguió siendo la misma por décadas. Las diferencias políticas y jurídicas no tocaban la convivencia pacífica en la zona. La brecha se vino a cerrar en la segunda mitad del siglo pasado y se exacerbó poco antes de 1978, cuando los habitantes del extremo austral se convirtieron en fervientes defensores de las causas nacionales.
El conflicto nunca estalló gracias a la Mediación Papal y la flexibilidad de la diplomacia. La convivencia local se retomó con cautela. No obstante, todavía se producen declaraciones esporádicas que nos causan escozor como las que pretenden una coadministración del estrecho, o las relacionadas con la extensión unilateral de los lindes de la plataforma continental argentina que se superpone a nuestros derechos y afecta la proyección Antártica de Chile.
Sin embargo, hoy los retos son globales y requerimos de una relación con nuestros vecinos lo más complementaria posible a fin de enfrentar unidos aquellos desafíos. En otras latitudes asistimos a una creciente territorialización del océano, como en el Mar del Sur de China, donde ese país instaló bases navales y aéreas en rocas y arrecifes disputados por naciones vecinas, afectando los derechos de estos y amenazando la navegación en un espacio cruzado diariamente por cerca de 300 buques.
Lo vemos también en la explotación minera de los fondos marinos sin un código que regule la actividad. Diversas empresas, con el respaldo de sus países, buscan hacerse de componentes minerales clave para la carrera tecnológica global. El sentimiento de territorialización del mar afecta a los pasos oceánicos cuando Irán cierra Ormuz unilateralmente o se promueven estrategias de control o elusión de estrechos (Bab el Mandeb, Malacca, Panamá y otros) por donde transita la mayor parte del comercio mundial. Tememos también las presiones para flexibilizar el Sistema Antártico y que se permitan actividades extractivas o una pesca sin control. Nos indigna la actividad depredatoria sobre los recursos pesqueros en alta mar.
Estas amenazas son serias y recurrentes. Ante ellas debemos actuar no sólo en el campo diplomático o defensivo, sino ocupando nuestro territorio de manera activa, particularmente en el extremo sur.
El 61% de la superficie de Tierra del Fuego está bajo soberanía chilena. Sin embargo, esa enorme masa de 29.485 kilómetros cuadrados, que equivale a toda la región del Maule, está habitada por apenas 8.500 personas, lo mismo que Pencahue. La isla grande cuenta con los recursos eólicos mejores del mundo, velocidades de viento promedio de 9 a 10 m/seg. y capacidades energéticas que superan el 70%. El explorador eólico del Ministerio de Energía es bastante gráfico al respecto.
Argentina dispone del 39% de la isla que equivale a 18.507 kmts2. Sin embargo, allí viven unas 200 mil personas, en su mayor parte inmigrantes o descendientes de gente llegada desde el norte y noroeste argentino, de Paraguay, Bolivia y Chile. Con su desarrollo industrial se convirtió en una provincia con conciencia propia basada en la reivindicación sobre Malvinas y la Antártica. La Ushuaia de recién casado se convirtió en una ciudad de 85.000 habitantes. En cuanto a la producción de energía, en mayo pasado Total Austral inauguró un parque eólico para apoyar la extracción de gas.
El desarrollo de nuestra Tierra del Fuego no debe tener como objetivo equipararnos a la realidad argentina, pero tampoco seguir como estamos. El auge industrial de los vecinos fue posible gracias a una política fiscal artificial que no encaja con nuestra realidad. Sin embargo, fue el Estado el que potenció su desarrollo y creo que a nosotros nos falta asumir esa misma dirección.
Hace unos días el canciller Pérez Mackenna (que no puede ser acusado de “sesentero”) se atrevió en un Seminario de CLAPES-UC a romper un tabú: la posibilidad de que Chile se abra, en determinados lugares, al desarrollo de una política industrial. Sostuvo que un crecimiento económico concentrado en pocos productos es frágil, que mucho volumen en poca variedad de bienes implica una estructura productiva y exportadora fácil de desestabilizar. Para respaldar su propuesta en el pensamiento liberal citó a The Economist, revista que propicia una política industrial siempre y cuando esté bien diseñada, y en la opinión del secretario general de la OCDE quien sostiene que “una buena política industrial opera junto al mercado y no contra el mismo”.
El ministro se refería al Norte Grande, pero nuestra Tierra del Fuego con su potencial energético amerita esa mirada. La lógica económica no es la única que debe sostener el desarrollo de las zonas extremas. En los tiempos que corren hace falta una perspectiva geopolítica, una soberanía vigilante que ocupe nuestros enormes espacios vacíos sin entorpecer las metas ambientales.
La producción de energía por medios eólicos, su almacenamiento y distribución merecen un estudio razonado sobre potencialidades industriales en ese territorio extremo pero comunicado naturalmente con el mundo. La energía puede servir para su aprovechamiento en las actividades económicas actuales, en la pesca sustentable o incluso en la minería una vez que concluyan las obras del camino a Yendegaia y las condiciones del mercado permitan su explotación.
No está en Argentina la amenaza que debemos conjurar. Está fuera de nuestro continente y los desafíos nos afectan a ambos países por igual. Es más, un adecuado desarrollo de nuestra Tierra del Fuego puede ser más bien funcional a encadenamientos productivos con Argentina y una señal al mundo de que valoramos nuestro territorio y queremos hacer respetar nuestros derechos en Magallanes y la Antártica. Si no tenemos nada, o casi nada, ¿qué podemos ofrecer? Sólo inmensos y maravillosos parques naturales cuya preservación debe ser compatible con el desarrollo.
Hoy día la disparidad a ambos lados de la línea recta que divide la Tierra del Fuego hace imposible un diálogo realista con los vecinos en el campo económico. En decir, tenemos que crear las condiciones para replicar una Ushuaia en nuestro sector, no como colonia penal sino como polo productivo.

