Blog El Internacionalista del Fin del Mundo, 26.04.2026 Juan Pablo Glasinovic Vernon, abogado (PUC), exdiplomático y columnista
Cuando Estados Unidos capturó a Nicolás Maduro y a su esposa, cundió la esperanza de un cambio de régimen y de la recuperación democrática. Esa euforia inicial y la idea de un retorno masivo de la comunidad de exiliados a Venezuela, fue rápidamente contenida con el anuncio del gobierno de los Estados Unidos de que reconocía a la vicepresidenta Delcy Rodríguez como la nueva jefa de Estado y con la indicación de que la prioridad era la recuperación económica del país.
La posición del gobierno norteamericano tuvo eco en el régimen chavista que no se desarticuló y mantuvo un férreo control social. No hubo protestas ni manifestaciones masivas para buscar su caída, en buena medida por temor a la represión, pero también por una cauta expectación de una mejoría de las condiciones domésticas tras lustros de decadencia y pobreza.
Estados Unidos dejó en claro que privilegiaría la estabilidad institucional, con cambios graduales en lo político y con una agenda inmediata de liberalización económica, partiendo por el sector energético como pilar económico de Venezuela y su recuperación de la mano de la inversión norteamericana.
El presidente Trump siempre ha tenido una obsesión con asegurar el suministro de petróleo para su país, al menor costo posible. Eso se inserta por partida doble en la recientemente publicada estrategia de seguridad nacional, tanto desde la perspectiva geográfica - el imperativo de mantener el predominio de Estados Unidos en el hemisferio - como energética para no paralizar su economía.
La prioridad estadounidense fue inmediatamente recogida por la presidenta interina, con la aprobación de cambios legales para volver a permitir la participación de empresas extranjeras en la explotación de los hidrocarburos. Junto a ello, Estados Unidos se convirtió en el comprador casi exclusivo de petróleo venezolano.
Como consecuencia de esta venta que terminó con las sanciones previas asociadas a la exportación, los ingresos del país se han multiplicado, generando una reactivación multisectorial que ya se está notando y que da luces de esperanza sobre el futuro después de tantos años de contracción y marasmo.
Marco Rubio, el secretario de Estado norteamericano, es el hombre clave en la implementación de la estrategia de su país. La primera fase consiste en fortalecer la explotación petrolera venezolana, lo que cobra particular importancia en el contexto del shock energético causado por la guerra con Irán. Para ello tiene que estar asegurada la estabilidad social y política. Eso pasa por un cambio gradual que evite un enfrentamiento interno o un vacío de poder y desorden civil.
El esquema incluye alejar a Venezuela de China, Rusia e Irán, para lo cual es funcional (e irritante) el mismo régimen que buscó esas alianzas.
El aumento de la venta de petróleo, que será seguido por un incremento extractivo junto con el levantamiento de las sanciones irá inyectando más recursos a la economía, lo que mejorará las condiciones de la población, rebajando se supone la presión política. En ese contexto, María Corina Machado ha sido “incentivada” a no regresar a Venezuela por el momento para evitar precisamente alterar la dinámica en desarrollo.
Para desinflar la opción de un cambio de régimen en el corto plazo, en sintonía con el marco definido por Estados Unidos, el gobierno de Rodríguez aprobó una ley de amnistía que ha liberado a la mayoría de los presos políticos, aunque dejando convenientemente recluidos a los más connotados de manera de no facilitar la rearticulación de la oposición.
También Delcy Rodríguez ha procedido a cambiar algunas piezas clave del gobierno de Maduro, dando una cara más suave al régimen tanto frente a los venezolanos como para el exterior. Destacan la remoción del ministro de defensa, el general Padrino, un duro incondicional de la época de Chávez y baluarte del alineamiento militar con el régimen y del cierre de filas para la represión. También sacó al controvertido fiscal general, William Tarek Saab, otro artífice del sistema de represión y control.
No tocó a Diosdado Cabello, el hombre más poderoso del núcleo chavista, pero este ha salido de la primera línea tanto para evitar la suerte de Maduro, como para facilitar la supervivencia del régimen, entendiendo que fuera de él, además de perder las prebendas del poder, muy probablemente deberá rendir cuentas.
En el plano regional, Rodríguez ha evitado la confrontación que caracterizaba a Maduro y respecto de Colombia, país con el cual comparte una extensa y conflictiva frontera, ha dado pasos relevantes para recomponer la relación, siendo el último de estos la invitación a Petro a Caracas esta semana, donde ambos mandatarios anunciaron medidas conjuntas para combatir la delincuencia y la guerrilla en la zona fronteriza. De existir una voluntad real en ese sentido, podría tener importantes efectos en la lucha contra la criminalidad en la región, desde pacificar a ambos países hasta empujar a bandas hacia otros.
Finalmente, respecto de Cuba y Nicaragua, el gobierno venezolano no ha hecho nada para volver a apoyar a sus aliados, con lo cual quedan entregados a sus propios medios. En ese sentido, la dictadura cubana sigue su declive y está tratando desesperadamente de alcanzar algún acuerdo con Estados Unidos similar a la situación venezolana. El tiempo juega en su contra y además con la guerra con Irán, Estados Unidos por el momento tiene los ojos puestos en el Medio Oriente, por lo que es probable que no ocurra nada en materia de negociación, al menos oficialmente.
En todo este contexto, el gobierno de Rodríguez ha centrado su discurso interno en una suerte de reconciliación nacional y de reconstrucción económica, omitiendo totalmente cualquier mención a cambios políticos y elecciones.
María Corina Machado que hasta ahora había mantenido un perfil discreto en compás de espera para apreciar la evolución de la situación, está comenzando a expresar públicamente que el cambio gradual que promueve Estados Unidos no es viable sin un plan de apertura política que incluye un cronograma electoral. Esa misma liberalización, desde su perspectiva, es la que les dará legitimidad y estabilidad a los cambios. Junto con ello ha explicitado que está abierta a una transición pactada con el gobierno incluyendo garantías, aunque sin renunciar a la acción de la justicia para los crímenes más graves.
Su próximo eventual regreso a Venezuela y lo que suceda al respecto será sin duda muy relevante tanto para el clima interno, como para el devenir de Venezuela.
Mientras Estados Unidos espera una lenta y suave transición hacia un cambio político impulsado por una recuperación económica y el cese de la represión sistemática, el régimen chavista se une entusiastamente a esa dinámica con instinto de preservación. Por su parte, parte de la oposición bajo el liderazgo de Machado consideran que eso solo generará un statu quo que permitirá la prolongación autoritaria a lo PRI mexicano y que como nunca está la posibilidad de empujar la apertura política con un calendario claro y breve, con el apoyo de Estados Unidos y de otros países. Solo de esa forma Venezuela será un país estable y próspero, con efectos benéficos en todo el hemisferio.
¿Qué predominará? Como siempre el tiempo dirá. Esperemos que el Pueblo Venezolano pueda por fin decidir su destino.

