Columna La Razón, 25.05.2026 Gustavo de Arístegui y San Ramón, exembajador y analista geopolítico español
Hay una imagen que resume con brutal elocuencia lo que es el régimen cubano: el 24 de febrero de 1996, dos cazas MiG-29 de la Fuerza Aérea comunista cubana sobrevolaron el Estrecho de Florida y, en aguas internacionales, dispararon sus misiles contra dos avionetas civiles desarmadas cuyos tripulantes buscaban balseros cubanos para rescatarlos. Los cuatro aviadores murieron. Los pilotos cubanos celebraron su vil y cobarde asesinato con gritos eufóricos en sus comunicaciones. El régimen presentó el asesinato como un acto de «defensa soberana». Madeleine Albright, entonces embajadora de Estados Unidos ante Naciones Unidas, levantó la vista de sus papeles en el Consejo de Seguridad y pronunció la frase más definitoria que se ha dicho jamás sobre el régimen comunista cubano en un foro multilateral: «That is not cojones!!! (lo pronunció «cohounes»). It is cowardice!!!». Brillante, contundente, disolvente para las alimañas comunistas. Por fin, treinta años más tarde, Raúl Castro –el cruel y corrupto sátrapa que dio la orden– ha sido formalmente imputado por ese repugnante y cobarde crimen. La Justicia puede tardar, pero la historia no debe olvidar.
Cuba lleva 67 años siendo gobernada por un brutal régimen comunista (disculpen la redundancia) que ha convertido la mentira en dogma de Estado, la sanguinaria represión en realidad cotidiana y el latrocinio intenso, impune, desvergonzado e institucionalizado en modelo económico. No es una revolución que torció su camino ni un mal llamado experimento socialista que tropezó con circunstancias adversas, es una bestial dictadura comunista (una de las ideologías más perversas y asesinas de la historia de la humanidad junto al nazismo y al fascismo) que nunca tuvo intención de compartir el poder, que construyó deliberadamente un sistema de control absoluto sobre todos los ámbitos de la vida cubana, y que lleva más de seis décadas culpando al supuesto enemigo exterior de los fracasos que son exclusivamente debidos a su incompetencia, ineptitud, fanatismo, estulticia, crueldad sociopática, corrupción, latrocinio y avaricia obsesiva y una maldad psicopática difícilmente descriptible.
La situación económica de Cuba en 2026 es de una gravedad que desafía cualquier eufemismo. La inflación acumulada en los últimos cuatro años supera el 500%. Los salarios del Estado equivalen a entre 15 y 25 dólares mensuales al cambio del mercado negro, que es el único realista que existe en la isla. Los apagones duran hasta 22 horas diarias en muchas provincias; en octubre de 2024, el sistema eléctrico nacional colapsó por completo durante varios días, dejando a once millones de personas sin electricidad. Cuba importa hoy más del 70% por ciento de los alimentos que consume. Todo esto en un país tropical con suelos fértiles que en 1959 era uno de los mayores productores de azúcar del mundo y que exportaba tabaco, níquel y recursos agrarios de inmenso valor. La destrucción de esa riqueza no la causó ningún embargo, la causó el comunismo, la perversa ideología de la planificación centralizada, la colectivización forzada y la incompetencia estructural de un régimen corrompido hasta el tuétano que selecciona a sus cuadros por sumisión y/o fanatismo enciclopédicamente ignorante, no por capacidad.
Mientras el pueblo hace colas de horas o incluso días para conseguir medio litro de aceite, los gerifaltes corruptos se forran. El Grupo de Administración Empresarial S.A. –GAESA–, controlado por las Fuerzas Armadas del abominable régimen, es una estructura mafiosa y cleptocrática que gestiona más del 50% de la economía cubana: turismo, importaciones, exportaciones, telecomunicaciones, distribución de combustible. La organización terrorista de la Guardia Revolucionaria de Irán es un aprendiz a su lado, pues solo controla el 40% de la economía iraní. Es la Champions League de las sanguijuelas asesinas. Los jerarcas corruptos son el intermediario obligatorio entre Cuba y el mundo, y cada operación que pasa por sus manos deja comisiones millonarias en los bolsillos de los mandamases del régimen.
Fidel Castro, el supuesto apóstol de la igualdad socialista, acumuló según estimaciones independientes una fortuna personal de más de mil millones de dólares. Raúl Castro y su familia controlaban a través de GAESA un entramado de activos que incluía propiedades en el exterior y participaciones en empresas mixtas con inversores europeos, repugnantes cómplices de este execrable régimen. Esto, que en cualquier democracia seria se llamaría corrupción galopante e impune, castigada con la cárcel, en Cuba se llama «la Revolución». La obscenidad del contraste –jerarcas comunistas millonarios y pueblo famélico– es tan repugnante que resulta vomitivo que este abominable régimen tenga incondicionales y sectarios adeptos en nuestras democracias. Me resulta tan chocante como vergonzoso. No hay un solo partido de centro o centro derecha en el mundo que no condene el fascismo o el nazismo, así como cualquier otra forma o versión del extremismo más radical de derechas. Es casi imposible encontrar partidos en la izquierda (con la excepción de algunos socialdemócratas auténticos) que condenen la ideología asesina e implacable del comunismo en todas sus versiones.
No puedo escribir sobre Cuba sin desmontar el mito más rentable que ha producido el régimen en sesenta y siete años de poder: el del «bloqueo» estadounidense. No existe ningún bloqueo. España, Francia, Alemania, China, Canadá, México y decenas de otros países comercian libremente con Cuba. La Armada de los Estados Unidos no intercepta ningún barco que se dirija a la isla. Washington es, de hecho, uno de los principales proveedores de alimentos a Cuba, con exportaciones que en algunos años han superado los 700 millones de dólares. Lo que existe es un embargo parcial –inversión directa, turismo, sistema bancario en dólares– que el régimen ha convertido en su coartada universal para no tener que explicar sus crímenes impunes. El «bloqueo» no es la causa del fracaso cubano, es la coartada más falsaria que ha encontrado la dictadura para que una parte de las izquierdas mundiales más dogmáticas y fanáticas sigan ignorando dolosamente la realidad.
La brutal e implacable represión es el único mecanismo que mantiene al régimen vivo, aunque en la UCI. En julio de 2021, miles de cubanos salieron espontáneamente a las calles en más de cincuenta localidades del país gritando «¡Libertad!» –la mayor oleada de protestas desde 1994–. El régimen respondió con brutalidad (como sus aliados iraníes): policías de paisano y grupos de choque paramilitares y los siniestros Comités de Defensa de la Revolución, aplastaron a los manifestantes; hubo centenares de detenciones arbitrarias; más de 700 personas fueron juzgadas en procesos sumarios que el Parlamento Europeo calificó de «farsa judicial», con condenas de hasta 25 años de prisión solo por manifestarse en la vía pública. El mensaje era deliberadamente ejemplarizante: el que protesta pierde el empleo, la libertad, la familia o la vida. Esta es la razón por la que la mayoría de los cubanos se oponen frontalmente al régimen, como lo demuestra el éxodo de millones de personas en los últimos 67 años.
Los crímenes del régimen no son los errores de un sistema imperfecto, son su política permanente. Los miles de fusilamientos de los primeros años, muchos supervisados personalmente en La Cabaña por el asesino en serie y homófobo militante (disparaba un tiro en la nuca a los homosexuales en sus filas) el «comandante» Che Guevara con la frialdad de psicópata que él mismo confesaba disfrutar. La «primavera negra» de 2003, aprovechando que el foco internacional estaba centrado en el inicio de la Guerra de Irak, el régimen detuvo en un solo operativo a 75 periodistas, bibliotecarios y activistas de derechos humanos. Las Damas de Blanco, apaleadas y detenidas cada domingo al salir de misa durante más de dos décadas. El expediente de crímenes de este régimen es tan largo y documentado que su impunidad sostenida durante más de seis décadas constituye por sí sola uno de los mayores bochornos de la comunidad internacional.
La Cuba real es la Cuba del ingenio sin límites, de la creatividad que florece incluso en la escasez, de la alegría que sobrevive incluso al miedo. Un país con esos recursos humanos, con esa posición geográfica –a 90 millas de la mayor economía del mundo– con esa riqueza cultural y natural, libre de la losa comunista que lo aplasta, sería sin ninguna duda la primera potencia del Caribe. Lo que el régimen le ha robado a Cuba no es solo su presente y su pasado, es todo su futuro.
La deslegitimación del sistema comunista entre la generación más joven es absoluta. La pregunta no es si cambiará, sino cuándo y de qué manera. En ese contexto, la comunidad internacional tiene una responsabilidad que no está cumpliendo. España, en particular, tiene una deuda y un compromiso especiales por nuestros profundos vínculos históricos, culturales, lingüísticos, y también económicos, dado el volumen de nuestras relaciones con ese maravilloso país.
La imputación de Raúl Castro por el asesinato de los Hermanos al Rescate es un paso sorprendente en la dirección correcta –simbólicamente poderoso, prácticamente limitado– en un proceso de justicia que la historia todavía no ha completado. Pero es un recordatorio de que los crímenes no prescriben y que los dictadores no son eternos. Cuba recuperará su libertad. Su pueblo tiene todo lo que necesita para construir una sociedad próspera y libre en cuanto se le quite de encima el implacable yugo que los aplasta. Ese día, los que en el mundo libre miraron hacia otro lado tendrán que explicar por qué. Que es, en definitiva, lo que Madeleine Albright hizo aquel día de febrero de 1996 cuando golpeó la mesa y denunció la cruel cobardía del régimen. Y lo que los cubanos llevan sesenta y siete años haciendo, a su manera, cada vez que se atreven a decir en voz baja lo que todos saben: que el régimen es tan ladrón como es asesino, que la Revolución es una mentira, y que Cuba merece ser libre.

