Cuba: el fin de la revolución triste

Columna
El País, 07.06.2026
Alfredo Joignant Rondon, sociólogo, cientista político (U. de París) y académico (UDP)

El pueblo cubano está viviendo el peor momento de sus vidas. Las izquierdas honestas también, no porque no reconozcan el fracaso del modelo cubano, sino porque el fracaso confirma el anacronismo en el que se encuentran los partidos comunistas y algunas nuevas izquierdas (incluido una parte del Frente Amplio chileno) que contamina a todo el mundo. La revolución que tanta emoción suscitó, allá por el año 1959, está sucumbiendo ante sus propias promesas incumplidas: socialismo, revolución y una democracia que se perdió en el camino, en medio de la grandilocuencia y en un sentido enigmático de la palabra: ¿en qué sentido se puede sostener que en Cuba ha habido democracia? En ninguno. Esto es muy grave para las izquierdas: no porque los electorados latinoamericanos se estén moviendo por la coordenada cubana (a ninguna izquierda le importa mucho), sino simplemente porque la revolución que atrapó la imaginación de tres generaciones de latinoamericanos está sucumbiendo ante su propia utopía, en la más completa indiferencia.

El colapso cubano vuelve a plantear la pregunta por la alternativa al capitalismo, y si el socialismo es realmente posible. Nada se saca con alegar intervencionismo estadounidense o denunciar el bloqueo económico: todo esto existe, desde hace décadas, pero se transforma en pretexto para eludir el problema de esa ontología de la ineficiencia que es tan propia del régimen cubano, cuya incompetencia para producir huevos y leche lo llevó a solicitar la ayuda del programa mundial de alimentos de la ONU. Ni hablar de la crisis energética, cuya magnitud efectivamente se explica en buena medida por el bloqueo, pero también por la dependencia cubana con regímenes que no producen admiración, como Venezuela, Rusia o Irán. En cuanto a políticas de soberanía energética cubana a partir de fuentes renovables, en la isla equivale a hablar un lenguaje alienígena, más allá de uno que otro programa local (con toda probabilidad con financiamiento europeo) que no hace ninguna diferencia.

¿Es imaginable un modo de desarrollo distinto al capitalismo? No, en ninguna parte. No lo es si de utopías reales se trata a escala de toda una sociedad. Formas alternativas de desarrollo y modos de vida distintos son pensables y observables a pequeña escala, sin ninguna relevancia sobre la organización general de la sociedad: es la ensoñación que produce lo pequeño, the small is beautiful (lo pequeño es hermoso), en circunstancias que el problema del desarrollo y del bienestar se plantea a escala de todo un país y, a decir verdad, a escala global. A menos que los partidos socialistas y de izquierdas estén fundamentalmente orientados a lo local (una opción legítima, que explica el interés de todo lo que se adscribe al socialismo municipal), solo se puede concluir que experiencias micro y locales, pudiendo ser preciosas (basta leer el libro sobre utopías reales de Erik Olin Wright para convencerse), son inescalables. Nacionalmente irrelevantes, globalmente inexistentes.

La pregunta, política e intelectual entonces, es cómo organizar la sociedad y generar las condiciones materiales de bienestar para un pueblo en el marco de una nación: es aquí en donde se plantea la pregunta por la distribución de la riqueza, en el entendido que para distribuir es necesario crecer, un axioma tan banal que pocos se detienen en las izquierdas en pensar cómo hacerlo. Pues bien, no tenemos nada distinto a la vista que el capitalismo, un sistema que descansa en incentivos para que los distintos agentes actúen de modo eficiente, calculando sobre sus chances de éxito en una inversión en todo nivel, lo que no se logra apelando a principios tales como la lealtad a la patria, la fidelidad a la revolución, colocando fe en el futuro de la humanidad y tantas cosas por el estilo.

La revolución cubana está fracasando porque sus líderes gobiernan suponiendo que el pueblo de la isla ama la revolución, tiene fe en ella y, suponemos, estaría dispuesto a dar la vida por la revolución. Si el capitalismo es todo lo que tenemos a la vista, así como la democracia liberal y representativa, entonces los socialistas y las izquierdas deben elegir entre sus diversas variedades, lo que en la literatura se conoce como “varieties of capitalism” (VOC). La elección no es mecánica ni trae beneficios sociales por sí sola: es aquí en donde la pregunta por los derechos sociales y su alcance (¿focalizado o universal, y cuánto?) se torna relevante. Pero convengamos que en esa pregunta no se encuentra en juego una elección radical de sociedad: a lo menos no en estos días, en donde la pregunta por el socialismo como modelo de sociedad y proyecto económico alternativo al capitalismo no tiene respuesta.

Lo esencial de la explicación de los males de Cuba radica en su propio modelo: flojo, conservador, sin ningún apego por los incentivos que mueven a los agentes económicos, cuyo Estado revolucionario se anquilosó, temiendo al principal motor del capitalismo que es la propiedad privada y los incentivos que esta produce. Agreguemos que además hay una captura del Estado por la elite comunista. Guste o no, las sociedades más prósperas del mundo son capitalistas, lo que no significa que sean igualitarias: este es el principal teatro de batalla en el que algunas izquierdas incursionan, movilizando repertorios morales sin mucho éxito. Las izquierdas deben interrogarse sobre las razones de por qué los pobres de hoy, y los grupos más vulnerables del presente, no están votando por socialistas, comunistas, frenteamplistas o cualquier otra especie de la fauna progresista.

La revolución cubana es un completo fracaso. Solo queda la retórica, las canciones que ensalzan a la revolución, Quilapayún e Inti-Illimani en Chile (con poca convicción) y un espíritu de época, eso que los alemanes llaman zeitgeist, que nada tiene que ver con el imaginario revolucionario cubano.

Suena duro, pero si las izquierdas de verdad desean remontar en estos tiempos tan aciagos, necesitan partir por reconocer este fracaso. Es estruendoso. En Chile, el Partido Comunista liderado por Lautaro Carmona defiende a raja tabla una revolución que carece de razones para ser defendida: ¿es una dictadura sangrienta? No. No lo es. Pero sí es una dictadura con prisioneros políticos en donde se violan los derechos humanos: algo se debería decir y defender de modo categórico en este tema, como por ejemplo la libertad de discernir y disentir.

En los tiempos de hoy, solo van quedando como principales defensores de la democracia representativa y liberal la centroderecha clásica, especialmente los liberales, y el mundo socialdemócrata hecho de laboristas, socialistas, socialdemócratas y no todas las nuevas izquierdas (tengo serias dudas sobre las credenciales liberales de La Francia Insumisa de Mélenchon).

¿Cómo salir de estos malos tiempos para las izquierdas? Antes que nada, reconociendo que Cuba nunca ha sido, y nunca fue una fuente de inspiración.

En Cuba no queda nada admirable, ni su modelo de desarrollo que empobreció a generaciones completas, ni una democracia que es negada día tras día, protesta tras protesta.

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