La carrera por los polos

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El Internacionalista del Fin del Mundo, 14.09.2026
Juan Pablo Glasinovic Vernon, abogado (PUC), exdiplomático y columnista

La carrera por los polos, Ártico y Antártica es hoy uno de los tableros geopolíticos más dinámicos del sistema internacional. Las principales potencias compiten por rutas estratégicas, recursos críticos e influencia militar, aunque en contextos bien distintos en ambas áreas.

Partamos por el Ártico, que se está convirtiendo en un espacio de competencia abierta entre Estados Unidos, Rusia, China y los países nórdicos, impulsada por el deshielo, nuevas rutas marítimas y recursos estratégicos.

El cambio climático ha impulsado un deshielo acelerado en el Ártico, que se calienta hasta cuatro veces más rápido que el promedio global, abriendo vías marítimas y el acceso a recursos vivos y minerales que antes eran inalcanzables.

Uno de los efectos más importantes del retroceso del hielo es la instalación de una nueva ruta marítima que puede reducir en 30-40% la distancia y tiempo entre el Noreste de Asia (China, Corea y Japón) y Europa, transformando el comercio global. Esto cobra más relevancia en los tiempos que corren de alteración de la navegación por el canal de Suez producto del estado de guerra en el Medio Oriente.

Hasta ahora la ruta está habilitada generalmente entre julio y octubre, pero ese lapso se está extendiendo por la persistencia del calentamiento climático. Además, con la mayor inseguridad para circunvalar por Suez, crecen los incentivos para usar la ruta boreal, aún con los costos adicionales que podría significar el recurrir a caravanas con rompehielos.

Sin embargo, también es un factor de riesgo en la actualidad la circunstancia de que buena parte de la ruta bordea la costa rusa, lo que la expone a sus regulaciones.

Pero, más allá de la coyuntura, en el mediano a largo plazo es esperable un incremento sostenido del flujo marítimo por la vía ártica, lo que evidentemente reconfigurará diversos factores asociados al comercio y a la producción, partiendo por la logística.

El retiro de la capa de hielo boreal está también abriendo la posibilidad de explorar y explotar recursos estratégicos como los hidrocarburos y los minerales críticos. También expande las posibilidades de pesca y permite el tendido y control de nuevos cables submarinos.

Este cambio de escenario está empujando una militarización creciente, como una forma de prevenir el predominio de otros en la zona. Hasta China se ha involucrado en esta dinámica, autodefiniéndose como “Estado cercano al Ártico”. Esto responde a la búsqueda de vías marítimas alternativas al estrecho de Malaca y el mismo canal de Suez, en la perspectiva de una guerra con Estados Unidos y otros países del Indo Pacífico que cierren esa ruta.

Mientras Rusia considera el Ártico como una proyección natural de su enorme superficie y costa en ese océano, Estados Unidos ve el área como un espacio estratégico para su seguridad nacional. Por eso evalúa con preocupación la creciente actividad rusa y china y por eso el presidente Trump ha manifestado su interés en apoderarse de Groenlandia.

Disputas sobre delimitación marítima y la plataforma continental que estaban congeladas por el clima (con las enormes riquezas que contienen), se han ido intensificando, incrementando las posibilidades de un incidente militar.

En suma, en el Ártico convergen las principales potencias y no hay un sistema regional de gobernanza que pudiera encauzar las diferencias y conflictos, lo que azuza la competencia y como dijimos las posibilidades de un choque.

En la Antártica la situación es bien distinta, partiendo por tratarse de un continente. La zona está regida por el Sistema del Tratado Antártico desde 1959, que en esencia prohíbe la militarización, la explotación de recursos y las actividades no científicas. El Protocolo de Madrid (1991) protege el medio ambiente y veta la minería hasta 2048, fecha en la que podría revisarse.

Este sistema que aglutina diversas convenciones ha logrado contener la competencia por una soberanía clásica. Sin embargo, al igual que en el norte, el cambio climático está abriendo el apetito de las potencias por cambiar la situación.

Actualmente el Sistema del Tratado Antártico tiene 58 países signatarios de los cuales 29 son miembros consultivos (con derecho a voto). De este último grupo, siete tienen pretensiones soberanas formales: Chile, Argentina, Australia, Nueva Zelandia, Francia, Reino Unido y Noruega. Todos estos países fundan su reclamación en la proyección de territorios circundantes al continente antártico.

Entre los miembros consultivos están las principales potencias, incluyendo a Estados Unidos, Rusia, China, Japón, Brasil, India y Corea del Sur. Hay que decir que ni Estados Unidos ni China, entre otros, reconocen las reclamaciones de soberanía originales.

La existencia del tratado y la multiplicidad de partes ha actuado como un mecanismo de control y moderación sobre cualquier pretensión soberana de algún miembro o incluso de presiones externas. Sin embargo, es evidente que estas existen y cada país trata de mejorar o resguardar su posición mediante la instalación de bases y una mayor actividad científica, anticipándose a un cambio de circunstancias cuyo primer hito convencional podría ocurrir el 2048 cuando se revise la moratoria de actividad extractiva y económica.

Aunque la competencia por la Antártica está mucho más controlada que aquella por el Ártico, ya se está apreciando una mayor presión en su zona periférica, especialmente en las vías marítimas y en las áreas de proyección logística. En ese sentido, Chile y Argentina ocupan una posición privilegiada, siendo sus territorios los más próximos al continente antártico. Además, nuestros países controlan el paso austral entre el Atlántico, el Pacífico y el océano Austral que, así como la ruta boreal, es probable también vea un incremento de su tráfico en el futuro. El canal de Panamá ya ha mostrado dificultades por la falta de agua para su sistema de esclusas y esto podría ser recurrente. Además, hay naves que por su calado o por su carga no pueden pasar por ahí.

Estados Unidos ha mostrado un fuerte interés por nuestra zona austral precisamente en el contexto de una competencia cada vez más dura con China, buscando controlar tanto en el norte como en el sur del continente americano las rutas marítimas y la proyección a los polos en su condición de reserva estratégica.

Ese interés está tensionando un statu quo cada vez más difícil de mantener.

Por razones ideológicas, pero también logísticas y económicas, la administración Trump ha optado por proyectar ese poder desde Ushuaia en Argentina, que está 300 kms al sur de Punta Arenas y que cuenta con buenas instalaciones aeroportuarias a las cuales se sumará una base naval con financiamiento norteamericano.

La inversión estadounidense en Ushuaia altera el balance histórico entre Chile y Argentina en la zona austral y nuestro país, de no tomar pronto medidas que van desde fuertes inversiones en infraestructura hasta aumentar su población en la zona, verá una reducción sistemática en su peso logístico en la proyección antártica, en desmedro de nuestras pretensiones soberanas y en la incidencia que podamos tener sobre el derrotero del Tratado Antártico.

La posibilidad de que las islas del Atlántico Sur pasen a control argentino fortalecería la posición de ese país como plataforma hacia la Antártica, además de ampliar sus reclamaciones territoriales.

Para ir concluyendo: de ser zonas periféricas y de escaso interés por sus condiciones climáticas, como efecto del calentamiento global, los polos han pasado a ser áreas de interés prioritario, especialmente para las grandes potencias. Esa competencia tiene distintas naturalezas, pero unos mismos objetivos: control de pasos marítimos y de recursos críticos. En el caso boreal, la competencia está poco regulada por lo que existe una mayor probabilidad de que derive en algún incidente armado. Conforme a los actuales flujos comerciales mundiales, es también la que más repercusiones puede generar por un rediseño de las rutas marítimas.

En el caso austral, la pugna está más contenida por un conjunto de convenciones, pero se está agudizando el posicionamiento de los países ante la posibilidad de un cambio de escenario.

Esa presión, con un rol preponderante de Estados Unidos, se ha trasladado al Cono Sur, lo que ya se ha hecho sentir en la manifestación de la política exterior y de defensa de Argentina lo que inevitablemente generará roces con Chile.

El desafío para ambos países es evitar caer en un juego de suma cero, entendiendo que ambos tienen una posición geográfica privilegiada en un nuevo contexto de prioridad polar y que en la cooperación y en una competencia contenida hay más posibilidades de obtener beneficios, al mismo tiempo que preservar la paz.

El desafío para Chile es que tiene que nivelar la cancha, porque una asimetría muy pronunciada afectará su histórica proyección austral.

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