Diplomacia y soberanía

Columna
El Líbero, 19.09.2026
Fernando Schmidt Ariztía, embajador ® y exsubsecretario de RREE

Ayer celebramos un nuevo aniversario como nación independiente. Hoy conmemoramos el Día de las Glorias del Ejército, íntimamente relacionado con el anterior. Cada 18 recordamos el día en que comenzamos a adquirir conciencia de que éramos distintos a los demás pueblos y a ejercer soberanía sobre nuestro destino y territorio. Aquel fue el punto de arranque de un proceso que maduró por décadas. A partir de entonces, y de manera paulatina, rechazamos las injerencias de otros en nuestros asuntos y nos enorgullecimos cuando las respondimos con altivez y serenidad. Ya en 1812 la “Aurora de Chile” advertía que ningún rey o potencia extranjera debía intervenir en los asuntos soberanamente decididos por la nación.

Por lo mismo, molesta la publicidad que reciben las declaraciones del embajador de EE.UU. que se permite ventilar opiniones sobre las cuales debe ser discreto si quiere ser respetado. No es bueno para Washington ese “tipo diferente de embajador” que dice ser. Es inconveniente para sus intereses ser confrontacional o actuar en el límite del descaro. Es contraproducente despreciar el malestar que causan algunas de sus declaraciones y calificarlas como “problemas de otros”. Puede que tenga razón en varios planteamientos, pero no es él quien tiene que formularlos. Al menos, aquí no.

Nos sorprende también la pública reacción del representante de China, país varias veces milenario y sofisticado, que en una reciente columna en “El Mercurio” atacó a su colega norteamericano usando palabras gruesas como “engañoso”, “hipócrita”, y frases que sindican a EE.UU. como “dueño” o “emperador” de América Latina actuando en su “patio trasero”. Nunca había visto algo así.

Parece que se trasladó a nuestra tierra un “reality” global. Ambos representantes olvidaron la frase del británico Humphrey Trevelyan, citado por Pedro Calvo-Sotelo en “Salir al mundo: guía práctica de vida diplomática”. El inglés sostenía con fundamento que “en diplomacia se requiere infinita paciencia, indignación controlada cuando es preciso, pero jamás el sarcasmo”.

Los embajadores tienen el deber de dar a conocer y defender con discreción lo que sus gobiernos determinen es el interés nacional. Para ello no existe otro estilo que no sea el respeto hacia nuestro país, a sus autoridades, a sus leyes, a sus instituciones, costumbres, cultura y carácter.

Como señala la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas, la embajada y quien la encabeza protege los intereses del Estado y los de sus nacionales “dentro de los límites permitidos por el derecho internacional”. Es decir, no le está permitido a un representante la injerencia en los asuntos internos del Estado receptor; ni el uso indebido del recinto de la embajada; ni el ejercicio de actividades profesionales o comerciales privadas; ni el incumplimiento de las leyes y reglamentos chilenos; ni ignorar los canales oficiales de comunicación.

La diplomacia, según acertadamente la define la Enciclopedia Británica, es “el método establecido para influir en las decisiones y el comportamiento de los gobiernos y pueblos extranjeros a través del diálogo, la negociación y otras medidas que no lleguen a la guerra o la violencia”. Por lo tanto, la persuasión es el mecanismo que el representante debe utilizar. Este atributo no es algo del pasado, como se afirma, sino la herramienta eficaz del Estado en cualquier tiempo y lugar, ejercida a través de sus representantes diplomáticos. Según la Real Academia, persuadir es “inducir, mover, obligar a alguien con razones a creer o hacer algo”. Nada más lejos, entonces, que la indiscreción, la estridencia o la publicidad para dar la impresión de poder, firmeza, claridad en los objetivos, o para identificarse con un gobernante y ganar su favor.

Tampoco puede olvidarse que la función de representar a un determinado país equivale a la totalidad del Estado y no se circunscribe solamente al Gobierno. Como bien lo recuerda Pedro Calvo-Sotelo en el libro citado, el jefe de Misión “ostenta la representación única y absoluta del Estado, de todos sus órganos, no de una parte”.  Cuando ejerce una determinada orden superior, no lo hace porque personalmente coincida con aquella, sino porque “emana del Gobierno en su condición de elemento componente del Estado”. Sin embargo, vivimos tiempos en que estas nociones se olvidan, se confunden con las preferencias ideológicas personales, con el rechazo frontal al oponente bajo el pretexto de la sinceridad, y provocan malentendidos que tenemos que reprochar y, a veces, esquivar de mala gana.

Tampoco podemos olvidar que incluso en su vida privada un diplomático siempre cumple una función representativa que puede serle imputada, lo quiera o no. No es un ciudadano privado que puede hacer y decir lo que se le antoje dentro del marco de lo legal. Como dijo el exministro y actual embajador ante la ONU, Roberto Ampuero: “Un embajador no puede tener la libertad de representarse a sí mismo, como es el caso de un artista”.

Perdónenme los lectores tener que refrescar lo obvio, pero lamentablemente vivimos tiempos en los que la diplomacia tiende a ignorar sus instrumentos habituales. En muchas partes surge el representante diplomático asertivo, el que golpea la mesa, el que critica públicamente las posiciones discordantes con lo que representa. Son tiempos complejos en los que Chile debe aplicar siempre el derecho y la prudencia, que no debe confundirse con debilidad.

No nos conviene olvidar el paso fugaz del embajador norteamericano Spruille Braden en Argentina. Sirvió entre mayo y septiembre de 1945 en Buenos Aires con el encargo de frenar el ascenso al poder de Juan Domingo Perón. No escatimó medios para ello. Le acompañaba un país que emergía triunfante de la II Guerra Mundial, admirado, valiente, poderoso, que universalizaba nuestros propios valores, forjador de un nuevo orden mundial. Tenía a favor suyo una coalición de partidos antiperonistas aglutinados en la Unión Democrática que reunía desde los socialistas y comunistas, al mundo ganadero de la Sociedad Rural. En el apogeo de la derrota del Eje había una narrativa que debía favorecer a Braden: “democracia vs fascismo”. Sin embargo, la intervención del embajador en los asuntos internos argentinos la aprovechó el peronismo para crear otro eslogan polarizante: “Braden o Perón”. Con este movilizó a los sindicatos y a la población, y alcanzó la Presidencia en 1946. Sus secuelas remecen a los argentinos hasta hoy.

Queremos que a los embajadores les vaya bien entre nosotros. Juntos debemos derrotar la amenaza de las redes criminales en el marco de nuestro ordenamiento jurídico. Juntos tenemos que impulsar nuevas relaciones políticas y económicas duraderas con estricto respeto a nuestra soberanía. Para ello es necesaria la contención, la persuasión, el respeto, el estudio y la cabal comprensión de nuestra sicología.

No hay comentarios

Agregar comentario