¿Fin a la guerra o fin a la teocracia en Irán?

Editorial
OpinionGlobal Review, N*148 (octubre 2026)

No está claro si la guerra de EEUU e Israel contra Irán ha finalizado del todo, ni siquiera quiénes son los vencedores y quiénes los vencidos. Al parecer, el conflicto armado está detenido por ahora (¿hasta después de las elecciones norteamericanas de medio mandato en noviembre?), con posibles y esporádicos estallidos a futuro. Se trata de un estado nebuloso, que no es ni guerra ni paz, pero donde las partes no aceptan el statu quo ante bellum. En suma, parece poco probable que Washington consiga sus objetivos estratégicos con la mera presión militar y que Teherán pueda resistir para siempre en las difíciles condiciones en que se encuentra actualmente. Las partes juegan, en definitiva, con la ilusión de que podrán sobrevivir a su enemigo.

Opiniones vs. desinformación y propaganda
Hay problemas de interpretación al momento de establecer el resultado de la guerra de Irán. Ello, porque muchas opiniones y análisis periodísticos carecen de la suficiente pericia. Ha primado, además, la desinformación y la propaganda de los bandos enfrentados, particularmente la de los regímenes totalitarios. Y, en los principales medios occidentales (Think tanks y académicos), la opinión prevaleciente es que Trump no sólo cometió el error de involucrarse en una guerra asimétrica contra el régimen fanático de Teherán, sino que se habría equivocado en varios aspectos claves:

(a) Pensar que la mera decapitación del liderazgo político y militar iraní significaría su rendición;
(b) Confiar en que la degradación de las defensas y capacidades misilísticas iraníes ayudaría a poner fin a las hostilidades; y
(c) Creer, con posterioridad, que ataques esporádicos y sus escaladas no afectarían el transporte y el abastecimiento (precio) del petróleo mundial.

Por otra parte, esas mismas opiniones consideran que Teherán habría inteligentemente subido la apuesta: cerrando del Estrecho de Ormuz; apoyando a las milicias chiítas proiraníes de Irak (Asaib Ahl al-Hag y Kataib Al-Iman Ali) y a los hutíes del Yemen, a fin de atacar las bases militares de EEUU y de sus aliados en el Golfo; y amenazando con tomar control del Estrecho Bab el-Mandeb. Vale decir, Irán parece huir hacia adelante.

De acuerdo con este enfoque, EEUU habría perdido la guerra, al ser incapaz de derrotar a Irán o, simplemente, porque no consiguió desbloquear el Estrecho de Ormuz. Se habla, asimismo, de que el daño sufrido por las fuerzas armadas norteamericanas es mayúsculo en cuanto a que buena parte de sus municiones y proyectiles (Patriot) están agotados. Además, el conflicto no ha sido contenido y, de hecho, se ha expandido a otros lugares críticos de la región, incluyendo las rutas alternativas de Ormuz, como el estrecho Bab el Mandeb, un verdadero “cuello de botella” a lo largo de la ruta del Mar Rojo, amenazado por los hutíes, el grupo chiita yemení alineado con Teherán.

Una evaluación más realista
Todos conocen las bravuconadas y mentiras del disfuncional presidente norteamericano. Y, por otro lado, lo frágil que es el apoyo de la opinión pública norteamericana (y de las democracias occidentales en general) al momento de comprometer tropas en el campo de batalla (“boots on the ground”). Sin embargo, no hay que olvidar que, desde el inicio mismo de la Revolución Islámica (1979), Irán se declaró en guerra contra EEUU e Israel, procediendo no sólo a presionar por la retirada norteamericana del Medio Oriente sino también por lanzar ataques, ya sea directos o a través de actos terroristas de terceros, contra Washington y Jerusalén. Eso está en la base de la guerra que se vive hoy.

En realidad, Irán ha tenido un desgaste mayúsculo durante la guerra y está sufriendo ahora un verdadero estrangulamiento económico por parte de EEUU (sobre puertos iraníes), tanto así que la situación económica, social y política de Irán es insostenible a mediano plazo. De hecho, la dictadura chiita en Teherán ha perdido sus ingresos a falta de las exportaciones de petróleo (435 millones de dólares diarios), lo que se suma a las duras sanciones económicas internacionales, situación que puede llevar al gobierno iraní a no poder pagar a sus militares, policías y funcionarios. Según esta versión, ante el colapso de la economía iraní, lo más probable es que surjan nuevas protestas populares y, eventualmente, sublevaciones de la oposición democrática iraní, que está formando milicias entrenadas y apoyadas por combatientes kurdos (Peshmergas) en la región autónoma del norte de Irak (gobierno regional del Kurdistán o KRG).

La implosión interna como desenlace militar
Claramente, entonces, el liderazgo clérigo-militar de Irán ha perdido a estas alturas toda su legitimidad, manteniendo un nivel de apoyo popular entre el 15 y el 20% del total de la población local. En los últimos dos años y medio, la República Islámica ha presenciado tres levantamientos mayores en el país. En las de noviembre pasado, incluso, las manifestaciones resultaron en la peor represión que se tenga memoria desde la masacre de entre 30 mil y 40 mil presos políticos en 1988. El principal grupo opositor militante es el Mujahedin-e-Khalq (MEK), conformado precisamente por las víctimas del “verano sangriento” de 1988.

El nuevo Líder Supremo (si es que Mojtaba Khamenei aún sigue vivo) y sus “escuadrones de la muerte” están especialmente aterrados de que un movimiento de oposición sea lo suficientemente capaz de organizar protestas populares (a pesar de la falta de internet) que puedan desembocar en un cambio de régimen político. Y, a tal respecto, su mayor temor recae en la campaña del MEK por un gobierno de oposición más estable y representativo.

Conclusiones
Los opositores de Trump, EE.UU., Israel y de la guerra de Irán, en general, sostienen que Washington perdió la guerra y que la única salida al conflicto en el Medio Oriente sería a través de la vía diplomática. Quiénes así piensan, citan como prueba la retirada de EEUU de Irak, y presionan por un nuevo acuerdo sobre el programa nuclear iraní, al estilo del JCPOA (“Joint Comprehensive Plan of Action”), suscrito por el expresidente Obama en 2015. Pero eso suena a mero voluntarismo. Nada dicen, en cambio, de los sucesivos incumplimientos de compromisos internacionales por parte del régimen islamista y de cómo el régimen teocrático de Teherán está cerca de obtener armas nucleares, haber acumulado una excesiva cantidad de misiles y drones, disponer de varios proxies que conforman un “Arco de Fuego” en la región (Hamas, Hizbulá, Houtíes), instigar abiertamente el terrorismo internacional y, no menor, la opresión sistemática del pueblo iraní.

El problema con Irán, entonces, tiene que ver con un sistema internacional cada día más basado en relaciones de poder que en reglas universales previamente convenidas. Así, lo más determinante es la competencia hegemónica de los fuertes contra los débiles, de los autócratas frente a las democracias y, en general, el uso de la fuerza por sobre el derecho. En ese contexto, el llamado “Eje del mal”, estructurado por los CRINK (China, Russia, Irán and North Korea), se ha propuesto imponer sus respectivas zonas de influencia ante un mundo democrático-occidental que procura atenerse al derecho internacional.

Por todo lo anterior, la mayor superpotencia del mundo no ha sido derrotada, ni tampoco es la directamente responsable de la guerra del Golfo, puesto que ha sido Irán la que ha buscado con ahínco la desestabilización regional y el control de los países vecinos. Si bien la dictadura clérigo-militar de Teherán se encuentra al límite de su resistencia, su resiliencia resulta del peligroso fanatismo de una ideología chiíta de martirio y creencia en un triunfo final apocalíptico.

En el manejo de este y otros conflictos armados las democracias han sido incapaces de disuadir a los regímenes totalitarios. Ante la expansión imperialista de Rusia en Ucrania, la conducta de Trump ha sido más bien presionar a Kyiev y así conseguir negocios con Putin. Los europeos, en cambio, han apoyado militar y financieramente a los ucranianos, pero ante ataques híbridos de los rusos en su contra han respondido en forma muy tímida por el temor a una escalada militar. En otras palabras, el pacifismo y el apaciguamiento en Occidente no sirven para resolver los conflictos en un mundo sin reglas.

EEUU e Israel atacaron a Irán, precisamente, con la idea de que el régimen islamista revolucionario (apoyado por Rusia, China y Corea del Norte) dejara de ser una amenaza para el Medio Oriente. Y, en este caso, Trump evitará a todo evento que Teherán obtenga armas nucleares y Netanyahu (o su eventual sucesor) seguirá teniendo como objetivo final poner fin al régimen de los ayatolas que planearon la masacre de civiles judíos por parte de Hamas el 7 de octubre de 2023.

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