El reloj de Teherán

Editorial
Atalayar, 21.10.2026
Gustavo de Arístegui, abogado, embajador ®, exdiputado PP y analista geopolítico español

Hay regímenes que negocian para llegar a un acuerdo y regímenes que negocian para ganar tiempo. El de Teherán pertenece, desde 1979, a la segunda categoría. Lo ha confirmado esta semana Reuters con tres altos cargos iraníes: el régimen oligárquico-yihadista alarga deliberadamente las conversaciones para que Trump no pueda presentar una victoria antes del 3 de noviembre. Lo confirmó también, sin intermediarios, Mohsen Rezaei ante el mariscal Munir: ni un solo gramo de uranio enriquecido saldrá del país. Mientras tanto, en Washington, el presidente se pregunta en voz alta si ganará la guerra «por las buenas o por las malas», y su portavoz adjunta anuncia que, por las malas, no será antes de las elecciones. Ocho meses después de los primeros bombardeos, el reloj lo marca Teherán.

Alexis de Tocqueville escribió en 1835 que la política exterior no exige casi ninguna de las cualidades propias de la democracia y reclama, en cambio, casi todas las que le faltan: el secreto, la paciencia, la constancia en un designio. Los ayatolás y los generales del CGRI nunca han leído a Tocqueville, pero lo aplican. Saben que una democracia vota cada dos años, que el precio de la gasolina pesa en las urnas y que basta con resistir unas semanas para que el adversario se ate las manos. Ese es el verdadero significado de la paradoja del descabezamiento que venimos describiendo: la eliminación de la cúpula no produjo un régimen más débil, sino uno más cerrado, más militarizado y paciente, en el que mandan quienes tienen interés en que la crisis no termine.

Henry Kissinger repitió durante años que Irán debía decidir si quería ser una nación o una causa. El régimen ha decidido: es una causa, y la exporta a través de sus terminales terroristas. Shabwa es la prueba más reciente. La organización terrorista hutí ha asesinado a 73 reclutas que no estaban en el frente, sino en un campamento de instrucción. Que ese mismo día Teherán se ofreciera como mediador entre los hutíes y Riad es un insulto grave a la inteligencia, a la decencia y a la lógica más elemental. El régimen que los arma, que los adiestra, que los financia, que les envía sus misiles balísticos y les dota de sus drones asesinos tiene la desfachatez, la indecencia, de presentarse como árbitro. Es como si el fiscal de la acusación se ofreciera como abogado defensor del reo: haría lo imposible por condenarlo. La metáfora se queda corta. Es el incitador que ha puesto en manos del pirómano la gasolina, las órdenes y el dinero y que, con el bosque ya en llamas, se ofrece para convencerle de que no lo queme. Tampoco esa imagen basta. Resulta, sencillamente, vomitivo, y más aún cuando Araghchí acompaña su oferta con una advertencia a Egipto para que no ayude a la víctima. Eso no es mediación: es extorsión con otro nombre.

Igual de preocupante, por no decir espeluznante, es comprobar lo poco que valen los pactos. El Pacto de La Meca se firmó en agosto a bombo y platillo, y su artículo 2 obliga a socorrer «de inmediato» a la parte atacada. Al Reino lo atacan todos los días, y la primera reacción de Ankara ha sido aclarar que no se trata de un acuerdo ofensivo. ¿Qué es, entonces, un pacto defensivo? ¿Esperar a ver si se interceptan los misiles y los drones, y contar los muertos cuando no? Una defensa que renuncia a golpear el origen de la agresión no es defensa, sino resignación. El Parlamento turco todavía tiene que ratificarlo, y habrá que escuchar con atención a los portavoces del Ministerio de Exteriores y de la Presidencia para saber si la «disuasión colectiva» de la que habla Duran significa algo.

La respuesta británica, que tanta gente ha comprado como algo extraordinario, no lo es. Es un movimiento a media salida, como el del mal portero que sale a por un centro, no llega, ve pasar el balón por encima y deja al delantero rematar solo ante la portería vacía: un avión cisterna en septiembre y unos Typhoon para «operaciones defensivas» en octubre. Cada Typhoon cuesta del orden de 200 millones de euros si se cuentan motores y apoyo (el contrato español Halcón II asciende a 4.600 millones por 25 aparatos); lleva 13 puntos de anclaje, un cañón Mauser BK-27 de 27 milímetros y misiles aire-aire de entre varios cientos de miles y más de un millón de euros por disparo. Enfrente tiene drones de unos pocos miles a unas decenas de miles de dólares; un Qasef hutí cuesta apenas un par de miles, según The War Zone. Ningún caza, además, detiene un misil balístico como el lanzado contra Riad: eso es tarea de los Patriot y los THAAD.

Un Typhoon solo sirve de verdad para disuadir, y para disuadir hay que atacar las lanzaderas, los depósitos y las fábricas hutíes en Yemen. Se dirá que los cazas británicos liberan aparatos saudíes para atacar; es cierto, y confirma que Londres quiere los beneficios de la disuasión sin asumir su riesgo. Quedarse a medias es tanto como no hacer nada. Es incluso peor, porque demuestra a los enemigos de Occidente que, hasta el Reino Unido, esa Europa singular que no forma parte de la Unión, pero se considera líder en la OTAN, prefiere el gesto a la acción. Es el mismo país cuyos Typhoon bombardearon objetivos hutíes junto a Estados Unidos en enero de 2024 y destruyeron con bombas Paveway IV una fábrica de drones al sur de Saná en abril de 2025. Que precisamente Londres, tantas veces audaz en materia de defensa, haga hoy un gesto tan pusilánime e inútil dice mucho de la época.

Clausewitz dejó escrito que el paso rápido y enérgico al ataque, «la espada centelleante de la venganza», es el momento más brillante de la defensa. Churchill, tras Múnich, dijo a los Comunes que se había sufrido «una derrota total y sin paliativos»; la lección de 1938 es que confundir la prudencia con la cobardía siempre se paga. Demasiados políticos y demasiados países del siglo XXI siguen sin aprender esa lección: les sobra cálculo electoral y les faltan visión y sentido de la historia. Este siglo empieza a ser un agujero negro de calidad democrática y de calidad del liderazgo. La defensa del Reino es la defensa del Golfo, del comercio mundial y de la principal apuesta reformista del mundo árabe, y no admite medias salidas.

El reloj también corre en Ucrania, y también allí lo maneja el agresor. El Kremlin ha aprendido la misma lección que Teherán: basta con esperar a que Washington se canse y a que Europa se divida. Tácito puso en boca del caudillo caledonio Calgaco la condena de los imperios que, donde crean un desierto, lo llaman paz. Una paz que entregue Donetsk como condición previa, sin interceptores para defender lo que quede de Ucrania, sería exactamente eso. Las garantías «similares al artículo 5» solo valdrán si quien las ofrece no está reteniendo a la vez los Patriot que otros ya han pagado.

España, entretanto, llega a las elecciones del 29 de noviembre con la frontera sur pendiente de los tribunales, una amnistía que premia a los condenados del procès y un Gobierno que sigue sin decir qué hará por Rota y Morón, por nuestra defensa antiaérea y por el Reino.

De todo ello, se desprenden cinco exigencias:
-Primera: dejar de negociar con figurantes; con Teherán solo valdrá un acuerdo verificable que avalen quienes mandan, y el primer punto es el uranio;
-Segunda: que la UE incluya a la organización terrorista hutí en su lista terrorista, como ya hizo con el CGRI, y que lo traduzca en sanciones y en el desmantelamiento de sus redes financieras;
-Tercera: que Europa coordine con el Reino Unido, Francia, Estados Unidos e Israel una defensa real del Reino que no se limite a interceptar, porque disuadir exige golpear las lanzaderas, depósitos y fábricas de los terroristas hutíes, y que España aporte capacidades y no solo comunicados;
-Cuarta: que los Patriot pagados por los europeos lleguen a Ucrania, y que ninguna cumbre sobre Ucrania se celebre sin Ucrania; y
-Quinta: que Ceuta, Rota y Morón dejen de ser consignas de campaña y vuelvan a ser políticas de Estado. El reloj de Teherán corre a favor de quien sabe esperar. Occidente tiene que decidir si quiere seguir mirando la hora o empezar a marcarla.

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