Columna El Líbero, 17.10.2026 Fernando Schmidt Ariztía, embajador ® y exsubsecretario de RREE
Las relaciones comerciales entre el archipiélago malvinense y la Patagonia fueron históricamente intensas, aunque Argentina ya había protestado en 1833 ante Gran Bretaña “contra el despojo violento e intempestivo de las islas Malvinas, y la violación de la soberanía de la República”. Desde entonces, nuestros vecinos nunca renunciaron a sus derechos sobre ese territorio.
Pese a ese incordio, las relaciones entre ambos países fueron a ratos extraordinariamente estrechas, como los cincuenta años que van de 1880 a 1930, la época de las enormes inversiones británicas en ferrocarriles argentinos, banca, frigoríficos, puertos, ganadería. Salvando los ocho años que transcurren entre el estallido de la guerra del Atlántico Sur en 1982 y el restablecimiento de las relaciones en 1990, los dos países mantuvieron vínculos más que normales. Hoy mismo, cuando la sombra de Malvinas oscurece la relación, British Airways anunció el restablecimiento de su vuelo sin escalas entre Londres y Buenos Aires. Además, las relaciones comerciales entre ambos tienen mayor volumen que las nuestras con Gran Bretaña.
En Malvinas encontraron apoyo logístico las industrias ballenera y lobera en el siglo XIX, que se expandieron por toda esa vasta zona aún sin delimitar. Del archipiélago llegó la ovejería en 1876 a Chile. Poco después, el gobernador de Santa Cruz la importó para su territorio. Como resultado de la actividad llegaron de las islas administradores, esquiladores, puesteros que se distribuyeron en esa enorme geografía. También se afincaron estancieros como los Hamilton, Waldron, Wood, Saunders, Felton, Rudd, Halliday, Mac George. Otros vinieron como misioneros anglicanos y sus descendientes forman parte de la sociedad argentina actual como los Bridges, Lawrence o Lewis.
Antes de la guerra de Malvinas de 1982, la relación entre las islas y Argentina fue de creciente integración. Se pensaba en Londres que caerían bajo la soberanía de nuestros vecinos de manera natural. El origen de esta interacción era el abandono de los kelpers (gentilicio de los isleños) y el Acuerdo de Comunicaciones entre Argentina y el Reino Unido de 1971.
Mediante este último, la aerolínea argentina LADE cubrió la ruta Puerto Stanley – Comodoro Rivadavia; el gobierno en Buenos Aires amplió la pista de aterrizaje en el archipiélago para sus vuelos; la estatal YPF construyó estanques para el almacenamiento de combustible y abastecer de bencina, parafina y gas a sus habitantes; crearon la White Card, que permitía a isleños y argentinos viajar entre ambos territorios; instituyeron becas para que los kelpers estudiaran en colegios británicos de Buenos Aires o Córdoba; facilitaron su propio sistema de salud a los malvinenses. Las islas pesaban poco en Londres. Todo acabó de manera brusca con la invasión de 1982 por un arranque de fervor patriótico, debilidad interna y mal calculada reacción internacional.
Durante casi 150 años la reivindicación de la soberanía no fue un obstáculo para el desarrollo del comercio y otras actividades con las islas. La situación no debería ser diferente hoy. Sin embargo, aumentan los recelos a raíz del restablecimiento de una ruta comercial con Punta Arenas el 10 de noviembre, servida por el buque Danstar. Se trataría de una ruta de abastecimiento de mercancías básicas para aliviar el alto costo de los insumos que hoy vienen de Montevideo.
Me concentraré en aspectos políticos que plantea esta ruta. No en otras consideraciones, que las hay.
No debemos caer en las provocaciones de grupos de presión en ambos países. El diálogo entre Cancillerías debe ser constante, prudente, con claridad sobre las líneas rojas, pero reservado.
El comercio es una cosa, como siempre fue; y las reivindicaciones territoriales otra.
Como herederos de unos mismos derechos ancestrales debemos apoyar la causa argentina sobre Malvinas en tanto litigio bilateral con el Reino Unido. Esto no significa endosar sus métodos.
La historia nos enseña que hubo una ruta comercial entre las islas y el territorio argentino como parte de un sistema económico. En el futuro puede revivir. El devenir depende de los intereses.
Las declaraciones oficiales argentinas denotan, en primer lugar, incomodidad con sus voces narcisistas que defienden el Decreto 256 de febrero del 2010, exigiendo a todo navío una autorización de Buenos Aires para atravesar sus aguas jurisdiccionales en dirección a Malvinas, o desde las islas. Por eso, sólo objetan a Punta Arenas para operaciones que refuercen la explotación de recursos naturales considerados propios, pero no una ruta comercial (hasta ahora).
En segundo lugar, porque el Decreto contradice el artículo 10 del Tratado de Paz y Amistad de 1984, suscrito entre Chile y Argentina, que dice: “La República Argentina se obliga a mantener, en cualquier tiempo y circunstancias, el derecho de los buques de todas las banderas a navegar en forma expedita y sin obstáculos a través de sus aguas jurisdiccionales hacia y desde el Estrecho de Magallanes”. Es decir, garantizar el paso inocente por sus aguas para el comercio.
En tercer lugar, porque el Decreto colisiona también con la Convención del Mar, de la cual Argentina es miembro pleno desde el 31 de diciembre de 1995. Sus artículos 17; 24.1.a; 19.1; 19.2 y varios otros garantizan el paso inocente por mares territoriales en tiempos de paz.
En cuarto lugar, porque la Convención de Viena sobre Derecho de los Tratados, suscrita y ratificada por Argentina, dice en su artículo 27 que: “Una parte no podrá invocar las disposiciones de su derecho interno (un Decreto) como justificación del incumplimiento de un tratado”.
Porque a pesar del supuesto apoyo político de Donald Trump en su enfado con los británicos, Argentina no reúne las condiciones para sostener en el sur una posición de fuerza.
Creo que, junto al diálogo intenso pero discreto, hay que darle un espacio a Argentina para el manejo de sus contradicciones internas (que también existen en nuestro lado). Debemos observar la evolución de su recurso al Tribunal Internacional del Derecho del Mar para la aplicación de medidas provisionales que paralicen el proyecto Sea Lion en Malvinas. Es de esperar que, de tener éxito en esta demanda, Argentina logre salvar la cara y sus chovinismos queden satisfechos.
De no ser así, nos tocará salvar los principios. No se trata de defender exportaciones por US$ 20 millones anuales cuando Magallanes exporta US$ 1.200, ni un comercio con islas habitadas por 5 mil personas (como Isla de Pascua). Se trata de principios. Esos intangibles que sostienen un edificio mayor como la defensa del paso inocente, la libertad de comercio, la preeminencia del derecho de los tratados sobre normas internas, el acceso seguro al Estrecho. Se trata de hacer valer nuestras prerrogativas y el sistema legal sobre el que descansan.
En ese supuesto, resulta obvio que se abren otros escenarios partiendo por la solución jurídica de la controversia, sin descartar que el Danstar sea escoltado por la Armada hasta aguas seguras. Tal desenlace sería un retroceso en la relación con Argentina, país eternamente vecino.
Comentario El Líbero, 17.10.2026 Andrés Montero J.
Querido Embajador y pariente: Por qué usted siempre se refiere a las Malvinas y no a las Falklands que es el nombre correcto. Por último, podría referirse a Malvinas/Falklands. Algunos diplomáticos chilenos tienen susto de mencionar a las islas como Falklands. Cuando uno visita las islas así se llaman. Viven personas que hablan inglés por 8 generaciones. Conducen por la izquierda hay 200 chilenos y ninguno de los habitantes quiere ser argentino y nunca dejarán de ser protegidos por el Reino Unido. Por lo tanto, Chile debe tomar palco y no involucrarse en la negociación entre Argentina y Gran Bretaña. Las reclamaciones antárticas argentinas se sobreponen con las chilenas. Chile históricamente se ha manejado pésimo en sus relaciones limítrofes con Argentina. Nos han sacado de paseo varias veces. Argentina niega ahora el derecho de autodeterminación de los isleños y cuando se inicia la precampaña electoral surge como tema clave la “soberanía” de las islas. Las historias de provocaciones argentinas en el Beagle y en el Estrecho de Magallanes han sido numerosas. 6 excomandantes en Jefe de la Armada de Chile ya opinaron con argumentos contundentes. Chile no debe ceder su derecho a comerciar con las Islas y que sus buques naveguen al amparo de la ley. Chile es amigo de Argentina y también amigo del Reino Unido. Por apoyar a uno, no se debe traicionar al otro. Argentina debería buscar integración con las Falklands y olvidarse de la soberanía, pues su aventura del 82 solo alejó la oportunidad de llegar a acuerdos. Pronto sabremos si Argentina cumple las leyes internacionales o si primará la irracionalidad.

