Blog Atalayar, 25.06.2026 Gustavo de Arístegui, abogado, exembajador y analista geopolítico español
El 24 de junio de 2026, el canciller federal alemán, Friedrich Merz, reunió en la Cancillería de Berlín a los jefes de Estado y de Gobierno del denominado E5: el presidente de la República Francesa, Emmanuel Macron; el primer ministro del Reino Unido, Keir Starmer; la primera ministra de Italia, Giorgia Meloni; y el primer ministro de Polonia, Donald Tusk.
La cita tenía un triple objeto —preparar la cumbre de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) prevista para los días 7 y 8 de julio en Ankara, articular las garantías de seguridad a Ucrania y diseñar el refuerzo del pilar europeo de la Alianza— en un momento de marcada desafección entre Washington y sus aliados europeos. España no fue invitada. Su nombre no figura tampoco en el comunicado final.
No se trata de un episodio aislado, sino del último eslabón de una cadena de exclusiones que se ha vuelto rutinaria a lo largo de los últimos meses, desde la cumbre de seguridad euroatlántica celebrada en el Reino Unido hasta las sucesivas videoconferencias de líderes europeos convocadas en torno al expediente ucraniano. España ha dejado, sencillamente, de estar en la sala donde se decide el futuro de la seguridad del continente.
La naturaleza del foro: por qué esta ausencia pesa más de lo que parece
El E5 no es un club improvisado ni un formato ad hoc. Reúne, por definición explícita, a las cinco naciones europeas con mayor gasto en defensa, y nació en 2024 como mecanismo de coordinación —en su origen, entre los ministerios de defensa— para sostener el apoyo a Ucrania, gestionar la retirada gradual de Estados Unidos del teatro europeo y articular proyectos conjuntos de defensa.
El criterio de pertenencia es, por tanto, el esfuerzo defensivo: precisamente la vara de medir en la que España, por decisión deliberada de su Gobierno, ocupa el furgón de cola. Que el foro se constituya sobre esa métrica convierte la ausencia española en algo cualitativamente distinto de un olvido protocolario; la convierte en un diagnóstico.
El argumento decisivo: la ampliación que volvió a dejar fuera a España
Aquí reside, a juicio de este analista, el dato más demoledor y el que con mayor frecuencia se pasa por alto. El formato había nacido como E3 —Alemania, Francia y Reino Unido—, y esa configuración restringida suscitó las protestas de Roma y Varsovia, que reprocharon a las tres capitales haber monopolizado las conversaciones sobre Ucrania e impedido la participación de otros socios de peso. La respuesta a ese agravio fue ensanchar el marco: del E3 se pasó al E5, incorporando a Italia y a Polonia, esta última por su condición de eje logístico insustituible del esfuerzo bélico ucraniano.
Es decir: cuando el club se abrió, cuando se rectificó expresamente para no dejar fuera a quien pesa, España no entró en la ecuación. No se la excluyó por la estrechez del formato —ese argumento acaba de quedar desactivado por la propia ampliación—, sino pese a la ampliación. Se agrandó la mesa, y a España no se le acercó una silla.
Irrelevancia frente a no fiabilidad
De lo anterior se desprende la tesis que sostengo y que considero la clave de bóveda de todo el análisis: el problema español ha dejado de ser de mera irrelevancia para convertirse en algo más grave, la percepción de no fiabilidad. La distinción no es retórica. Un país irrelevante simplemente no cuenta: se le ignora porque su aportación se juzga marginal.
Un país considerado no fiable, en cambio, se excluye de forma activa, porque su presencia se percibe no como un activo neutro, sino como un riesgo —de filtración, de bloqueo, de incoherencia o de deslealtad—. Lo primero es triste; lo segundo es descalificador. Que España haya transitado de lo uno a lo otro es la medida exacta del deterioro de su posición internacional bajo el actual Ejecutivo.
El contexto: el gasto en defensa y la sombra de la expulsión
Esta exclusión no se produce en el vacío. Coincide en el tiempo con la resistencia del presidente del Gobierno a elevar el gasto en defensa hasta el umbral comprometido con los aliados, una postura que ha tensado las relaciones con Washington hasta el punto de que el propio presidente Donald Trump ha llegado a plantear públicamente la conveniencia de expulsar a España de la OTAN.
Semejante planteamiento, con independencia de su viabilidad jurídica, resultaría impensable respecto de cualquier otro socio principal y mide con exactitud la profundidad del descrédito acumulado. La cumbre de Ankara se celebra, además, en un clima de irritación estadounidense con los europeos por su tibieza ante la reciente campaña contra el régimen terrorista de Irán, lo que añade una capa suplementaria de tensión a una arquitectura aliada ya de por sí sometida a fuertes presiones.
La incoherencia de fondo: Rota, Morón y el doble relato
Conviene precisar el reproche para no incurrir en el maximalismo que tanto critico en otros. España presta a la seguridad atlántica una contribución de primer orden a través de las bases de Rota y Morón, que sostienen activamente la proyección naval y aérea de la Alianza y constituyen un servicio impagable a la defensa común.
No es, por tanto, la cooperación lo que merece censura —antes, al contrario, debe preservarse y enaltecerse—, sino la esquizofrenia entre esa reality militar y un discurso público que la contradice: un Gobierno que cultiva una neutralidad rayana en la irresponsabilidad, más hostil en su retórica hacia Estados Unidos que hacia la propia oligarquía yihadista de Teherán.
Esa incoherencia entre los hechos y el relato es la que erosiona la confianza de los socios; y la confianza, una vez perdida, no se restituye con comunicados. No reclamo, pues, una política maximalista: reclamo coherencia.
Lectura final
La silla vacía de Berlín debe leerse, en definitiva, no como un desaire puntual, sino como el síntoma maduro de una enfermedad diagnosticada hace tiempo. Cuando las cinco grandes potencias militares de Europa se reúnen para decidir el porvenir de la seguridad continental y España no figura ni entre los convocados ni en el documento resultante, lo que se constata no es ya nuestra pérdida de peso —que sería remediable con voluntad y recursos—, sino la quiebra de nuestra credibilidad como aliado, un daño de naturaleza mucho más hondo y de reparación mucho más lenta.
España no ha sido olvidada en Berlín: ha sido descartada. Y conviene que la opinión pública comprenda la diferencia, porque en ella se dirime no un matiz diplomático, sino el lugar de nuestra nación en el mundo durante la próxima generación.

