Blog El Internacionalista del Fin del Mundo, 23.05.2026 Juan Pablo Glasinovic, abogado, exdiplomático y columnista
Aunque las tropas rusas controlan el 20% de territorio ucraniano, entre lo que se cuenta Crimea (anexada en 2014), Donetsk (casi 80% desde 2022), Lugansk (control casi total, consolidado desde 2022), Zaporiyia (parcial, incluye la central nuclear de Zaporiyia, la mayor de Europa), y Jersón (parcial, Rusia controla la orilla oriental del río Dniéper), la posibilidad de la victoria no se ve cercana, ni menos maciza como cuando se lanzó la “Operación Especial” en 2022 y Putin y sus generales pensaban que Kiev caería en 3 días y, consecuentemente, Ucrania. Fue sin duda un error de cálculo mayúsculo.
El conflicto se ha convertido en una guerra de desgaste, que, como lo indica su nombre, está desangrando a ambos contrincantes. Entre una cuarta parte y casi un tercio de la población ucraniana huyó de sus hogares desde 2022. De esos, unos dos tercios salieron del país, mientras el otro tercio debió reubicarse en otras zonas. Junto con la emigración, la población ha disminuido por una contracción demográfica que ya era fuerte, pero que se agudizó con el clima de guerra y la separación de muchas familias. Eso significa que Ucrania no tiene mucha alternativa de nuevos enrolamientos para compensar sus bajas, además de tener que depender de los mismos soldados con poca rotación, con el agotamiento físico y síquico que ello significa.
Rusia que tiene más de tres veces la población ucraniana tiene mayor holgura en ese sentido, pero esa ventaja poblacional ha sido usada en una dinámica de “carne de cañón”, lo que ha significado altísimas pérdidas en vidas, también en un contexto de contracción demográfica por pocos nacimientos. De acuerdo con el informe de enero de este año del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), uno de los think tanks más influyentes de Estados Unidos, Rusia llevaría unos 325.000 soldados muertos y unos 850.000 heridos, lo que pone a este país a la cabeza de la cantidad de bajas entre las potencias desde la Segunda Guerra Mundial.
El mismo CSIS establece para Ucrania unos 55.000 muertos y 345.000 heridos. Si nos atenemos a estas cifras que coinciden en su orden de magnitud con otras de fuentes independientes, por cada soldado ucraniano muerto, hay 6 rusos, lo que casi dobla la diferencia poblacional y da cuenta de la carnicería a la que han sido expuestas las tropas rusas, lo que refleja el total desdén por su existencia de parte de sus autoridades.
En relación con el título de esta columna, las primeras grietas en las murallas del Kremlin, sede del gobierno encabezado desde hace décadas por Vladimir Putin, empiezan a aparecer con esta guerra que eufemísticamente se denominó “operación especial” denotando algo quirúrgico, pero que ya lleva más de 4 años.
Los muertos y los heridos ya no se pueden esconder y son miles las familias rusas a lo largo de todo el país que cuentan con una víctima producto de esta guerra.Putin sigue con su diagnóstico y mensaje a la población de que es una guerra existencial, que compromete el devenir del país y de su cultura, pero fuera de los sectores nacionalistas, esto cala cada vez menos. La población en general ve cómo se van sumando los muertos y heridos en una guerra entre eslavos sin beneficios claros ni un horizonte nítido, al mismo tiempo que se deterioran sus condiciones de vida en un contexto de ostracismo respecto de Occidente.
Por más que el régimen quiera presentar que está ganando la guerra, consolidando su posición de potencia global, y además quedándose con provincias ricas que aumentarán el PIB del país, lo cierto es que Rusia se ha debilitado. Esto se puede ver en distintos ámbitos.
En primer término, Rusia ha dejado en evidencia que no es una potencia que pueda mantener varios frentes abiertos ni presencia significativa en favor de sus intereses globales. La guerra en Ucrania ha concentrado sus energías, restándose actuar en otras latitudes. Si en 2022 eran 130.000 soldados en la fuerza invasora, ese número subió a 650.000 este año. Adicionalmente Rusia ha debido recurrir a tropas extranjeras para secundar su esfuerzo, entre las que se cuentan unos 10.000 soldados norcoreanos y mercenarios de distintos países incluyendo a sirios que luchaban con Assad.
El apoyo de Corea del Norte evidentemente no es gratuito y a cambio es probable que Rusia esté compartiendo tecnología misilística, entre otras cosas. China ha sido fundamental apoyando el esfuerzo militar ruso con la provisión de 80% de los componentes electrónicos esenciales de sus drones. La microelectrónica y los semiconductores chinos son igualmente cruciales para fabricar misiles guiados de precisión.
Rusia también depende casi totalmente de China para mantener su industria militar funcionando. 90% de las máquinas herramienta provienen de China, las que son necesarias para fabricar cañones, piezas de tanques, misiles, munición y sistemas de artillería.
En síntesis, con esta guerra se ha consagrado la dependencia rusa de China, país que es además el principal socio comercial de Rusia, incluyendo la compra de petróleo y gas que son su mayor fuente de ingresos. Esta dinámica no se revertirá y si bien actualmente hay una convergencia táctica de intereses, no hay que olvidar que son países vecinos y que China tiene 10 veces la población rusa y perdió vastos territorios en Siberia a manos de Rusia.
La debilidad rusa ha quedado también en evidencia en América Latina, donde nada pudo hacer para apoyar al régimen chavista frente a Estados Unidos y tampoco es capaz de hacer algo significativo por el régimen comunista en Cuba. Más cerca de su territorio, Putin tampoco puedo evitar perder su única base naval en el extranjero, en Tartus, Siria, siendo el contrato de arrendamiento rescindido por los rebeldes que se tomaron el poder derrotando al régimen que Rusia apoyaba.
En la cercanía del Cáucaso, zona muy sensible para su seguridad, Rusia tampoco pudo incidir en el conflicto entre Azerbaiyán y Armenia.
Finalmente, en la guerra con Irán tampoco ha jugado un papel, a pesar de que el régimen iraní ha sido relevante en el suministro de drones a Rusia.
Sin negar que Rusia sigue siendo un actor importante y que puede infligir daño en su entorno regional, es evidente que la guerra en Ucrania la ha debilitado, por más como dijimos que el discurso oficial lo presente al revés.
En esa línea, es imposible no hacer la analogía con la guerra en Afganistán durante el período soviético. Dicho conflicto no solo reveló las debilidades soviéticas, también fue la génesis de la implosión de ese imperio.
Ucrania y Rusia se están desangrando y la pregunta es cuál llegará primero a un estado anémico. Para Ucrania el conflicto es realmente existencial, no solo porque pierde un quinto de su territorio, sino porque nada asegura que Rusia vaya por más en el futuro si se pacta una tregua o la paz. Por eso procurará luchar en tanto no se den las condiciones mínimas para un cese.
En Rusia y para el régimen, el conflicto parece haberse convertido en un eje principal, tanto en materia doméstica como de política exterior. Eso ha facilitado internamente el control, y la represión. Pero un país no se puede mantener indefinidamente en esa situación de emergencia, en una guerra que no es guerra, pero es la más sangrienta del país desde la II Guerra Mundial, y sin expectativas de cambios políticos y económicos.
Está todo como suspendido, pero las fisuras en los muros están a la vista.

