Columna Realidad & Perspectivas, N*147 (julio 2026) Samuel Fernández Illanes, abogado (PUC), embajador (r) y académico (U. Central)
Ante tanto desorden internacional y desavenencias, en ocasiones se declara que “el asunto seguirá por vía diplomática”. Algunos perderán interés. Otros, preferirían acciones más drásticas y a muchos les será difícil de entender. Es que hay nociones generales sobre la diplomacia y pocos la conocen de verdad. Prima una cierta opinión despectiva de frivolidad, buenas maneras, y hablar sin compromisos. Sucede en Chile por desinterés, desconocimiento o afán por ubicar a amigos políticos. En otros países influyen las malas experiencias o la falta de resultados.
Sin embargo, la diplomacia es una herramienta estratégica en casos de conflicto y fundamental en la acción exterior normal de los países. Ni las relaciones esporádicas de los máximos responsables, ni el desgastado sistema internacional, ni los esfuerzos de muchos, pueden reemplazarla. Bien aplicada y tras acuciosa preparación, puede abrir posibilidades de cooperación en campos diversos o contribuir a la disuasión en casos de conflicto mayor.
En la diplomacia no caben improvisaciones. El conocimiento recíproco de las partes resulta indispensable, por experiencias previas o diferendos pendientes. Si la negociación diplomática fracasa, aumenta el riesgo de una confrontación. Es una disciplina estudiada ampliamente, con escuelas de pensamiento y ejemplos a escala global. En la actualidad, está muy controlada por la opinión pública, los medios de comunicación y las redes electrónicas, donde los opinantes suelen ser implacables. Por eso –y no por hábito de secretismo– se privilegia practicarla bajo reserva. Esta es imprescindible para evitar interferencias que perjudiquen o malogren sus objetivos, sea exagerando logros o magnificando concesiones. En el mediático mundo actual está claro que los manejos de la opinión pública pueden bloquear negociaciones diplomáticas. Basta observar los súbitos cambios de posición evidenciados en los conflictos del Medio Oriente.
También hay que asumir que no siempre se tiene la capacitación profesional indispensable ni la fuerza institucional para enfrentar los múltiples factores disruptivos. A veces no basta contar con personal idóneo, práctica comprobada, y objetivos precisos frente a las variables y alternativas que puede presentar la contingencia. Al parecer, es lo que hoy está sucediendo, incluso a nivel de diplomacias experimentadas que no logran imponerse en sus propios países.
Todo indica que, en mayor o menor grado, los líderes de las potencias mayores se parapetan en posiciones sin concesiones significativas y entre ellos abundan las declaraciones altisonantes que bloquean las negociaciones diplomáticas.
Por último, y aunque sea in extremis, sólo una diplomacia profesional y resiliente será la que mejor conduzca los temas sensibles o estratégicos y sus tantas variables vigentes.

