La extrema derecha Alternativa para Alemania ( AfD) gana elecciones en Sajonia

Artículo
Resumen Informativo, N* 403 (12.09.2026)
Claudio Rojas Rachel, embajador ®

Es recurrente, tras el triunfo electoral del partido de extrema derecha (AfD) en Sajonia, establecer un paralelo directo con la llegada de Hitler al poder en 1933. Es indispensable separar las coincidencias estructurales verificables que reduce dos contextos históricos radicalmente distintos. No se trata de minimizar la gravedad del avance de la ultraderecha en Alemania; al contrario, sino que evaluar su verdadero riesgo que representa para el sistema político democrático en Alemania, y sus efectos de repercusión, proyección y extensión de efectos hacia el resto de Europa, en medio de una situación de grave inestabilidad y que afecta la paz y la seguridad regionales.

El punto de convergencia entre ambos momentos históricos radica en que “una fuerza radical y extrema de derecha” avanza por la vía electoral e institucional, aprovechando “el agotamiento de las coaliciones gobernantes” con la fragmentación del campo democrático y la pérdida de credibilidad de las élites políticas ante amplios sectores de la población.

En efecto, en 1932 1933 el NSDAP nunca obtuvo mayoría absoluta en el Reichstag; accedió a la cancillería mediante una maniobra de las élites conservadoras, que creyeron poder contenerlo dentro de un gabinete de coalición. Esa ilusión de control fue la puerta por la que se desmanteló “la democracia de Weimar” en pocos meses, y por medio de “decretos de excepción” luego del incendio del Reichstag y la Ley de Habilitación - que transfirió al canciller las funciones legislativas del parlamento y el poder absoluto – se desató la locura política radical, legitimada por el apoyo de “amplios sectores” de la población alemana.

Hoy en Sajonia, la AfD gana la elección regional dentro de un orden institucional en la República Federal, donde existen un Tribunal Constitucional Federal con poderes efectivos de control, un sistema federal articulado e institucional, fuerzas armadas estrictamente subordinadas al poder y una sociedad civil movilizada.

No obstante, y dicho lo anterior, existen tres señales de alerta objetivas que no deben silenciarse. La primera es la progresiva normalización del discurso de la AfD en el espacio público con posturas que eran marginales hace una década y que hoy ingresan “sin filtro” al debate cotidiano que genera una degradación y polarización social radical. Además, “la tentación permanente” de las formaciones conservadoras y de sectores tradicionales de la derecha alemana, en establecer alianzas tácticas con la AfD para acceder al poder y gobernar en espacios regionales, radicaliza esos entornos en posiciones de gestión extrema, tal como sucede también en España con Vox. No es que estos gobiernos regionales generen una dictadura de inmediato. pero van desplazando hacia la derecha las líneas rojas del consenso democrático construido después de la Segunda Guerra Mundial. Cuando, se suma a este “caldo social” la desindustrialización del este alemán, que se suma a la frustración por las políticas migratorias, una inflación persistente y la sensación extendida de que las instituciones no responden a las demandas populares, "el plato está ya servido…".

El riesgo central no es la repetición mecánica de 1933. Es la erosión lenta del consenso democrático por desgaste con la polarización permanente, la guerra narrativa amplificada por granjas de “trolls”, que impacta negativamente con la desmovilización gradual del centro político y la incapacidad de las fuerzas democráticas para construir una agenda económica y social que recupere a los electores que hoy abandonan el sistema.  Si bien, la confrontación se desarrolla todavía por medios políticos, mediáticos y de disputa institucional de elecciones regulares donde no hay todavía ruptura institucional, no obstante, la “democracia representativa” no se defiende solo invocando el pasado histórico, sino que se requieren respuestas concretas a las frustraciones que explican el voto radical.

Y, aquí, viene una lectura en proyección hacia América Latina. En nuestra región, la ultraderecha también avanza prioritariamente por vía institucional —reformas constitucionales parciales, captura del relato mediático, presión sobre el sistema de seguridad ciudadana— más que mediante el golpe militar clásico del siglo XX. Es un patrón parecido de acumulación gradual de poder, en un marco institucional diferente. Reconocer esa semejanza no equivale a anunciar una dictadura inminente; es registrar un fenómeno que debe ser atendido sin histeria y sin trivializar la historia, sino que siempre con mayor democracia y el fortalecimiento institucional de los sistemas de gobiernos basados en la democracia representativa y el respeto a las minorías y la diversidad, la construcción de consensos y el estricto apego a los derechos humanos.

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