Columna El Líbero, 12.09.2026 Fernando Schmidt Ariztía, embajador ® y exsubsecretario de RREE
Hace poco más de un año, en estas mismas páginas, dijimos que las sociedades europeas debían entender el reclamo social de sus ciudadanos antes que erigir barreras de contención para impedir el auge de los nacionalismos. “De lo contrario, las actuales segundas fuerzas políticas, conscientes de su peso, más coordinadas entre sí y ávidas de poder, pasarán a ser dominantes dentro de poco”.
El domingo pasado el partido Alternative für Deutschland (AfD) obtuvo un triunfo rotundo en el estado alemán de Sajonia-Anhalt. El pequeño estado parece insignificante en números. Está poblado por apenas 2,12 millones de habitantes de un total de 85 millones y representa tan solo el 1,8% del PIB nacional. Sin embargo, conmocionó políticamente a toda Europa y descolocó a los partidos tradicionales del país, principalmente a la CDU (Democracia Cristiana) y al SPD (socialdemócratas) que, junto a los liberales del FDP, conformaban el gobierno del Estado.
Hace dos años, en Turingia, otro estado “marginal”, AfD se hizo con el 33% de los votos y despertó la alarma en toda Alemania. A pesar de obtener la primera mayoría regional, una coalición compuesta por la CDU, el SPD y un partido de izquierda denominado Alianza Sahra Wagenknecht bloqueó su acceso al gobierno y estableció en torno a ellos un “cordón sanitario”. Sin embargo, el aislamiento en contra de AfD en Turingia fue contraproducente. Según el sitio politpro.eu, si hoy se convocaran elecciones los nacionalistas obtendrían el 40%.
Es posible que el próximo domingo avancen también en las elecciones locales de Berlín y de Mecklemburgo-Pomerania Occidental. De acuerdo con el sitio mencionado, en la histórica y “progresista” capital AfD se situaría en tercer lugar, después de la izquierda de Die Linke y de la CDU. Sin embargo, experimentarían el mayor incremento con un 8,8%. En Mecklemburgo llegarían al 19,2% y se convertirían en el partido más importante, pero sin posibilidad de gobernar por el peso gravitante que aún poseen la izquierda y la centroizquierda.
Para las elecciones nacionales faltan años, pero no es descabellado pensar que a raíz de los resultados mencionados se desplome antes de tiempo la actual coalición forjada bajo presión entre la CDU y el SPD, presidida por el Canciller Friedrich Mertz. El desencanto con los partidos tradicionales crece mientras los “cordones sanitarios” y las protestas callejeras, ampliamente difundidas por la prensa, estimulan el crecimiento de AfD. A nivel nacional hoy día obtendrían un 29% según INSA Meinungsforschung y se convertirían en el principal partido del país. Este resultado lo ratifican otras encuestas (Forsa, Infratest, Ipsos, Verian). ¿Qué está pasando?
Hay un conjunto de factores que explican este auge: la canalización hacia AfD del voto de protesta contra políticas que afectan al ciudadano medio (energía, vivienda, políticas sociales); la ansiedad que produce entre los trabajadores la desindustrialización; la creciente falta de competitividad del país; el desplome de las expectativas de la clase media; la pérdida de peso económico y el envejecimiento de la población en los estados del Este; el abandono de barrios en ciudades y pueblos; la ausencia de un diálogo con los rebeldes de AfD son algunas. Hay razones que están presentes en todos los partidos nacionalistas del continente, como el escepticismo ante la UE; el pavor ante el incremento de la inmigración y la pérdida de la propia identidad; el fracaso del “multiculturalismo” y la desconfianza ante políticas diseñadas y ejecutadas por élites. Todas estas variables se entrecruzan en diversos grados y geografías.
El euroescepticismo es una reacción nacionalista. Aglutina a las fuerzas que quieren reafirmar la soberanía de los estados ante la intromisión de las instituciones comunitarias. Aspira a frenar la desconexión entre la realidad de un individuo y directrices aprobadas en Bruselas con el consentimiento lejano de los gobernados. Se opone al traspaso de facultades a entidades supranacionales, antes en manos de cada país. La mayor parte de estos grupos no reniegan de la UE, pero buscan acotar sus poderes. Jordan Bardella, líder de Agrupación Nacional (AN) de Francia, lo expresó así a El Mundo: “Somos partidarios de cambiarlo todo sin destruir nada; es decir, cambiar desde dentro el funcionamiento de la UE, permitiendo que nuestras naciones recuperen determinadas soberanías”. La AfD alemana es más radical: busca una salida paulatina de la entidad comunitaria, aunque no estoy seguro de que puedan conseguir su objetivo.
El discurso que aboga por controlar la inmigración también es de corte nacionalista. Esta idea es asumida hoy por gobiernos de izquierda y derecha. El caso más claro es el de Dinamarca, cuya primera ministra socialdemócrata, Mette Frederiksen, lidera una de las políticas más agresivas al proponer restringir el derecho de asilo y la política de reagrupación familiar, impulsar más controles fronterizos, imponer cuotas de ingreso y crear centros de retorno fuera de la UE. Esto último, se parece bastante a la “remigración” que propone AfD.
Estos partidos defienden la preservación de una identidad y cultura occidental. La migración masiva se convirtió en un problema cuando buena parte de los recién llegados rehusaron integrarse a la matriz cultural originando un círculo vicioso de reacciones polarizadas. El francés Bardella, de origen italiano y argelino, lo expresó así: “Pertenezco a una generación procedente de la inmigración que, cuando llegó a Francia, hizo todo lo posible por convertirse plenamente en francesa, participar en la nación y en la cultura nacional, asumir los valores del país, empezando por la lengua”. AfD reacciona, además, frente a la lectura de la historia. El pasado nazi de Alemania lo tienen mal asumido. Hay miembros que relativizan lo que pasó. Esto produjo una crisis entre los franceses de AN y los italianos de Liga Norte con los nacionalistas alemanes el 2024.
Los nacionalistas tildan al “multiculturalismo” como una respuesta intelectual alejada de la realidad de los barrios, o de los centros históricos de algunas ciudades europeas. El rechazo más extremo se haya en la propuesta de AfD de retirar de las escuelas a los alumnos extranjeros con escaso conocimiento de la lengua y cultura alemanas y situarlos en aulas preparatorias distintas o en centros diferenciados con el fin de no retrasar el aprendizaje del resto del curso. Es una medida chocante en la era de la inclusión, pero la propuesta gana fuerza en el mundo trabajador.
El populismo, común en todos los grupos nacionalistas en diversos grados, es una reacción frente a las élites políticas, económicas, intelectuales o culturales que han sostenido un discurso que no encaja con la realidad, pero una herramienta al servicio de cualquier político.
Personalmente desconfío de los nacionalistas europeos y su tendencia a instalar liderazgos que impulsan el proteccionismo o la intervención del Estado en la economía. No me agradan esas pulsiones socialistas y tampoco la ceguera de los partidos en el poder para enfrentar los problemas que las alimentan. Me preocupa que en muchos países el debate vaya convergiendo hacia un neurótico “pro” y “anti” nacionalismo. Es alarmante que el bloqueo al poder sea la respuesta de los “bienpensantes” para impedirles ejercer el arte de lo posible, como un día sí lo hicieron con Giorgia Meloni. Inquieta que un porcentaje creciente de electores perciba que su voto no es tenido en cuenta y con ello se erosione la credibilidad de las instituciones. Por último, indigna que a estos movimientos se los tache de “ultraderechistas” instalando una narrativa propia de la posverdad.

