Blog El Internacionalista del Fin del Mundo, 15.08.2026 Juan Pablo Glasinovic Vernon, abogado (PUC), exdiplomático y columnista
Hace unos días, más precisamente el 7 de agosto, ocurrió un hecho relevante en el Medio Oriente, que por diversas razones no ha tenido la repercusión mediática ni de análisis a la altura del acontecimiento.
Se trata de la suscripción de un pacto de defensa mutua entre Turquía, Arabia Saudita y Pakistán denominado Acuerdo Conjunto de Defensa de La Meca, firmado por los gobernantes Recep Tayyip Erdogan, Mohammed bin Salman y Shehbaz Sharif.
Este pacto establece que cualquier ataque de un tercero contra alguno de ellos será considerado como una agresión común y conllevará una respuesta de todos. El acuerdo sigue el modelo de la OTAN y de otros tratados bilaterales, como el que une a Estados Unidos con Japón.
El evento es extraordinario por varias razones. En primer lugar, porque se da en una región muy inestable y con altas posibilidades de conflicto. Sin ir más lejos, a partir de la vigencia del acuerdo, los ataques que Irán ha realizado a instalaciones sauditas debieran conllevar una reacción tripartita. En esa perspectiva, la alianza tiene casi asegurado un escenario bélico. Pero más allá, no debemos olvidar que Pakistán recurrentemente entra en enfrentamientos con India y Afganistán. También existe acá la real posibilidad de un conflicto mayor, con consecuencias devastadoras.
Debe también destacarse que Turquía es miembro de la OTAN. En teoría podría verse en la disyuntiva de optar por una u otra alianza en algún escenario bélico. Por otra parte, un ataque a Turquía debiera conllevar una respuesta de la OTAN más Pakistán y Arabia Saudita.
La alianza Turquía–Arabia Saudita–Pakistán es hoy uno de los desarrollos estratégicos más importantes del mundo islámico. En efecto, los tres países comparten esa religión mayoritaria en su versión sunita e integran la Conferencia de Estados Islámicos. Además, Arabia Saudita es sede de dos de las tres ciudades santas del islam. La Meca y Medina.
A la condición islámica se debe sumar la diversidad étnica y cultural que ha reunido a partes que por regla general han sido enemigas o al menos no aliados naturales: turcos, árabes y representantes del subcontinente indio.
Esta alianza se presenta entonces como un gesto de solidaridad islámica, pero en la práctica es una arquitectura estratégica para enfrentar amenazas regionales.
Otra condición extraordinaria es que el pacto incluye una potencia nuclear y por tanto deja abierta la posibilidad del uso de ese tipo de armas.
¿Cómo se llegó a este hito?
Los tres países ya cooperaban en seguridad marítima ante amenazas en el mar Rojo y el estrecho de Ormuz.
El catalizador inmediato del acuerdo es el estado de guerra en la región, apuntando particularmente a Irán, Israel y los hutíes en Yemen.
Evidentemente que el pacto responde al interés nacional de cada una de las partes. Arabia Saudita se consagra como uno de los actores principales del mundo árabe de la mano de Mohammed bin Salman y suple su debilidad militar con dos colosos. Turquía se instala también como una pieza de creciente influencia regional, lo que le permitirá reforzar su ascendiente en Siria. Eso aumentará la posibilidad de algún choque con Israel, al considerar este que su vecino árabe está en su zona de seguridad estratégica. Si ya enfrentarse con Turquía es un escenario complejo para Israel, ahora los costos aumentan.
Pakistán por su parte amplía su posicionamiento estratégico, reforzándose frente a su enemigo histórico indio y al otro vecino crecientemente conflictivo que es Afganistán.
El acuerdo refuerza la disuasión colectiva y se amplía la cooperación en defensa, inteligencia, ejercicios militares y transferencia tecnológica.
Turquía tiene el segundo ejército más grande de la OTAN, con una industria militar avanzada, incluyendo el desarrollo sofisticado de drones.
Pakistán además de tener unas poderosas y fogueadas fuerzas militares, es la única potencia nuclear del mundo musulmán.
Arabia Saudita, por su parte, controla una cuota importante de la producción mundial de hidrocarburos lo que le ha dotado de ingentes recursos económicos, además de ser el centro del islam. Debe agregarse que a fines de julio firmó con Estados Unidos un acuerdo de cooperación nuclear civil de 30 años, conocido como Acuerdo 123, que regula la transferencia de tecnología nuclear estadounidense al exterior.
Este pacto abre la puerta a que Arabia Saudita construya su propia planta de enriquecimiento de uranio, algo que Washington nunca había permitido en la región bajo estos términos. Arabia Saudita, en el marco de dicho acuerdo, no está obligada a aceptar inspecciones intrusivas del Organización Internacional de Energía Atómica. Eso naturalmente abre las puertas para el desarrollo de una bomba nuclear, más aún con la posible cooperación de Pakistán, rompiendo con el estándar de no proliferación aplicado antes en la región
Este pacto es una respuesta a la inseguridad e inestabilidad regional que busca reducir la dependencia de potencias externas y construir una capacidad defensiva autónoma. Refleja la desconfianza creciente hacia Estados Unidos como aliado y garante de la seguridad de la zona.
Redefine la seguridad en el Medio Oriente, con la posibilidad estratégica de conectar crisis y escenarios antes separados como lo que ocurre en Gaza, Irán, Israel, el mar Rojo y Ormuz.
Si lo que se ha plasmado en el documento es efectivamente refrendado en los hechos, Israel e Irán debieran preocuparse porque se reducirá su margen de maniobra. También Estados Unidos y otras potencias externas podrían enfrentar por primera vez un bloque con capacidad disuasiva real, elevando sustancialmente el costo de posibles intervenciones futuras.
India es otro estado que está muy preocupado, porque su archienemigo Pakistán se fortalece exponencialmente.
En una región caracterizada por la volubilidad de las alianzas y en este caso tratándose de una asociación sin arraigo histórico, será un desafío mayúsculo mantener este pacto y hacerlo funcionar según su propósito. Si ello se logra, aunque sea medianamente, no solo cambiará radicalmente el mapa del poder y de la seguridad en la región, también más allá. Eso incluye el reforzamiento de la autonomía estratégica de los países musulmanes frente a las grandes potencias.
Como señalé al principio, podríamos estar frente a un cambio regional de proporciones cuyo inicio está pasando bastante desapercibido. Como siempre, el tiempo dirá.

