Progromo

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El internacionalista del Fin del Mundo, 14.06.2026
Juan Pablo Glasinovic, abogado (PUC), exdiplomático y columnista

Un pogromo es una masacre, aceptada o promovida por el poder, originalmente contra los judíos, pero que se extendió a otros grupos étnicos. La palabra “pogromo” es de origen ruso y comienza a usarse a principios del siglo XIX en el imperio zarista, pero en realidad recoge un fenómeno mucho más antiguo en toda Europa que registra numerosos episodios de violencia contra los judíos, particularmente desde el siglo XI coincidente con las cruzadas.

El término se populariza y se fija históricamente tras la gran ola de violencia antijudía que siguió al asesinato del zar Alejandro II en 1881. En ese entonces se acusó falsamente a los judíos del magnicidio y se desató la violencia contra esta comunidad en el sur del Imperio Ruso. Esto provocó la emigración de cerca de dos millones de israelitas a América entre 1880 y 1920. A partir de ese momento, pogromo se convierte en un término internacionalmente reconocido para describir violencia colectiva, organizada o tolerada por autoridades, contra comunidades judías, pero luego extendida contra otros grupos. El principio que subyace es que se les culpa de todo tipo de males reales o imaginarios y se les castiga en consecuencia. Una derivada de este principio es la expresión “chivo expiatorio”, esto es cuando una persona o grupo carga con culpas ajenas y sus consecuencias.

En Europa, la primera mitad del siglo XX fue prolífica en este fenómeno que culminó con el genocidio judío y romaní. Una de sus consecuencias fue impulsar la creación del Estado de Israel, precisamente para escapar de esa dinámica recurrente.

Después de la Segunda Guerra Mundial parecía que estos actos de barbarie habían quedado en el pasado, pero desgraciadamente no es así y los casos abundan. Podemos mencionar por ejemplo las masacres de armenios por azeríes en varias ciudades de Azerbaiyán en la víspera de la disolución de la URSS; las masacres que derivaron en genocidio de los hutus contra los tutsis en Ruanda; la persecución, asesinatos y expulsión de los rohingyas en Myanmar. Europa no estuvo exenta de estos episodios en los Balcanes, especialmente en Bosnia durante la guerra que disolvió Yugoslavia.

En los episodios que cumplen con la lógica del pogromo pueden intervenir fuerzas estatales, paramilitares y civiles movilizados por discursos nacionalistas en ataques colectivos contra una minoría desarmada. Las fuerzas estatales pueden también abstenerse y en los hechos dejar hacer a grupos organizados o semi organizados. Usualmente, son episodios de violencia que surgen de imprevisto pero que responden a un clima de tensión subyacente.

Si Europa Occidental pensaba que tras la Segunda Guerra Mundial y la caída del bloque soviético se asentaba un período de paz y armonía, los hechos se han encargado de demostrar lo contrario, partiendo en el flanco exterior con la guerra en Ucrania y su extensión híbrida al resto.

En el ámbito doméstico se han ido acentuando las tensiones sociales, lo que se refleja en la polarización política. Una característica común en prácticamente todos los países es el problema migratorio y de integración, que ha sido recogido como una bandera por los partidos de ultraderecha. Estos ven en la creciente diversidad étnica y religiosa un inminente riesgo de disolución cultural y nacional. Este mismo discurso ha sido repetido por el propio presidente de Estados Unidos y su vicepresidente, refiriéndose a Europa (cuando el propio Estados Unidos es un crisol de etnias y culturas).

Esta postura que en algunos países lleva décadas en el discurso y en la acción política no solo se ha consolidado en la agenda interna, también ha sido fundamental en todo lo que se refiere a temas como el refugio y la movilidad de las personas, empujando legislaciones y tratados cada vez más restrictivas.

Indudablemente que cuando hay transformaciones poblacionales, que incluyen otras culturas y etnias, la adecuación no es fácil y genera fricciones. Esto es más intenso cuando ocurre en lapsos breves y con altos flujos de personas como con migraciones derivadas de guerras u otras catástrofes.

Los partidos de ultraderecha se han alimentado de los segmentos de clase media empobrecida y de los sectores más desfavorecidos que han quedado en barrios o zonas crecientemente dominadas por otras comunidades y que sienten que su decadencia se debe a los inmigrantes que además contarían con todo tipo de beneficios por parte de sus propios gobiernos, pasando a ser ellos ciudadanos de segunda clase en su propio país. Es precisamente la dinámica del pogromo que está incubándose.

Eso explica lo que ocurre cada cierto tiempo en ciudades europeas donde a partir de algún hecho, normalmente un delito, estalla la violencia comunitaria y turbas atacan a otros grupos que culpan de sus males.

El episodio más reciente ocurrió en Belfast, Irlanda del Norte, a raíz del ataque con cuchillo de un refugiado sudanés a un norirlandés. Esto derivó en varios días de una violencia extrema con turbas atacando y quemando casas y vehículos de migrantes, incluyendo destrozos de negocios y saqueos. Esta violencia se trasladó a Escocia y podría extenderse o repetirse en otros puntos del Reino Unido o de Europa Occidental.

Si bien en este caso la policía reaccionó para reprimir y perseguir estas acciones, ha quedado en evidencia como grupos de ultraderecha han exacerbado y manipulado las tensiones y problemas, lo que se hace más complejo con las redes sociales y el uso de la inteligencia artificial.

Se ha comprobado que existen grupos que sistemáticamente mantienen actividad virtual destacando, tergiversando e inventando delitos y acciones indeseables por parte de los migrantes y otras comunidades étnicas, los que circulan por las redes sociales y van atizando el odio y las pasiones. Y cuando ocurren hechos como la agresión con arma blanca antes referida, parecen refrendar que estamos en presencia de un fenómeno sin control en el cual el gobierno o ha tomado partido por los “extranjeros” o simplemente es incapaz de manejar la situación.

Pero no solamente está la manipulación informativa y de ideas, en esta oportunidad también quedó demostrado que estos grupos tenían un plan de acción con objetivos muy claros de ataques a casas, personas y negocios, desmintiendo el carácter espontáneo de la erupción de la violencia, sin perjuicio por supuesto de su efecto multiplicador en personas que no estaban en esta planificación.

Estos episodios tienen entonces dos dimensiones que deben ambas abordarse con prioridad. Una es el fenómeno del pogromo, que definitivamente está latente, de culpar a otros por determinados problemas y atacarlos. Ninguna sociedad puede desarrollarse en esa lógica.

Otra arista es la manipulación que hacen ciertos grupos e ideologías de esta tensión social real para hacerse del control político, desde el nivel local hasta el nacional. Hay acá fuerzas en marcha que no dudan en recurrir a la violencia mientras en su lado amable compiten electoralmente.

Ambas dimensiones están evidentemente vinculadas y constituyen una amenaza para la democracia y el Estado de Derecho. La democracia se comienza a erosionar cuando se les reconoce cierta legitimidad a estas acciones y se reacciona en la línea de culpar a la inmigración por una serie de problemas y no dejar en claro que el contexto tiene muchas más variables y que incluso estadísticamente se puede desmentir los principales argumentos del discurso de odio y homogeneidad.

Una consecuencia de esta época de redes sociales parece ser la exacerbación de la emotividad y la disminución de la racionalidad. Eso estimula y facilita los pogromos reales y virtuales.

Es tarea de cada uno cultivar el juicio crítico y evitar caer en la dinámica de la masa o de la turba.

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