Recuerdos del espanto: Habla un sobreviviente de Hiroshima

Reportaje
Clarín, 05.08.2019
Natasha Niebieskikwiat
  • La bomba atómica que Estados Unidos lanzó sobre la ciudad japonesa dejó miles de muertos. Y sobrevivientes que cicatrizaron sus heridas y hoy siguen contando la historia del horror más tremendo.

La mañana del lunes 6 de agosto de 1945, Sunao Tsuboi asistía como todos los días a la universidad donde estudiaba en la zona de Senda-machi, en Hiroshima. Y el destino quiso que se transformara en un Hibakusha: sobreviviente de la bomba nuclear: una de las mayores tragedias de la humanidad causadas por la propia mano del hombre.

Sunao –en japonés, su apellido antecedería al nombre, de la manera Tsuboi Sunao- ya había tomado su desayuno cuando fue invitado a ingerir algo más con sus compañeros de estudio.

Pero vergonzoso de que lo tomarán por un comilón agradeció y rechazó ir al buffet, donde un rato después nada ni nadie quedaría en pie. Esa decisión le salvó la vida de la primera bomba nuclear que un país, Estados Unidos, lanzaba sobre una ciudad.

La bomba mató de manera inmediata a entre 60.000 y 80.000 personas, que fueron 135.000 al final y sin contar las muertes y otras enfermedades como secuelas de un ataque atómico.

Tres días después, el 9 de agosto, Estados Unidos también lanzaba otra bomba para doblegar a Japón, esta vez sobre Nagasaki: entre 40.000 y 50.000 seres humanos murieron en las primeras horas del ataque y con el correr de los días.

Este martes se cumplen 74 años de esos actos de guerra con que el presidente Harry Truman y los militares estadounidenses buscaron acelerar el fin de la guerra y “evitar” más muertes, según algunas versiones. Otras dirán que “apenas” fue un test nuclear para comprobar el poder disuasivo de la potencia frente a otros archienemigos de entonces como la ex Unión Soviética.

Ese lunes, día de la caída de la bomba a las 8.15 yo estaba cursando en el tercer año de la universidad. Quería ser uno de los militares que combatiera en el campo de batalla, pero como recién después de varios días de que cayó la bomba atómica supe que la guerra había terminado me subió una bronca y una frustración muy fuerte y por todos los medios decidí a vengarme de los Estados Unidos. Mi futuro estaba decidido: morir en un vuelo suicida. Y de esa manera yo tendría mi carrera militar brillante. Así pensaba hasta antes de sufrir la bomba atómica, pero después la historia fue otra y debí permanecer durante buen tiempo en un hospital”, señala a Clarín el señor Sunao, que muestra a sus 94 años una evidente debilidad física para caminar  –con bastón y ayuda humana- pero tiene una memoria exquisita, privilegiada, que lo hace recordar cada capítulo de su vida con precisos detalles. Emana una sabiduría intelectual y emocional admirable.

Sunao Tsuboi, un sobreviviente nonagenario de Hiroshima, señala un mapa de la ciudad en la que cayó la bomba de uranio que sembró el fuego y la muerte. AFP

Clarín lo entrevistó en un viaje organizado por el gobierno de Japón. El encuentro fue en la misma Hiroshima, que es hoy una ciudad moderna y activa. Algunos restos de edificios conservados tras el desastre quedaron en pie y son hoy parte de la memoria como las ruinas del Genbaku Dome. Y también otras estructuras reconstruidas cuentan la historia que no debió ocurrir y menos aún repetirse.

El parque donde se levanta un memorial y un edificio inmenso que hace de museo, de prendas, objetos, fotografías y material fílmico de aquellas primeras horas en el que el fuego devoró incluso a quienes habían quedado vivos y deambulaban con la ropa y la piel hechos colgajos.

Sunao sigue copresidiendo a su edad la Nihon Hidankyo, una organización de víctimas de la bomba atómica. Con mapa y varita en la mano incluso, cuenta que la foto histórica del día en que fue arrojada la bomba, en la que se lo ve sentado, de espalda al lado de gente visiblemente quemada, con los pelos chamuscados la piel y la ropa rasgadas fue tomada a 1.2 kilómetros del epicentro de donde cayó la bomba.

La foto en la que se lo ve a Sunao, el día de la tragedia.

Se ha contado una y otra vez que fue fruto del llamado Proyecto Manhattan que los estadounidenses arrojaron su bomba de uranio sobre Hiroshima. Fue apodada Little Boy y fue lanzada desde el avión Enola Gay. Con un sistema de paracaídas explotó a 580 metros de la tierra. Hubo gente que directamente desapareció por la explosión, que a su vez destruyó en el acto 10 kilómetros cuadrados de la ciudad, y sumergió a otra parte al fuego y a un calor que duraron durante días.

Sunao le cuenta a este diario que ese lunes a las 8.15 de la mañana, después rechazar ese segundo desayuno que le ofrecieron caminaba para tomar sus clases cuando sintió un fuerte ruido y hubo un destello de luz por el que se tapó los ojos y nunca miró hacia dónde provenía esto. “Salí disparado porque el viento de la bomba me hizo volar. La gente que se volteó murió. Yo no me volteé, pero sentí algo malo y me hice un ovillo. Y creo que eso fue lo que me salvó la vida”.

Tras tomar fuerzas, cuenta el Hibakusha que comenzó a movilizarse al tiempo que en medio del espanto ya se oían los gritos y gemidos de las personas, que iban cayendo al piso, o se retorcían del fuego y el calor de sus ropas. Y eso que no estaban en el epicentro donde Little Boy había desatado el infierno.

No podía caminar directo. Ni podía correr, porque no podía pasarles por encima a toda esa gente. Entre ellos había algunos vivos. ¿Los iba a pisar? Todavía tengo presente los gritos de esa gente cuando los pisaban”.

La universidad fue abandonada al quedar envuelta en llamas. En shock y muy herido, Sunao quiso llegar hasta lo de una tía que vivía cerca y rumbeó hacia el puente Miyuki porque se decía que allí estaban suministrando ayuda.

La ropa que con el fuego se me había incendiado. Me sentía caliente y me la quité y vi que ni siquiera me había dado cuenta de que mi ropa todavía estaba en llamas. Nunca me olvidaré, no sé por qué no lo sentía. Pero tuve muchas quemaduras. Mis orejas se incendiaron y esa fue mi vergüenza después. Mis orejas me avergüenzan y yo en aquel momento era joven imagínense como era con mi cuerpo. Dejé de caminar por las calles con orgullo y con placer. Era una persona escondida. Me quedaron muchas cicatrices en la espalda y en todo el cuerpo. Estuve muchos días internado”.

Sunao sabe las atrocidades cometidas por el imperio japonés a sus enemigos. Es un hombre plenamente consciente de las atrocidades que en pos de los intereses nacionales se han hecho los humanos unos a otros. El mismo perdió a dos de sus cuatro hermanos en la guerra con China, de la que nunca más volvieron. Pero al hablar sobre el espanto que el vivió a partir de aquel 6 de agosto de 1945, mantiene una templanza a la que a veces están destinados los sobrevivientes para que, como si fuera una virtud con la que nacen o adquieren de inmediato, puedan transmitir su mensaje.

Sin embargo, hay un episodio que sí lo quiebra.

En el puente vi muchas personas que llegaron hasta allí buscando ayuda y había camiones de la fuerza militar. Pero más que ayudar, lo primero que hicieron fue sacar de esa muchedumbre a los hombres, a los hombres jóvenes”, retoma el relato. "Los socorrieron primero porque los necesitaban para usar como militares nuevamente”, redondea.

 

Mujeres y niños se quedaron ahí sin ser atendidos durante mucho tiempo. Y entonces me acuerdo que cuando llegó el camión de la fuerza militar para sacar a esos hombres que debían servir como militares, apareció una niña de unos ocho o diez años de edad , que estaba sola, sin ayuda de los adultos. La niña subió al camión y cuando un militar la vio la regañó. Y le dijo que no podía subir”, cuenta Sunao con sus lágrimas frescas al día de hoy. “'¡Fuera, fuera!', le decía el militar cada vez que la niña intentaba subir al camión, porque lo hizo varias veces”.

El hibakusha tiene ese tono tan característico del japonés, que es muy suave por momentos pero también apasionado y fuerte.

Ninguna de su palabras son familiares al idioma español. A través de la señora Mazako, la traductora que ayudó a Clarín en ese viaje, se podrá adivinar el sentimiento de culpa, de frustración y bronca que concluido en una tristeza inmensa invade a Sunao por no haber podido salvar a aquella niña. “Huyó”, dice “¿Sabe a dónde se fue? A la parte central de la ciudad, que estaba incendiada. Se fue corriendo hacia esa parte a toda velocidad. Y era lo más peligroso porque era el epicentro del incendio”, explica y vuelve sobre la historia.

"Le grité para que volviera, varias veces. No sé si me oyó o no quería ser regañada pero corrió a toda velocidad y sin mirarme. Hoy todavía a esta edad no puedo olvidar a esa niña, esa escena. Los niños no hicieron la guerra”.

Sunao dirá que a lo largo de su vida recordó muchas otras anécdotas que vivió entonces pero que al mismo tiempo su experiencia no termina ahí porque "una bomba sigue causando efectos mucho tiempo después". Y cuenta que tuvo que soportar numerosas operaciones de piel, intestinales, estéticas, quedó con problemas cardíacos y con una extraña anemia.

Para los 70 años de las bombas de Hiroshima y Nagasaki que se cumplieron el 6 y 9 de agosto de 2015, la Cruz Roja Internacional entregó las siguientes estadísticas: 340.000 muertos de inmediato y en los cinco años siguientes al bombardeo; 190.000 sobrevivieron a la bomba y seguían vivos, como Sunao Tsuboi (los hibakusha) y 200.000 sobrevivieron como segunda generación, los hijos de hibakusha.

La familia de Sunao lo dio por muerto en los primeros días, tras buscarlo por todas partes, y hasta su tío sugirió hacerle un funeral. Pero finalmente se reunieron. Sunao recibió cuidados en la isla de Ninoshima.

Quiso siempre ser inventor, le gustaba la ciencia y las matemáticas. Se casó a los 26 años cuando ya estaba dando clases. Se enamoró de una de las estudiantes que se convirtió en su esposa aún bajo la objeción de sus padres que suponían que, siendo un sobreviviente nuclear moriría pronto y dejaría viuda a su mujer.

El hombre es un entusiasta a la hora de hablar de su activismo. “Si eres atacado y vences atacas nuevamente al enemigo y si el enemigo te ataca otra vez de esa forma nunca lograremos un mundo pacífico”, señala quien en 2016 superó muchos de sus fantasmas y aceptó estrechar junto a otros hibakusha la mano de Barack Obama, el primer presidente de los Estados Unidos que visitó Hiroshima.

Barack Obama conversa en 2016 con el sobreviviente de Hiroshima, Sunao Tsubo./ AFP

“Ya con esta edad estaba bastante más tranquilo, pude hacerlo. Si fuera más joven tendría las sensaciones un poco más cruzadas, pero el hecho fue que al estrecharme él la mano y yo al estrechar la mano del presidente Obama sentí que con esa persona podíamos caminar juntos. Así me sentí y las cosas que los norteamericanos nos hicieron y me hicieron a mi quedaron en segundo plano”.

Sunao es ferviente crítico de las carreras armamentistas, es claramente un profundo pacifista. También tiene quejas para su país porque dice que los hibakusha estuvieron por largo tiempo desamparados ante la ley. “No nos daban ninguna ayuda a los sobrevivientes de la bomba y sus enfermedades eran atendidas como las de otros damnificados de guerra”, dice. “El gobierno consideraba que esas muertes de cáncer en los sobrevivientes de la guerra eran enfermedades comunes de la gente. Por primera ve,z 50 años después de la guerra el gobierno japonés promulgó una ley especial de socorro para nosotros”, cuenta.

Sunao llevó su mensaje antibélico a más de veinte países: los alcances y efectos de la bomba atómica, “que los países usan para mostrarse más fuertes”. Asegura que le gustaría llegar hasta la Argentina, Brasil y Chile, pero dice que su tarea está centrada principalmente en los países donde cuentan con algún programa que represente un peligro nuclear para el mundo.

No hay comentarios

Agregar comentario