El gran dilema: EEUU o China

Editorial
OpinionGlobal Review, 16.09.2026

Se ha venido discutiendo bastante en la opinión pública nacional el problema de cómo encarar las influencias, o bien, las presiones lisa y llanas, de las dos grandes superpotencias mundiales (EEUU y China) sobre Chile y su política exterior. Hay quienes, por razones ideológicas, optan por la democracia norteamericana y/o por Trump como solución y hay otros quienes prefieren la supuesta hegemonía más benigna de Beijing y las bondades superiores del mercado chino. Los hay también quienes se limitan a conceptualizar el problema, llamando a adoptar una postura de “autonomía estratégica”, cosa fácil de decir, pero no de aplicar.

El desafío
El dilema de fondo son los efectos colaterales de la creciente pugna mundial entre Washington y Beijing, ante lo cual Chile tiene un poder nacional limitado y no dispone de alianzas para alcanzar un mayor peso real en la región y en el mundo. Los BRICS, Sur Global, No Alineados o, en general, el tercermundismo, son opciones ideológicas que no proyectan poder. Por ello, nuestra respuesta no está en elegir una determinada opción, ni tampoco en pretender alcanzar un equilibrio (teórico e imposible) entre las superpotencias. Más bien, hay que identificar con precisión cuál es el interés nacional en juego en cada situación en particular y actuar con realismo. Así, en líneas muy gruesas, China es nuestro principal socio comercial y los EEUU nuestro gran aliado estratégico (y ambos con sus propias aristas). Con ello, teóricamente Washington debería reconocer nuestra libertad para comerciar con todo el mundo y Beijing debería respetar nuestra especial condición geopolítica (la zona de influencia norteamericana).

El ejemplo canadiense
Para dilucidar la estrategia chilena, conviene mirar a un país afín a Chile (“like-minded”), como Canadá, que se debate ante amenazas incluso muchos más serias y directas que las que enfrenta por ahora el nuestro. Se trata de una potencia media y un país miembro del G7, pero vecino inmediato de EEUU y, en la actualidad, bajo el acecho personal de Donald J. Trump y su “teoría del loco”. Al mismo tiempo, Canadá cuenta con una diáspora china no despreciable: 1.7 millones en 2021 (4.7% de la población total), destacándose las migraciones taiwanesa y hongkonesa a Ontario y la Columbia Británica. Ello, en lugar de ser una ventaja, se ha convertido en el meollo de los incidentes de distinta naturaleza producidos entre Ottawa y Beijing.

Para entender mejor la relación chino-canadienses actual, recomendamos ver, en la sección Entrevistas del presente número de OpinionGlobal Review (N* 147, septiembre 2026), la que se titula “Trump and Xi: from summit to summit or peak to trough?". En dicha entrevista la senadora-periodista Pamela Wallin conversa con el exembajador canadiense en Beijing y analista geopolítico, Michael Kovrig, quien fuera arrestado y acusado de espionaje por las autoridades chinas en represalia por la detención en Canadá del máximo ejecutivo de Huawei (2018).

La opinión general de Kovrig es que Canadá debe intentar hacer negocios con las dos partes por igual, aplicando el modismo inglés de que: “We can have our cake and eat it too” (Podemos tener nuestra torta y comerla también). Sin embargo, advierte que, “con su sonrisa de Mona Lisa”, Xi Jinping “siempre anda buscando abrir una brecha cada vez más profunda entre Canadá y los EEUU y presentar a China como la potencia más predecible”. Ahora bien, y no obstante las complejidades de Trump, su país necesita manejar lo mejor posible su relación con Washington, por ser vecinos, aliados, y socios “en las buenas y las malas”, dada la mutua dependencia en seguridad (energía, minerales críticos, tecnología de avanzada) y capacidades de defensa (Norad y OTAN). Por lo mismo, Ottawa tiene que restringir su comercio e inversiones con China a sectores que no sean sensibles ni susceptibles de influencia política o de coerción económica.

El referido diplomático canadiense advierte, asimismo, el problema que enfrentan todos los países occidentales en sus relaciones con China: saber distinguir simbolismo sobre sustancia. Hay una razón para ello, puesto que la sustancia que interesan a muchos países requiere cambios de política y de conducta estructurales de Beijing (modelo económico, políticas industriales, derechos humanos), que por el control del partido comunista son imposibles. China ha estado involucrada, además, extensivamente en espionaje, interferencia foránea, y en esfuerzos por extender su esfera de influencia en Asia Oriental y el Pacífico Occidental, así como controlar la gobernanza global (ONU). En fin, se trata de una “diplomacia por engaño”: no se cumple con lo prometido y no hay cambios en un régimen que es brutal.

La economía china, según Kovrig, es otro problema adicional. China produce demasiado productos (sobre la base de créditos), para los cuales necesita mercados (dumping en el exterior), en tanto que su sistema industrial ha sido redirigido por Xi Jinping desde los consumidores hacia ciertas industrias estratégicas (IAI, vehículos eléctricos, baterías, farmacéutica, biotecnología), lo que ha creado serios problemas domésticos (burbuja inmobiliaria, alto endeudamiento, quiebres bancarios).

La experiencia australiana
El país-continente de Australia es otra potencia media y desarrollada, una que con una economía basada en recursos naturales logró un milagro económico durante tres décadas. Dicho país se posiciona en el Indo Pacífico (miembro del Aukus y del Quad), cerca de China y lejos de EEUU., siendo otro caso geopolítico de codependencia internacional: Por un lado, depende en materia económica de sus exportaciones a China (fuente además de migrantes, estudiantes y turistas) y, por el otro, su estrategia de defensa y seguridad depende de EEUU.

Se puede afirmar que Canberra mantiene una relación estrecha con Washington, en tanto que sus vínculos con Beijing están sujetos, cada cierto tiempo, a distintas disrupciones (Taiwán, derechos humanos, restricciones comerciales y casos consulares), con lo cual la estabilidad bilateral constituye más una meta que una constante. Las presiones y represalias chinas contra Australia han sido similares a las que han afectado a otros países como Japón, Corea del Sur, Noruega y el Reino Unido.

En definitiva, y tal como lo formulara el primer ministro laborista australiano Anthony Albanese, Australia “cooperará con Beijing en lo que pueda, no estará de acuerdo en lo que debe y se comprometerá con su interés nacional”. En otras palabras, Australia está “preparada para avanzar donde los intereses se alinean, será firme en materias de soberanía y seguridad, y evitará abiertamente las hostilidades para que la relación bilateral funcione”.

Conclusiones
En el caso canadiense, el primer ministro de Marc Carney ha estado hablando de implementar con urgencia una estrategia de diversificación, tanto de productos como de mercados, llamando la atención su especial definición de país como “el más europeo de los no europeos” y que, por tanto, podría convertirse en miembro asociado de la Unión Europea. Digamos al respecto que Chile también debe emprender una nueva ola de diversificación y no seguir enviando a China el 97% del total de nuestras cerezas exportadas. También parece válido un mayor acercamiento a Europa, a fin de compensar las diferentes restricciones que hoy aparecen en los mercados de EEUU y China.

Un segundo punto importante que destacar es que la política chilena debe saber diferenciar entre el pueblo norteamericano y la Administración Trump, así como entre el pueblo y el partido comunista chinos. En ambos casos, los problemas para Chile resultan del carácter de esos regímenes políticos. Hay que mantener la compostura a nivel oficial y trabajar con los estamentos más interesados en mantener relaciones bilaterales razonables. Hay que aceptar, por un lado, la personalidad de Trump y su enfoque transaccional y no democrático de gobernanza (propio también del PCCH), pero entender por otro lado que los EEUU mira a China y, en menor medida, a Rusia, como amenazas genuinas al interés global norteamericano y occidental. El caso chino es diferente, porque si bien tiene todo el derecho de emerger como superpotencia, al mismo tiempo no cree en la real liberalización comercial y en el orden internacional bajo valores y reglas democráticas universales, apoya a estados imperialistas (Rusia) y terroristas (Irán), y ejerce malas prácticas económicas, políticas y de seguridad.

De lo anterior, se desprende lo que nuestros vecinos australianos están tratando de implementar: en situaciones tan complejas, realismo a ultranza. Si bien resultan preocupantes tanto la guerra comercial de Trump y sus impertinencias personales, así como las ambiciones estratégicas e ideologismo chinos, la política exterior de potencias medianas y países pequeños tienen que ser esencialmente pragmáticas. Por ello, mantener siempre abierto el diálogo, buscar acuerdos cuando los intereses coinciden y poner “líneas rojas” cuando el interés nacional se ve amenazado.

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