Columna El Líbero, 26.09.2026 Fernando Schmidt Ariztía, embajador ® y exsubsecretario de RREE
La postulación de Michelle Bachelet al cargo de secretaria general de las Naciones Unidas tuvo un final parecido al de sus inicios. La indecisión de la candidata al respecto, ya el 2023, se proyectó sobre todo el proceso. Esta se despejó recién hace un año, cuando fue anunciada por sorpresa en la pasada Asamblea General por el expresidente Boric. Hasta bien avanzado el 2025 Bachelet arrojó una imagen ambigua sobre su futuro: si consolidar sus ideales a nivel mundial desde las plataformas donde es acogida; si postular a la Presidencia de la República por tercera vez; o si ser candidata a la Secretaría General de la ONU. No se aclaraba y un círculo de cercanos la confundía.
En 2023, Paula Narváez, exembajadora ante la ONU declaró que “representantes de distintos países la señalaban como la próxima secretaria general” y el canciller de la época afirmó que haría una campaña con gran entusiasmo en caso de que ella así lo decidiera. El tiempo pasó sin que apareciera señal alguna de su parte. No se pudieron aunar voluntades ni preparar una candidatura políticamente transversal y bien pensada. Imposible una campaña así.
De paso, la indecisión afectó a postulaciones de Chile a otras entidades. Particularmente, la de Valparaíso como sede del Tratado de Alta Mar o BBNJ. A diferencia de esta, la honra de una elección a la Secretaría General recae en una persona y muy poco en un país. Cuántos podrían recordar hoy las nacionalidades de Gladwyn Jebb, Trygve Lie, U-Thant, Dag Hammarsjöld, Kofi Annan o Boutros Ghali, ¿todos ellos ex secretarios generales de la ONU? Casi nadie.
Durante ese largo período Donald Trump, clave en la elección, llegó a la Presidencia de EE.UU., pero carecíamos de vinculaciones sólidas con su equipo. En la campaña norteamericana acudimos a las convenciones de su rival, seguros de su triunfo. Puro voluntarismo. Luego, de manera arrogante nos enfrentamos al nuevo presidente y a sus aliados más próximos. Una quijotada. Con Boric a la cabeza y junto a los gobiernos de izquierda de América Latina y España armamos una plataforma de oposición internacional a lo que Trump significaría. Una provocación. ¿Cómo podría el Chile de entonces sacarle a Washington un apoyo, o una benévola abstención? México y Brasil, países influyentes, no consiguieron obtener de Washington ni siquiera una reunión con la candidata.
Las señales de insensatez continuaron mientras Trump manifestaba abiertamente su desconfianza hacia el orden multilateral; rehusaba seguir siendo su mayor contribuyente; sospechaba (con razón) de las redes de amiguismo ideológico que contamina la selección de la burocracia hipertrofiada de la ONU. En noviembre del 2025 publicó su Estrategia de Seguridad Nacional donde ni mencionó a Naciones Unidas. La Estrategia reveló una actitud distante del multilateralismo como contrapunto a su política “America First”. A esas alturas, la postulación de Bachelet a la ONU quedó en testimonial. Una forma de protesta.
Después, siguió lo que conocemos: los pronunciamientos de Bachelet a favor de la postulante comunista a la Presidencia de Chile y la elección de un nuevo gobierno de signo opuesto, encabezado por Kast. Se agregó la ausencia de gestiones creíbles por parte de la administración saliente para que su candidatura se convirtiera en nacional, con el respaldo de la entrante, y no en un apéndice de una oposición amenazadora. Vino el “amarre” de la postulación con el apoyo político e ideológico de Brasil y de México. Así las cosas, no era extraño el desenlace del 24 de marzo en el que Chile se restó de seguir apoyándola. ¿Qué querían que hiciera el nuevo gobierno, si su antecesor había colocado la postulación en una situación suma cero? ¿Seguir adelante con la quijotada, apoyando a una connacional de prestigio, pero de signo contrario?
Pasadas estas brumas, creo que lo ocurrido es lo mejor que le ha podido pasar a Michelle Bachelet. Tengo enormes diferencias con ella, aunque la respeto por su trayectoria al servicio del país desde el Ejecutivo. A juzgar por la declaración que hizo anteayer junto a Boric, su futuro está en la primera línea de la oposición al actual Gobierno y en la arena internacional movilizando fuerzas afines a sus ideales. Según sus palabras, pretende “seguir activa en la tarea impostergable de construir un mundo de mayor paz y seguridad, desarrollo sustentable y respeto a los derechos humanos”. Es decir, en los años que le quedan su tarea se concentraría en remover el avispero. De haber salido elegida, se habría tenido que restar del debate interno e internacional, donde se siente cómoda.
Creo, además, que dada la crisis por la que atraviesa el orden mundial y el Sistema de NNUU, el papel del secretario general se define entre lo irrelevante y lo utópico. No hay muchas opciones. El primer papel lo representó el francés Joseph Avenol. El segundo, el irlandés Seán Lester. Ambos estuvieron a cargo de la Secretaría de la Sociedad de Naciones (SN) en su corta existencia. Avenol fue olvidado en su propio país. Lester, admirado por plantarle cara a los nazis desde 1940, liquidó la SN. ¿Quería Bachelet pasar de largo, o prefería inmolarse ante Trump, Putin o Xi?
En todo caso, lo verdaderamente preocupante en el mundo que vivimos no es la candidatura fallida, sino el rápido deterioro de la paz. En los últimos días, Alemania, Suecia, Polonia y los países bálticos han sido puestos a prueba por Rusia en operaciones de “guerra híbrida” (uso de la fuerza militar con tácticas no convencionales). Hungría expulsó a diplomáticos rusos. Luxemburgo tuvo que cerrar su espacio aéreo el jueves ante la presencia de drones. Según informaciones de prensa España, Francia e Italia podrían ser amenazados por proyectiles rusos lanzados desde naves civiles en el Mediterráneo. Aunque exista manipulación informativa, se configura un escenario inquietante.
Europa refuerza la protección de su infraestructura crítica, despliega fuerzas militares adicionales en la frontera Este, diseña un “muro de drones” para esa zona, incrementa a toda máquina el gasto militar y reconvierte industrias para la defensa en sectores que ya no son competitivos. Se prepara el escenario para una eventual confrontación antes de que el aumento del gasto militar de los europeos cruce la línea roja trazada por Moscú, que también arma sus alianzas.
En estos días, los hutíes chiítas de Yemen, fieles aliados de Irán han avanzado peligrosamente hacia el sur del país hasta controlar una de las riberas del estrecho de Bab el-Mandeb, puerta de entrada al Mar Rojo y a Suez. Paralelamente, fuerzas iraquíes fieles a Teherán han bombardeado el oleoducto que atraviesa de este a oeste Arabia Saudita, para cortarles a estos la salida del petróleo a través del puerto de Yanbú, al norte del Mar Rojo.
En la orilla africana del mismo se encuentra Sudán, país en guerra civil por años. Su litoral está dominado por las tropas del general Abdel Fattah al-Burhan, aliado de Irán, que recibe drones armados y de reconocimiento, municiones y apoyo técnico de Teherán. Más al sur, en Eritrea y Somalia tiene lugar una abierta confrontación entre tribus locales, potencias regionales (Egipto, Etiopía, Arabia Saudita) y mundiales para que el estrecho de Bab el-Mandeb no pase a manos de quienes puedan extorsionarlos a ellos y a occidente.
Los anteriores son muestras de un panorama mucho más amplio de movimientos que ocurren en todo el globo. Vivimos una era en que palabras como “botín” o “aniquilar” se usan con desparpajo en la Asamblea General de la ONU que esta semana nos convocó a todos. Hace falta, más que nunca en estos tiempos, una política exterior de estado, que empieza por escuchar bien.

