Columna Realidad & Perspectivas, N*149 (septiembre 2026) Milos Alcalay, embajador ® y exviceministro de RREE venezolano
La foto de Delcy Rodríguez con Trump, en la 81 Asamblea General de la ONU, es una muestra gráfica de la relación privilegiada que mantiene Estados Unidos con el interinato de Venezuela hace 9 meses, desde la extracción de Maduro y su esposa por el Comando Sur, el 3 de enero pasado, manteniendo en el poder a los demás corresponsables de 27 años de destrucción institucional.
Los éxitos de la nueva alianza Caracas-Washington de la era Trump II no podía encontrar mejor escenario de promoción que la ONU. Lo que no puede esconder la fotografía es el contexto de una crisis dentro de otra crisis. Es decir, la crisis de gobernabilidad venezolana se da en el momento en que existe otra crisis de dimensión mundial. En efecto, hace 81 años los mandatarios de 50 naciones del mundo se reunieron con la esperanza de que en San Francisco se lanzaran las bases de la Organización de Naciones Unidas sucesora de la impotente Sociedad de Naciones. El objetivo era asegurar que “nunca más” se repitieran los horrores del uso de la fuerza en el mundo, dando inicio a un nuevo orden geopolítico en el que la descolonización abriera las puertas a los actuales 193 Estados miembros con el fin de delinear la paz mundial.
Ocho décadas después más de un centenar de mandatarios coinciden en denunciar el fracaso del máximo organismo planetario en prevenir los conflictos generalizados en el planeta. El lema central de esta Asamblea General reconoce esta grave crisis al proponer como meta “restaurar la confianza, gestionar la transformación de unas Naciones Unidas que cumplan para todos”. Lo cierto es que no todo está perdido. La ONU debe mejorar y mantener su ruta como en los Objetivos del Desarrollo Sostenible (ODS), la crisis climática, el Derechos al Desarrollo, la eliminación de las armas nucleares y muchos temas imprescindibles, unido a la necesidad de desideologización de algunos organismos onusianos, pero no cerrándolos. Pero la reacción fuerte fue por las amenazas de o contra Estados Unidos, China, Rusia, Irán, Israel, Ucrania, Groenlandia, Canadá, Unión Europea, OTAN, Cuba o los conflictos menos tratados en África y Asia.
En ese complicado contexto es inevitable no incorporar los efectos de la crisis venezolana como parte de la crisis planetaria. La propaganda en Venezuela del “triunfo” de la mandataria interina en su “histórica” visita a Nueva York está muy lejos de la realidad. Aun así, no se atrevió a pronunciarse sobre Maduro que está recluido en la misma ciudad. El único que trato el tema fue el canciller ruso Sergei Lavrov, quien en su intervención emplazó a los Estados Unidos para exigir la liberación del expresidente venezolano y denunció lo que calificó de “secuestro, invasión y violación del derecho internacional”. Nadie más hablo del caso. Tampoco Delcy.
El mensaje de la vocera venezolana fue un discurso genérico en el que ofrece “elecciones” sin fijar fechas. Habla de la excarcelación, pero mantiene a centenares de presos políticos. Se refiere al “diálogo” con la oposición, pero impide el regreso de la dirigente María Corina Machado. Y, finalmente, cambia su narrativa revolucionaria por una sumisión alabando las bondades de un Acuerdo Petrolero de 100 años de duración lleno de opacidad, sorpresa, cifras contradictorias, actores de dudosa reputación y ausencia de las grandes empresas petroleras en la supuesta inversión millonaria.
La agenda de contactos con mandatarios muestra su aislamiento. Ninguno con sus antiguos aliados, ninguno con los líderes europeos. Y en relación con las reuniones con Santiago Peña de Paraguay y José Antonio Kast de Chile, pudo escuchar el llamado a que fije una fecha para las elecciones. Una crisis en la crisis.

