Memorias (“Alejandro Jara Lazcano: Memorias biográficas. Volumen 1: Ciudadano del mundo”) ADICARE, 23.10.2026 Alfredo Labbé Villa, embajador ®
Agradezco a Alejandro Jara Puga, distinguido colega en el Servicio Exterior por varias décadas, y a quien conocí en el Internado Nacional “Barros Arana”, la oportunidad de participar en el lanzamiento de este importante libro.
Quiero concentrarme en el Embajador don Alejandro Jara Lazcano, diplomático de carrera perteneciente -como el libro señala- a una generación eminente de profesionales formados esencialmente en el fragor de la tarea, siempre compleja pero no menos fascinante, de representar al Estado de Chile en el sistema internacional.
El lema de la diplomacia nacional es, en Latín, “Pro Chile Loquor”, esto es, “hablo por Chile”. El ejercicio de la palabra -hablada y escrita- es nuestra escuela de formación. Somos órgano y agentes de la narrativa con la que Chile se presenta ante el mundo y contribuye a la gobernanza global.
Don Alejandro Jara Lazcano es prueba irrefutable del aserto que la diplomacia es antes que nada una forma de arte. Arte del matiz, de la discreción y la interlocución culta. Arte político, en el que las palabras pesan, y abren espacio para la persuasión, la interpretación y la estrategia. Este arte se practica mediante formas singulares de vinculación y empatía. Y, don Alejandro, emerge de estas páginas como un consumado maestro del arte de “hacer amigos para Chile”. Hay pasajes de estas Memorias Biográficas que se leen como un “thriller”; particularmente aquellas coyunturas críticas en las que el interés nacional requirió de acción diplomática inmediata y eficaz.
No arruinaré vuestra lectura, no “spoilers”, pero lo central es subrayar que nada de lo logrado, y de manera brillante, por nuestro colega y maestro habría sido posible sin la construcción paciente de redes densas y amplias en las capitales en las que le correspondió servir. Don Alejandro ciertamente no fue lo que él moteja con fino desdén como un turista diplomático (los profesionales los conocemos).
La vinculación construida por don Alejandro emerge del libro desde escenas simpáticas y dramáticas que demuestran que, sí, un Segundo Secretario talentoso y aplicado al cumplimiento del deber puede llegar a invitar al Ministro de Relaciones Exteriores del país donde está acreditado, por teléfono; y que un Consejero Encargado de Negocios resuelto y en pleno control de la maniobra diplomática pueda movilizar su patrimonio de contactos para lograr que -otro- Canciller reciba a un Enviado Especial de Chile… a la medianoche. Y que la audiencia sea seguida por un almuerzo de trabajo del que saldrán las instrucciones que nuestro país necesitaba.
Las memorias corroboran, una y otra vez, el valor de la actividad social diplomática, tarea esencial, malentendida y caricaturizada, pero cuya eficacia es sancionada por la historia diplomática. Durante el Congreso de Viena, en 1814 y 1815, Maurice de Talleyrand asumió las negociaciones más complejas para Francia en décadas. Luis XVIII le consulta si necesita más apoyo de personal. La respuesta es clásica: el Príncipe no requiere más diplomáticos en su equipo, pero si más cocineros. Es que, como dice don Alejandro, el vino puede diluir las jerarquías y el whisky es un instrumento de trabajo. Churchill estaría completamente de acuerdo.
Todo esto subraya el carácter profundamente humano de la diplomacia. En contraste, la IA no bebe. En cambio, nosotros llevamos nuestras cicatrices de guerra…en el hígado. Esa dimensión profesional es una actividad que los diplomáticos emprendemos en pareja, y las memorias de don Alejandro Jara rinden homenaje al papel fundamental de doña María Elena Puga Astaburuaga, su esposa por setenta y cuatro años, quien, profundamente involucrada en los desafíos de la representación fue protagonista y artífice de una vida de grandes logros.
Doña María Elena provee la sala de máquinas de la empresa diplomática de los Jara - Puga, pero además aporta su propio talento a la fructífera facilidad social que la pareja despliega desde Quito en adelante y que permite construir una formidable panoplia de vinculaciones, digna de un Embajador, pero gestada por un secretario de Embajada. También un espíritu de aventura que llevará a ambos, por tierra, desde Ankara a Teherán -y de vuelta- por caminos que atraviesan inhóspitas planicies y escarpados pasos montañosos que antaño transitaran huestes persas y otomanas.
La carrera de don Alejandro se desarrolla en un proceso coherente y con un ritmo que sólo es explicado por cualidades profesionales de excepción que emergen nítidamente de las memorias: una capacidad de observación aguda, en sus propias palabras saber leer el ambiente y entender cuando hablar y cuando callar (esto es importante: una vez, al inicio de mi propia carrera don Carlos Valenzuela Montegro me advirtió: “Alfredo, no pierda oportunidad de quedarse callado”). Disposición y disciplina para el estudio analítico persistente: la diplomacia económica y comercial no tolera improvisación; cada dossier debe prepararse no sólo para entender las posiciones de la contraparte sino también para adelantar sus jugadas.
Vocación sin medias tintas: don Alejandro, tras una exitosa misión en Brasil que contribuyera a abrir ese enorme mercado a la celulosa y el acero chilenos fue capaz de resistir las halagadoras tentaciones del sector privado, deseoso de enrolar a un negociador de su calibre.
Todo gran diplomático construye una especialización que le permita maximizar sus particulares talentos. Desde una base común debemos avanzar hacia la profundización en algún segmento de la agenda global, en la que el interés de Chile se despliega y materializa. Eso permite entender el lugar de Chile en el mundo. Don Alejandro se inicia en la diplomacia económica cuando ésta era, en sus propias palabras, una disciplina en formación. Es la coyuntura profesional que permite a un diplomático serio pero inquieto concurrir a formular e implementar la Política Exterior y, paralelamente, contribuir al desarrollo económico nacional.
La especialización de don Alejandro, singularmente exigente, se fue consolidando hasta alcanzar aquellas responsabilidades directivas que nos ponen al timón de una gestión o una negociación. Es entonces que la experiencia y el temple profesional se manifiestan en su verdadera fibra; como cuando encabezó la delegación chilena ante el Consejo del Acuerdo de Cartagena (el Pacto Andino) durante una sesión dramática, en 1974. Este episodio fue uno de los últimos actos en una saga que concluyó con el retiro de Chile. La dignidad nacional requiere a veces que los diplomáticos la defiendan con entereza…y algo de estruendo.
En otros momentos, aparte del interés nacional, hay imperativos morales que satisfacer. El asilo político, como don Alejandro señala, no es un gesto de caridad, sino una responsabilidad. La historia diplomática chilena incluye nobles capítulos en los que los versos de nuestro Himno Nacional, “el asilo contra la opresión”, se han convertido en acción diplomática urgente para proteger los perseguidos de quiebres democráticos o la guerra civil. Es la tarea que correspondió a don Alejandro en Río de Janeiro, en abril de 1964, cuando un golpe militar interrumpió el decurso democrático brasileño por dos décadas.
Estos trances extremos, pese a todo, no remueven la necesidad de la diplomacia: como el autor exhorta incluso en medio de la oscuridad, uno debe mantener abiertas las líneas de comunicación, cultivar el diálogo, buscar salidas.
La destinación en Londres produce un encuentro notable entre dos vertientes de nuestra diplomacia: la de carrera y la intuitiva, que también registra cultores de excepción. Don Víctor Santa Cruz Serrano fue uno de éstos, ocupando con brillo una de las mayores sedes diplomáticas de Chile por más de una década. El relato abre la puerta de la intimidad administrativa de nuestra función: trabajosa, malentendida y muchas veces maltratada por una cultura nacional demasiado complaciente ante el desorden y la incompetencia. La misión de don Alejandro -que el libro retrata con precisión, pero sin aspavientos- anticipa a escala doméstica los esfuerzos que el Estado realiza hoy mismo para restablecer la disciplina y la prolijidad administrativas.
El orden no es fácil, pero una vez restaurado despeja el horizonte. En las antípodas de las galeras administrativas opera la diplomacia cultural, que la Embajada de Chile en Londres abrazó con brillo. Don Alejandro emerge como un activista entusiasta de la imagen cultural de Chile, uno de los instrumentos de inserción global más eficaces y perdurables.
El Embajador Santa Cruz y su ministro consejero Jara Lazcano son un ejemplo de aquella camaradería profesional que cimenta el éxito de una misión diplomática. La misma se basa en la confianza, que un superior otorga ante una lealtad expresada en eficiencia antes que en palabras. No recuerdo un testimonio más elocuente de reconocimiento que aquellas pronunciadas por don Víctor al despedir a su ministro consejero, comparándolo con el General Louis Berthier, jefe de Estado Mayor de Napoleón: Alejandro Jara ha sido el General Berthier de mi embajada, y a él le debo la estructura y el orden que aquí se ha logrado, todo hecho con mucha conciencia. Estructura, orden, conciencia: esos son los frutos de un buen servidor público.
Personalmente no tuve el privilegio de trabajar bajo las órdenes de don Alejandro. Pero recuerdo que, en los pasillos de la Cancillería, en 1974, se comentaba con admiración no exenta de alarma su prolijidad y exigencia. Era la época en que los documentos se escribían a máquina y las copias se producían con papel calco. Cuando un oficio o una nota se llevaban a su revisión, se decía que él recibía el documento sosteniendo en su mano derecha un lápiz rojo. Como especialista en desarme no encuentro una mejor imagen administrativa de la disuasión: ¿Qué joven funcionario osaría someterle un texto mal redactado o mal dactilografiado?
Más adelante, la Embajada en Turquía generó para nuestro protagonista, en sus propias palabras, el desafío de la representación entre mundos que no siempre se entienden y, más concretamente aún, la constatación de que las formas políticas no son universales y que el progreso no siempre viene envuelto en formas liberales. Don Alejandro se aboca diligentemente a comprender, sin prejuicios, la Turquía de Atatürk, asediada hoy por una suerte de neo-otomanismo, y expandir los intereses comunes entre Estados interpelados por el imperativo del desarrollo.
Su labor se ensancha con su acreditación en Teherán como Embajador Concurrente. Allí se vive otra realidad, próxima a ser removida por una Revolución Islámica que continúa desafiando al orden mundial. Alejandro Jara pone en juego la adaptabilidad, cualidad diplomática cardinal que, en ambos casos, procura identificar y expandir los espacios para la cooperación bilateral y multilateral.
El golpe militar pondrá fin a ambas misiones y abrirá el último capítulo de una carrera diplomática prematuramente terminada. La intriga abortaría una difícil misión en Colombia, que don Alejandro emprendió motivado por la lealtad a un Estado que a los diplomáticos de carrera nos toca representar más allá de los gobiernos de turno. Esta es, como señala el libro, una lealtad institucional. Lealtad a un Chile que perdura más allá de los accidentes y aún las tragedias de su historia.
Como lo demuestra el injusto fin de su carrera, nuestra profesión conlleva riesgos cuando se la emprende con fidelidad a valores y principios superiores. Una trayectoria pública digna no se hace con el chaleco salvavidas puesto: defender los intereses de Chile también supone coraje leal frente al gobierno propio. El Servicio Exterior debió sufrir entonces la desconfianza de quienes simplemente no entendían la naturaleza ni la cultura de una profesional que cultiva el matiz, el debate culto, la persuasión y la construcción paciente de consensos.
El mote despectivo de “empolvados” proviene de aquella época. Pero la desconfianza persiste y es variopinta.
Concluyendo, confieso la emoción que me ha causado el homenaje sereno y consistente que don Alejandro rinde a un pilar de la acción del Estado, que tanto en su vida como en la mía, definió la vocación y el camino: la educación pública.
También soy de provincia y también provengo de la clase media y si, también me formé en las aulas del Internado Nacional “Barros Arana”, al que igualmente accedí gracias al empeño de mi madre. De allí a la Universidad de Chile y al Servicio Exterior de la República; un derrotero transitado en épocas distintas pero animado por un cuerpo docente abnegado y de excelencia que dejó marcas indelebles en generaciones de académicos, profesionales, servidores del Estado y hombres de las artes y las letras.
Allí empezamos la vida política y allí, en la rica diversidad social y humana de cohortes provenientes de todo el territorio nacional, nos asomamos al alma del país que nos correspondería representar por décadas.
Al mirar la portada de las Memorias de don Alejandro Jara Lazcano no puedo dejar de pensar en la tremenda distancia (y no puramente geográfica) que hay entre las calles de Los Ángeles en nuestro Chile y los atrios de la Corte de Saint James, distancia mediada por esa fecunda educación del Estado que una vez contó entre sus templos pedagógicos a nuestro “glorioso INBA”, hoy abandonado a la barbarie. Y allí está, con impecable finura y sobria elegancia, un “inbano” ejemplar, diplomático de carrera, estrechando la diestra de la Soberana de una monarquía emblemática, reinante por doce siglos. En las sonrisas que ambos intercambian se advierte algo más que pura ceremonia -y la escena completa es relatada con sencilla elocuencia en el libro.
El Estado de Chile educó a ese profesional y lo formó para representarlo. Y si bien hubo un momento en el que ese funcionario leal se encontró de pronto sin Estado al cual servir, la impronta de ese colegio, el de Jorge Millas y Nicanor Parra, lo ayudaría a reinventarse, pero siempre dentro de la vocación de servicio público, entendido como práctica del bien común.
Don Alejandro pertenece a una generación de diplomáticos que insertó eficazmente a Chile en el orden mundial, orden mundial que también contribuyó a negociar y configurar. El libro registra nombres ilustres que, sin duda, confirieron brillo y densidad a la diplomacia chilena. Pero esa generación hizo escuela y otros nombres deben agregarse, desde otras vertientes del tejido social chileno y desde otras tradiciones culturales: José Miguel Barros, Javier Illanes, Jorge Berguño, Fernando Zegers, Santiago Benadava, Juan José Fernández.
Quienes heredamos ese acervo profesional ilustre, entre ellos Alejandro Jara Puga, aquí presente, hemos procurado transmitir tal legado a las nuevas generaciones de diplomáticos, que enfrentan un mundo no menos desafiante que aquel que aquellas debieron navegar. La ventaja de las nuevas generaciones es el ejemplo esclarecedor de servicio y patriotismo de antepasados profesionales de la talla moral y humana de don Alejandro Jara Lazcano.
Muchas gracias

