Columna El Libero, 03.10.2026 Fernando Schmidt Ariztía, embajador ® y exsubsecretario de RREE
A finales de abril del 2022 fuimos a visitar a un hijo que estudiaba en la ciudad neerlandesa de Maastricht. Al pasar por Francia, en lugar de la prisa, decidimos acogernos a la hospitalidad benedictina de dos monasterios. Es un cobijo que se entrega sin formularios, sin ostentación y sin apuro al que va de paso. Es el amparo del silencio, de la oración contemplativa que acoge sin preguntar. Sólo se escucha la música que eleva el espíritu. Allí sólo hay “spa” para el alma y una sopa, un guiso y una fruta para el cuerpo. En esos lugares el “check-in” y el “check-out” se rigen por la caridad y no por el mercado. Al decir del Papa, “sin este acervo monástico (benedictino), la civilización europea, tal como la conocemos, no existiría”.
Nos impresionó en uno de ellos, cerca de Ruan, la demanda de jóvenes que buscaban “algo”. Gente que se incorporaba al oficio vespertino, seguramente con muchas interrogantes, pero con alegría y esperanza. Muchos volvían del bosque con sus atuendos para running. Su indumentaria y la de los monjes se confundían en la alabanza al Creador. Al salir de la iglesia, que conserva los rasgos de un sencillo establo, se veían por todos lados las ruinas esparcidas de un antiguo y poderoso monasterio destruido en tiempos de la revolución francesa. Estábamos ante una representación potente del pasado y el presente; del renacimiento espiritual católico desde las bases del antiguo monacato.
En el verano europeo del 2025 y en el recién pasado estuvimos unas semanas en las Landas, al sur de Francia. La misa dominical también daba cuenta del fenómeno. La sencilla parroquia estaba llena, pero llamaba la atención la cantidad de familias con hijos. Jóvenes que no quieren dejarse atrapar por las apariencias, el bienestar, el consumo que pretende llenar un vacío.
Sin embargo, mi experiencia personal sobre ese despertar del catolicismo francés tiene poco valor aparte del testimonial. Según cifras de la Conferencia Episcopal, el 2024 unos 12.200 adultos y adolescentes pidieron ser bautizados, admitidos en la Iglesia Católica. El año pasado, fueron 17.800. Hasta mediados del presente año, otras 21.400 personas, plenamente conscientes, daban el paso.
La presencia del catolicismo en el paisaje de Francia comienza también a cambiar físicamente. Desde el 2023 la asociación “SOS Calvaires”, compuesta por unos 4 mil voluntarios inició una campaña para restaurar y preservar el patrimonio cristiano y mantener las señales públicas de fe. Llevan casi mil monumentos intervenidos. La mayoría son testigos de una religiosidad olvidada o destruida para ensalzar un secularismo radical opuesto a cualquier identidad religiosa. El verdadero laicismo, dijo el Papa en su reciente visita a ese país, epicentro de la secularización, no se limita “al carácter aconfesional de las instituciones civiles, sino que presupone una verdadera colaboración entre las partes”.
A pesar de las señales previas, no dejó de impresionarme la masiva recepción que León XIV recibió en Paris, Lourdes y Metz, las escalas de su viaje apostólico. No podía creer que en la capital ilustrada, republicana, vanguardista y transgresora se reunieran unas 850 mil personas para asistir a una misa en la Plaza de la Concordia, el sitio donde se levantó la guillotina entre fines de 1792 y mediados de 1794. El mismo lugar que, por un ímpetu refundacional, durante un tiempo se llamó “Plaza de la Revolución” y donde fueron ejecutadas 1.119 personas, entre ellos el propio rey.
Era testigo de un renacimiento del catolicismo francés, pero nunca imaginé su dimensión. Me sorprendió esa multitud de casi un millón de personas que llenó los Campos Elíseos hasta la Concordia; los miles que se confesaban en plena calle; la alegría que llenó el Estadio de Francia; la marea humana que inundó la explanada de Lourdes y las avenidas de Metz.
Le Figaro destacó la acogida popular al Papa, la cual renovó la imagen de una Iglesia francesa marcada por el dolor. Destacó la movilización popular, la vitalidad religiosa, la búsqueda espiritual de la juventud y la claridad doctrinal del Pontífice, factores que contrastan con el clima político del país. Para el medio, la visita eclipsó la agenda política y obligó al propio presidente a unirse con retraso a la recepción popular. Le Monde también reconoció el renacimiento del catolicismo francés, pero en el marco de una iglesia polarizada. Valoró el mensaje europeísta del Papa y la afirmación de una identidad cristiana compatible con la apertura, la democracia y la solidaridad. Resaltó que estas constituían una respuesta a nacionalismos identitarios de raíces cristianas, pero excluyentes. Por otro lado, criticó su posición en bioética y resaltó que, a pesar de su condena y petición de perdón por los abusos sexuales cometidos en el seno de la iglesia, estos siguen siendo de carácter sistémico.
Para la columnista y ensayista Eugénie Bastié, lo que se expresó en las calles de Francia en estos días (y antes en España) fue la búsqueda de la juventud por volver a la trascendencia. Jóvenes que se preguntan por el sentido de su existencia. Gente que cuestiona la “enfermedad” occidental que les aqueja, asociada a soledad, depresión, narcisismo de poseer. Cree que, a diferencia del Papa Francisco, León XIV no juzga a Europa y estimula a los jóvenes al fervor religioso. Bastié comparó el incendio de Notre Dame a las llamas del progreso, y sus cenizas a la revitalización de la iglesia.
Hay también quienes asocian este renacimiento al temor por la islamización del continente y por el abandono o laxitud de sus raíces cristianas. El Papa se hizo cargo de aquel sentimiento al reafirmar al cristianismo como eje central de la construcción europea, pero en un diálogo que “no disminuye nuestra identidad, sino que la expresa con simplicidad y verdad, abriéndose a la diferencia del otro”. El punto de convergencia con otras religiones es el ser humano y “su servicio a la paz y a la fraternidad” así como “su capacidad de proteger, acompañar y servir a la vida. La grandeza de una civilización -continuó- no se mide por sus éxitos materiales, sino por la manera en la que abraza, protege y eleva a la persona”.
Para el escritor franco-sirio Omar Youssef Souleimane, la visita unió a Francia. El poeta minimizó la reacción de aquellos musulmanes, quejosos de no poder mostrar su fe en público. Se trataría, dijo, de un sector integrista en conflicto con la república y que tardará un tiempo en asimilarse.
Las bases del continente siguen siendo cristianas a pesar de los esfuerzos hechos por borrar sus trazos. Por eso, el Papa en Metz citó a Robert Schuman, uno de los constructores de Europa, que recordó en su día que “el cristianismo ha enseñado la igualdad de naturaleza de todos los hombres, hijos del mismo Dios, redimidos por el mismo Cristo, sin distinción de raza, color, clase o profesión. Ha reconocido la primacía de los valores interiores que solos ennoblecen al hombre”.
Las raíces, la historia, los valores, los símbolos colectivos no se borran. Tampoco la manera de ser, hablar, sentir o razonar. De ellos surgen los sentimientos de una sociedad en constante cambio que preserva su identidad en la cristiandad. Por eso, el Papa se pronunció por “un redescubrimiento de las propias raíces y (a partir de ahí) por la apertura al diálogo con el otro”. La frase recordó aquel llamado de san Juan Pablo II a Europa en 1982: “Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces”.
Entre nosotros, parte del occidente cristiano en un rincón de América, con nuestras señas únicas y ricas, la visita fue poco informada. No fue masticada ni digerida. Preferimos centrarnos en las sombras chinescas de una malhadada interpelación al canciller, cuando están pasando cosas importantes y bastante profundas en el mundo al que pertenecemos.

