Haití o el caos heredado

Columna
El Periódico, 05.05.2024
Jorge Dezcallar de Mazarredo, Embajador de España

Tras el terremoto de 2010, Forges puso durante años en sus viñetas un recuadro que decía "Y no te olvides de Haití". Y nosotros lo hemos olvidado. Hay desastres que como nos avergüenzan miramos hacia otro lado y así tranquilizamos nuestra mala conciencia. Uno es Haití que doscientos años después de su independencia sigue pagando la osadía de haberse rebelado contra Francia en 1804, proclamando una república que en su Constitución incluía ideales de la Ilustración como la abolición de la esclavitud y de la discriminación por cuestiones raciales.

Haití es hoy un Estado fallido sin presidente, sin primer ministro (acaban de nombrar a Michel Boisvert como interino), sin Parlamento, Ejército o Policía y dominado por grupos violentos que aterrorizan a la población como el G-9 dirigido por el matón Jimmy Cherizier, alias 'Barbacue', que ha asaltado la cárcel y liberado a 4000 delincuentes con los que amenaza con la guerra civil.

Los países con mayor responsabilidad en la actual crisis de Haití, aparte de los propios haitianos, son Francia y Estados Unidos. Haití, la parte occidental de La Hispaniola, fue vendida en 1697 por España a Francia que la convirtió en una rentabilísima plantación de caña de azúcar trabajada por esclavos africanos, cuya esperanza de vida estaba en torno a los cinco años desde que desembarcaban. Aprovechando la Revolución Francesa, una revuelta de esos esclavos dirigida por Toussaint L’Ouverture derrotó y expulsó a los franceses que, humillados, le impusieron una indemnización tan brutal (150 millones de francos-oro) que lastró toda posibilidad de desarrollo posterior. La situación se agravó con el aislamiento internacional pues el mundo no aceptó a un país regido por ex-esclavos cuando la esclavitud aún era legal en muchos lugares. Era un mal ejemplo y así Estados Unidos, sin ir más lejos, prohibió el comercio con Haití.

Ya en el siglo XX los norteamericanos contribuyeron un poco más al desastre actual después de que un consorcio bancario internacional refinanciara la deuda haitiana y tomara el control de su economía. Para garantizarla, en 1915 el presidente Wilson envió a Port-au-Prince una fuerza militar expedicionaria que se mantuvo 20 años y que aprovechó para llevarse a Nueva York el oro del Banco de Haití, impidiendo que el país pudiera recuperarse y facilitando que cayera en las abyectas dictaduras de los Duvalier.

Más recientemente la expulsión del presidente Aristide tras un golpe de Estado en 2004 hizo intervenir a la ONU con una operación de paz (cascos azules) que durante quince años logró que llegara al país cooperación internacional en condiciones de seguridad. Esa ayuda internacional se hizo aún más necesaria tras el terremoto que en 2010 mató a casi 300.000 personas y redujo a escombros la capital, Port-au-Prince. Pero la operación onusiana terminó en 2019 y con su marcha regresó el desorden. En 2021 cuando en España nos dábamos la tercera dosis de la vacuna anticovid, en Haití no se había puesto ninguna. Ese mismo año fue asesinado por mercenarios extranjeros el presidente Juvenel Moïse y asumió el poder el primer ministro Ariel Henry que, carente de legitimidad y apoyos, tuvo que refugiarse en Puerto Rico para acabar dimitiendo. Al frente del país ha quedado un gobierno interino nombrado hace unos días al que hay que desear mucha suerte, porque hoy Haití es hoy una jungla sin ley ni orden con 2.500 muertos en los tres primeros meses del año mientras bandas de delincuentes se reparten los barrios, roban y aterrorizan a la población que se encierra en casa sin comida, agua potable, electricidad o saneamiento. Tampoco funcionan los hospitales.

La ONU intenta enviar otra misión con mil policías de Kenia que podrían ser reforzados con contingentes adicionales de Chad, Benín y Bangladesh. Pero a la vista de la inseguridad reinante esta misión ha quedado de momento paralizada, porque la ONU no encuentra el dinero que necesita y porque el grado de desorden y violencia es tal que no parece que una fuerza policial pueda resolver un problema que muchos ya juzgan que necesita la intervención de una fuerza militar con reglas claras de enfrentamiento para acabar con las milicias armadas que señorean el país. El problema es que nadie parece dispuesto a poner ese cascabel al gato mientras Haití se sume cada vez más en el caos y los demás preferimos mirar a otro lado.

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