Multilateralismo de base

Columna
El Líbero, 20.06.2026
Fernando Schmidt Ariztía, embajador ® y exsubsecretario de RREE

Hace unos días ofrecí una charla virtual sobre cómo cautelar nuestros intereses en un escenario de confrontación entre potencias. La exposición identificaba, en primer lugar, lo que son nuestros activos por defender y, poco más adelante, proponía la construcción de un orden mundial a partir de lo que definía como “multilateralismo de base” o la redefinición de la cooperación entre países de nuestro entorno para extenderla en círculos concéntricos.

A pesar de que todos decimos defenderlo, el multilateralismo global vive una profunda crisis de confianza para mantener la paz y seguridad internacionales, según reza el primer artículo de la Carta de la ONU, o para tomar medidas colectivas eficaces para prevenir y eliminar amenazas a estos pilares de la convivencia humana. Existe desconfianza en su capacidad para fomentar relaciones de amistad entre las naciones basadas en el respeto al principio de la igualdad de derechos. Salvo en los márgenes, donde los intereses de las grandes potencias no convergen, los grandes países están orientados más por una competencia estratégica entre sí que por el altruismo cooperativo que surgió de las cenizas de la II Guerra Mundial. Las resoluciones de la ONU son producto de la voluntad política de los estados y reflejan esta perspectiva. Así, una reforma de estas instituciones se ha hecho imposible porque afectan la actual estructura de poder.

Lo anterior se agrava por una crisis de representatividad. El actual sistema no toma en cuenta el peso de estados que hacia 1945 no existían, tenían un tamaño menor y lo adquirieron por medio de un crecimiento extraordinario en estos 80 años (India, Japón, Corea, Brasil, Alemania entre varios otros). La estructura del Consejo de Seguridad y el derecho a veto, concentrado en los triunfadores de la guerra mundial, es particularmente expresiva.

A esto se agrega la creciente distancia de los ciudadanos respecto de algunas organizaciones internacionales cuyas agendas son el resultado de la voluntad de élites, con más o menos arraigo en la sociedad civil según el desarrollo de cada país, pero poco asentamiento en grandes mayorías. Varios temas no son votados en las elecciones donde la democracia funciona. Por lo tanto, no es raro que grandes preocupaciones sociales se debatan en universos paralelos. Por un lado, las que impulsa el estado sobre asuntos centrales de la demanda ciudadana y, por otro, las que se fomentan en ciertos organismos, que a su vez sirven de base para legitimar internamente posiciones progresistas. El fenómeno se agrava con el copamiento de los organismos por sectores ideológicos afines. Esto refuerza, al otro lado, una narrativa nacionalista contraria al multilateralismo.

Como si lo anterior fuera poco, vivimos una superposición de objetivos, una duplicación entre organismos que fueron creados por intereses políticos circunstanciales o que derivaron en entidades instrumentales a grupos de países o de presión. Dichas entidades nacieron un día, pero hoy carecen de contenido y se resisten a morir porque se sostienen en sectores de interés difíciles de desmantelar. Son las que repiten con majadera insistencia un “lenguaje acordado” en sus resoluciones, como si la reiteración infinita de una misma idea le diera mayor valor o legitimidad.

Aunque suene contradictorio con todo lo anterior, para un país como Chile el multilateralismo es una pieza fundamental. Es en este espacio donde tenemos una voz, una alternativa para hacernos oír, para hacer respetar y enriquecer el derecho internacional o luchar por la dignidad de la persona en su integridad. No podemos dejar de participar en la evolución del derecho, en la construcción de normas y perseverar en la reforma de un orden en el que quepamos todos, aunque en realidad estemos viviendo una lucha por el poder mundial y la instalación de zonas de influencia en el globo que amenazan el espíritu multilateral. Hoy todavía tenemos voz y debemos usarla. Esto suena a quimera, pero es la única alternativa posible. Tal vez, de aquí a un tiempo surja un mundo distinto. Por otro lado, no debemos descartar la posibilidad de recurrir en algún momento a la Corte Internacional de Justicia para la solución de temas pendientes.

La construcción del espacio global no pasa porque la expresidenta ocupe la Secretaría General de la ONU. En el evento que resulte elegida, su liderazgo -que se presenta como independiente de los intereses de las grandes potencias- difícilmente va a alterar la lógica de poder en las entidades de ese sistema. Su eventual sacrificio en aras de una reforma de la entidad mundial es loable pero quijotesco. Eventualmente, podría obtener avances en una mayor eficiencia burocrática asentada en las frágiles e interesadas bases actuales de poder.

Pienso que la renovación del multilateralismo parte, en primer lugar, por la mayor coordinación de la región sudamericana entre sí para el desarrollo de bienes comunes y asumir iniciativas que cuenten con el respaldo de líderes influyentes locales. La derecha y centroderecha chilena de las últimas décadas ha pensado el mundo a partir de la economía. En un lugar secundario ubicó la identidad ideológica o cultural y con referentes fuera de nuestro entorno. Si uno toma como vara de medir los grandes seminarios auspiciados por los medios de prensa tradicionales, rara vez se encuentran en ellos personalidades de nuestra región, y no es que no existan.

Hemos mirado con suspicacia que las iniciativas sobre grandes proyectos integradores de la región han provenido desde la izquierda o la centroizquierda, muchas veces con ínfulas totalitarias. Ellos no han ocultado su tufo ideológico y alentado ideas que amenazan nuestra lógica apertura al mundo, nuestro regionalismo abierto. Sin embargo, la renovación del multilateralismo desde una base regional no tiene por qué ser patrimonio de un sector ni quedar atado a ideologías de paso. Hay que retomar algunas ideas con determinación que alguna vez se plantearon con voluntarismo y el respaldo de liderazgos dudosos, y que no alteren nuestra apertura al mundo.

La interconexión energética, ¿no es un tema de actualidad? ¿No deberían ser Guyana y Surinam parte de ella? ¿No necesitamos acaso corredores viales que sean sistemas integrados de gestión de carga con procesos únicos, seguros y confiables de frontera? Frente a las escuálidas cifras de nuestro comercio regional, y luego de las elecciones en Perú, Colombia y próximamente en Brasil ¿no llegó el momento de diseñar una propuesta seria, prolija, bien pensada, cuidadosa con la realidad de cada economía, para un acuerdo de libre comercio de América del Sur, que fomente encadenamientos útiles para la competitividad?

¿Hemos integrado a los grandes inversionistas regionales, que conocen bien los cuellos de botella que existen entre nosotros, en una diplomacia regional proactiva, particularmente en el campo de la inversión? ¿Alguna vez pensamos en la integración con nuestros vecinos a partir de nuestras propias regiones? ¿Escuchamos en serio las voces de Arica, Temuco, Coyhaique o Calama? Pienso que nos deberíamos plantear estas respuestas para volver a pensar en una estructura de integración abierta, libre del estigma de siglas que quedaron en el pasado y con miras a desmantelar estructuras obsoletas.

La consolidación de la confianza hacia y desde nuestra región, libre de anteojeras, está en la primera fila para la renovación del multilateralismo que necesitamos. A partir de allí podemos ir ampliando el círculo hacia países afines o regiones enteras en torno a las ideas de una reforma de un sistema global que nos proteja a todos de las voluntades unilaterales que nos acechan.

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