Columna El Líbero, 06.08.2026 Peleg Lewi, embajador de Israel en Chile
Existe un ejercicio que cualquier lector con ojo crítico puede hacer por la mañana: abrir un portal, leer un titular sobre Gaza redactado con fórmulas de violencia indiscriminada, y descender hasta el final de la nota. Con frecuencia es allí, en las líneas que la mayoría no alcanza a leer, donde aparece el dato que cambia por completo el sentido de la noticia: que el objetivo del operativo era un comandante de Hamás. El hecho central estuvo ahí todo el tiempo, pero terminó invisibilizado.
Este es un problema de información que afecta a los ciudadanos mucho antes que a cualquier gobierno. La guerra de Israel no es contra la población en la Franja de Gaza; es contra Hamás y otros grupos armados, organización terrorista que no solo gobierna ese territorio, sino que busca la destrucción de mi país y que hizo de las masacres del 7 de octubre su carta de presentación. Distinguir al pueblo palestino de quienes lo usan como escudo humano es el corazón del asunto.
Sin embargo, el encuadre de ciertos medios disuelve esta diferencia una y otra vez. Un ejemplo reciente lo ilustra. Hace algunos días, el periódico El Siglo tituló: “Israel mató a futbolistas palestinos y un árbitro de la FIFA”. El encabezado destacaba únicamente el oficio civil de las personas. Sin embargo, en el propio cuerpo de la nota —tomada casi de forma textual de la agencia estatal rusa RT— figura la lista de nombres junto a sus funciones armadas: el árbitro de la FIFA operaba como miembro de la Yihad Islámica, un capitán de equipo participó en las matanzas del 7 de octubre, y otros eran comandantes de sección. El medio tenía esos datos a la vista, pero optó por titular omitiendo la militancia terrorista. El dato que desarmaba el titular estaba en el mismo texto que pretendía sostenerlo.
Sabemos que los medios de comunicación tienen líneas editoriales, esto es legítimo y nadie se alborota ni pretende censurar aquello. El problema de fondo aquí no es una falla periodística o un descuido técnico por la prisa del minuto; es el aprovechamiento de estos ripios informativos para apalancar metas políticas e ideológicas. Usar oficios para silenciar su actividad terrorista, y que fue la causa de su muerte, no es un error de edición, es una selección deliberada que instrumentaliza el periodismo y resta virtud al debate público.
No es un caso aislado. Responde a una práctica hoy frecuente de relegar el contexto al final de la página mientras el titular afirma algo distinto, o reproducir sin filtro cables de agencias ligadas al Estado ruso o a Irán son las piezas más documentadas de esa maquinaria de soft power. Cuando el encabezado se diseña solo para movilizar la emoción, a sabiendas de que muchos no pasarán de ahí, la propaganda reemplaza a la información.
No pido que se adopte sin más la versión israelí; pido que se note el desequilibrio. Bajo el derecho internacional humanitario, quienes asumen una función continua de combate dentro de un grupo armado organizado pierden su protección civil y se convierten en objetivos militares legítimos. El derecho internacional es claro, la ejecución de actividades armadas anula la inmunidad de combate, independientemente del oficio o profesión civil que la persona ejerza fuera de la estructura operativa.
El resultado es mal información: no una mentira abierta, sino la sustracción del contexto, que deja al lector con los datos y sin cómo ordenarlos. Así una guerra urbana compleja se reduce a un enfoque binario, buenos y malos, que suministra más polarización y, más grave, cierra la puerta a imaginar cualquier salida.
Como diplomático, conozco las presiones de inmediatez que enfrentan las salas de redacción, y por eso lo que planteo es sencillo: es el estándar que la propia prensa chilena se ha fijado. Que el titular lleve el hecho y su contexto juntos. Que se distinga una agencia de noticias de un instrumento de propaganda estatal, que se rechace recurrir a titulares engañosos. Que el dato decisivo no quede al final, porque entonces el problema no es del lector que no llegó, sino de quien lo escondió.
Recuperar la proporcionalidad en la redacción no beneficia a ninguna causa en particular; beneficia a la verdad y es un acto de respeto fundamental por quien lee, sin exacerbar las tensiones ni perpetuar narrativas sesgadas. El remedio a este desequilibrio siempre ha sido el mismo: el oficio, y el rigor desde la primera línea.

