¿Fin a la guerra de Irán?

Editorial
OpinionGlobal Review, 17.06.2026

El conflicto tradicional del Medio Oriente ha sido la lucha de dos pueblos (palestino y judío) por la misma tierra, habiendo derivado en sucesivas guerras entre árabes e israelíes. Pero, el ascenso perturbador del fundamentalismo islámico de Irán a partir de 1979 y el juego diplomático posterior de EEUU para contrarrestar esa influencia en la región, han gatillado un nuevo conflicto bélico en el Medio Oriente: la guerra de EEUU e Israel contra Irán (2025-2026), considerado un estado que propicia el terrorismo internacional.

En paralelo, una suerte de guerra fría había afectado a los estados árabes ricos del Golfo, a raíz de las rivalidades entre tres dinastías: el príncipe heredero saudí Mohamed Bin Salmán; el emir qatarí Tamin bin Hamad Al Thani; y el presidente de los EAU Mohamed bin Zayed Al Nahayen. Tal rivalidad, por ejemplo, reconfiguró la guerra en Yemen (2014), donde saudíes y emiratíes eran aliados contra los hutíes (respaldados por Irán). Otro caso fue la crisis de Qatar (2017), cuando un grupo de países del Golfo impuso un embargo al pequeño emirato por su apoyo a los islamistas.

Estas disputas en el Golfo han sido una mezcla de lo político y lo personal. Algunos países son más conservadores (Arabia Saudita) y otros más pragmáticos (Emiratos y Qatar). Arabia Saudita resiente el apoyo de los Emiratos Árabes Unidos a los separatistas y rebeldes en Somalia, Sudán, Yemen y otros lugares, lo cual considera desestabilizador. Por otra parte, Arabia Saudita también ha chocado con Qatar, país que ha auspiciado por años al liderazgo proiraní de Hamas.

La guerra de EEUU e Israel contra Israel está cambiando ahora las lealtades en el Golfo, pues los ataques de Teherán contra esos países los ha predispuesto en su contra. Los países árabes vecinos de Irán han terminado por cuestionar el poder de Teherán y su expansión regional a través de los proxies (Hamas en Gaza, Hizbulá en El Líbano, los Hutíes en Yemen, milicias en Irak, etc.).

Giro árabe en la causa palestina
Dado el peso actual de Arabia Saudita en el mundo árabe (antes los líderes eran Egipto y Siria) y su custodia de La Meca y Medina (sitios sagrados), su apoyo a la causa palestina y la solución de los dos estados en Palestina fue siempre importante. Sin embargo, ya antes de 2023 Riad exploraba la idea de normalizar sus relaciones con Israel (potencia en lo militar, económico y científico), cosa que en el mundo árabe se tildó de "traición".

Dos tipos de factores influyeron en esa nueva postura: (1) El interés de Washington por mejorar el clima en la región a través de un entendimiento árabe-israelí; y (2) Las presiones de Teherán por consolidar un eje antiisraelí en la región a través de sus proxies: “Eje de la resistencia” o “Círculo de Fuego”.

Suníes versus chiiés
En paralelo al fenómeno anterior, con el tiempo se ha ido acrecentando en el mundo musulmán una lucha por el liderazgo religioso entre sus dos vertientes principales, sunita (85% y de corte tradicional) y chiita (15% y radicalizada), que en política regional se expresa en la confrontación entre sus dos mayores potencias: Arabia Saudita e Irán, respectivamente.

Las tensiones en el Medio Oriente no pueden entenderse completamente hoy sin revisar esta fractura histórica dentro del islam. Si bien los sunitas son mayoritarios, los chiitas no sólo tienen peso específico en ciertos países y regiones, sino que son generalmente más militantes (guerras civiles en El Líbano y Siria, revolución en Irán). De hecho, la minoría chiita ha explotado su concepto de martirio, sus rituales de duelo y un elemento mesiánico distintivo. En fin, generalmente los sunitas han buscado el entendimiento con Occidente, mientras que los chiitas han radicalizado su oposición a EEUU, Israel y Arabia Saudita.

Los Acuerdos de Abraham
Los Acuerdos de Abraham, nombre tomado del personaje bíblico considerado un antepasado común del cristianismo, el judaísmo y del islam, son acuerdos de normalización diplomática entre Israel y varios países árabes, promovidos por Estados Unidos a partir de 2020 para fomentar la cooperación económica, política y de seguridad en el Medio Oriente. El acuerdo inicial fue entre Israel, Emiratos Árabes Unidos y Bahréin, abriéndose las puertas para la normalización de las relaciones diplomáticas y comerciales entre esos países árabes y el Estado judío. Más adelante, Marruecos y Sudán en el Norte de África se unieron a los acuerdos. Con ello, los países aludidos se beneficiaron también de un mayor acercamiento con los EEUU.

Los Acuerdos de Abraham rompieron, en consecuencia, con el consenso anterior de que la normalización con Israel solo sería posible tras la resolución del conflicto israelí-palestino y la aplicación de una solución de dos Estados. En virtud de ello, se produjo el ataque de Hamas el 7 de octubre de 2023 contra Israel (con matanza de civiles y captura de rehenes), en gran medida para impedir el acuerdo que se estaba gestionando entre Arabia Saudita e Israel. Otros interesados potenciales eran Siria y El Líbano.

La otra guerra del Medio Oriente
En junio de 2025 se produjo la llamada “Guerra de los Doce Días”, un ataque de Israel, EEUU y otros países del Golfo contra Irán ante la amenaza de su desarrollo nuclear. Irán respondió con misiles balísticos y drones contra objetivos en Israel. Para el 23 de junio de 2025 Trump ya anunciaba un alto al fuego, que fue respetado hasta los nuevos ataques israelí-estadounidenses del 28 de febrero de 2026. Como resultado de estos últimos ataques, el líder supremo Alí Jameneí, parte de su familia, y otros altos mandos fueron eliminados. En respuesta, Irán lanzó misiles y drones contra Israel y bases militares estadounidenses en Baréin, Kuwait, Catar, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, Jordania e Irak, e impuso un cierre selectivo del estrecho de Ormuz. Dicho cierre, y los ataques de ambos bandos a instalaciones energéticas, causaron -a su vez- un fuerte aumento del precio del petróleo y el gas natural. Finalmente, el 2 de marzo la guerra de Irán se extendió al Líbano, donde se reactivó el conflicto entre la milicia Hezbolá e Israel, el cual lanzó una invasión terrestre del sur del Líbano.

Duras negociaciones entre los bandos
Queda claro, entonces, que Trump y Netanhayu iniciaron el conflicto armado ante el peligro nuclear de Irán contra la existencia de Israel y la estabilidad de los intereses norteamericanos en la región. A su vez, la permanente intransigencia de clérigos y militares islamistas en Teherán, convencieron a ambos líderes de que no había otra salida que la fuerza. Antes de completar las operaciones militares, empero, Trump volvió a buscar un cese de las hostilidades para abrir negociaciones sobre el tema nuclear y demás amenazas iraníes (misiles, proxies, cierre de Ormuz), confiado en el deterioro ocasionado a los islamistas, pero también urgido ante crecientes presiones políticas por las elecciones de midterm en noviembre próximo en EEUU.

Un acuerdo final entre EEUU, Israel e Irán para poner fin a la guerra es casi imposible por las posturas maximalistas de la jefatura de la guardia revolucionaria islámica, así como de Trump y, principalmente, Netanhayu. A pesar del desgaste, el régimen de Teherán ha sobrevivido y, por ello, se siente en una posición de fuerza y con la mejor mano para una futura negociación. El presidente norteamericano persigue cualquier arreglo ahora para poder mejorar su posición política interna, pero mantiene sus líneas rojas básicas: aspiraciones nucleares iraníes, la libre navegación por el Estrecho de Ormuz, corte de las relaciones financieras y militares de Teherán con sus proxies. La propaganda iraní rechaza los planteamientos norteamericanos y, en cambio, pretende la devolución de fondos retenidos, cobrar peajes en el Estrecho de Ormuz, parar los ataques contra los proxies y mantener sus desarrollos nucleares y misilísticos.

¿Terminará la guerra?
EEUU e Irán podrían alcanzar un acuerdo relativamente rápido si hubiese concesiones por ambos bandos. Por ahora, hay un memorándum de entendimiento para el cese de hostilidades y el inicio de negociaciones para un acuerdo en un plazo de 60 días. No se conocen aún los términos, aun cuando arrecian las críticas por las aparentes concesiones de Trump sin contrapartidas. Otra interpretación es que el presidente norteamericano está dejando pasar el tiempo para ganar las próximas elecciones parlamentarias antes de volver a la carga bélica contra Irán. Por lo demás, los objetivos de Jerusalén y Washington difieren a estas alturas: para Israel, la guerra es una cuestión existencial, requiriendo por ello un cambio de régimen en Teherán y la derrota de Hizbulá en El Líbano; en cambio, para el presidente norteamericano el fin último es no “perder cara”.

En el caso de Teherán, hay que tener presente que la teocracia chií está hecha para resistir y sobrevivir, no para gobernar. El país se encuentra hoy destruido y al borde del colapso, pero igual su islamismo radicalizado y su cultura del martirio lo llevan a mantener posiciones extremas. No ha claudicado su interés por la bomba atómica como disuasivo para la subsistencia del régimen político y su dominio del Medio Oriente. En su defecto, bienvenido sea el caos apocalíptico. Es decir, mientras más débil esté Irán más peligrosa resulta ser, porque poco o nada tiene que perder. Sus dirigentes son porfiados y fanáticos. No hay diálogo posible (diplomacia) con ellos para convencerlos de abandonar el terrorismo.

En definitiva, en los próximos meses debiera ocurrir una suerte de “paz intermitente”, esto es, treguas temporales seguidas por acciones bélicas aisladas hasta tanto Washington y Jerusalén no consigan sus objetivos principales, especulándose de que a la postre se podría abortar el programa nuclear iraní a cambio de un fondo de 300 mil millones de dólares para Teherán, gestionado por Qatar entre los países del Golfo. Mientras tanto, las divisiones al interior del régimen islamista se agudizan y la violencia de los opositores iraníes se incrementa con el pasar del tiempo.

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