¿Cuán cerca nos encontramos de una III Guerra Mundial?

Editorial
OG Review, 25.07.2026

En los análisis y predicciones sobre el sistema internacional imperante abundan cada vez más las aseveraciones acerca de una nueva guerra global. Tales pronósticos resultan de la sucesión de diversos conflictos que mantienen al orden mundial de posguerra (1945 en adelante) actualmente en crisis y convulsionado.

Democracias versus dictaduras
Entre los mayores conflictos hay que destacar, primero, la batalla cultural e ideológica planteada por distintos autócratas y regímenes iliberales contra la existencia del sistema democrático en el mundo (preferentemente occidental). El meollo de esa corriente proviene de cinco estados en particular, como lo son hoy los CRINK (China, Rusia, Irán y Corea del Norte), pero cuentan con otros aliados menores como Afganistán, Bielorrusia, Camboya, Cuba, Myanmar, Nicaragua y Venezuela. Hay también democracias iliberales, como Filipinas, la Hungría de Orbán, Singapur o Turquía. En fin, prevalecen entre todos ellos una mezcla de imperialismo nacionalista, neomarxismo identitario, fundamentalismo islámico y populismos personalistas, que tienen como común denominador: la derrota de Occidente; del hegemonismo capitalista norteamericano; del poder del sionismo; y del sistema multilateral fundado en principios y valores universales (paz y seguridad, democracia, derechos humanos), ideales liberales contrarios a sus propios intereses nacionalistas, religiosos o personalistas.

En la actualidad, la amenaza autocrática consiste principalmente en el control de la información interna, influir en las opiniones externas a través de la propaganda y la desinformación, y en la toma del gobierrno por la vía electoral para enquistarse en el poder, eliminando toda opción a la oposición democrática. En América Latina, ese peligro proviene principalmente de la izquierda (Foro de Sao Paulo-Grupo de Puebla), con excepción del salvadoreño Bukele; en África, todavía predominan las dictaduras militares y personalistas clásicas, dado su subdesarrollo político; en EEUU, está el grupo MAGA (Make America Great Again) incrustado en el partido republicano bajo el dominio de Donald J. Trump; en Europa, diversos grupos de ultraderecha están a la espera de alguna victoria electoral después de la derrota de Viktor Orbán en Hungría (la AfD alemana, la Agrupación Nacional francesa, Fidesz, Reform UK, etc.); y en el Medio Oriente, prima el radicalismo musulman en sus dos variantes islámicas tanto sunita (Al Qaeda e ISIS) como chiita (iraní).

La batalla cultural en el mundo es hoy soterrada y con efectos más bien a mediano y largo plazo. Se busca presentar a las democracias como débiles, corruptas, e incapaces de defenderse a sí mismas, en tanto que a las dictaduras (de Putin y otros) como fuertes y patrióticas. En lo que a nuestro país respecta, el desafío está planteado más que nada sobre el eje derecha-izquierda antes que el de democracias versus autocracias. Así y todo, el sistema democrático y su base en el buen desarrollo económico estará mejor resguardado en un gobierno de derecha, a pesar de la mala herencia económica arrastrada en los últimos años.

Guerra de Ucrania
En febrero de 2022 y, en una agresión no provocada, Rusia lanzó una invasión armada a gran escala contra Ucrania, para supuestamente “desmilitarizar ese país y desnazificar su régimen político” (presidido por el judío ruso parlante Zelenskii), en circunstancias de que el objetivo de Putin era adquirir territorios y expandir el imperio ruso a como era en los tiempos de los zares y de la URSS, demostrándole al mundo que las viejas reglas de conducta internacional ya no funcionaban: “Ya no se trata de Ucrania, sino del orden mundial”, sostuvo Sergei Lavrov, el ministro de relaciones ruso. Desde los primeros días de la ocupación militar, los rusos arrestaron a las autoridades y funcionarios públicos ucranianos e iniciaron las torturas contra civiles, incluso secuestrando a miles de niños ucranianos.

El líder chino Xi Jinping apoyó de antemano la invasión ilegal rusa (y luego aportará tecnología de defensa), aunque habría sido bien claro en trazar una línea roja ante un eventual uso del arma atómica por parte de Moscú. Por su parte, Irán le venderá sus drones-cohetes Shahed y Corea del Norte aportará munición de artillería y tropas de infantería. Las democracias occidentales, en cambio, rápidamente impusieron sanciones a Rusia, congelaron sus activos en el exterior y removieron a los bancos rusos del sistema de pagos internacionales. Si bien los EEUU con Trump cortó la ayuda militar a Kiev (las armas fueron vendidas a través de los países europeos), mantuvo la vital cooperación de inteligencia norteamericana. Con el tiempo, y dado el buen avance en la tecnología ucraniana en drones (requerida en los países del golfo), EEUU ha aceptado producir los reputados misiles Patriot junto con el complejo militar industrial ucraniano.

Por ahora, la guerra de atrición en Ucrania se encuentra relativamente estabilizada, en la medida que los avances rusos son mínimos y a un alto costo de bajas humanas. De primar a postre el mayor poderío ruso, o bien, si Moscú se abre a un nuevo frente en Europa (Kaliningrado, países bálticos, Rumania o Polonia), no parece viable que este conflicto armado por sí solo conduzca a una conflagración global.

Guerra de Irán
Otro conflicto de alto impacto mundial es el que se ha estado desarrollando en el Medio Oriente entre EEUU e Israel contra Irán. Primero, en junio de 2025, tuvo lugar la llamada “Guerra de 12 días”, lanzada inicialmente por sorpresa por Israel en contra de Irán (“Operación León Ascendente”), para impedir el avance del programa nuclear iraní y en la que se eliminó a altos mandos del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) y a científicos nucleares iraníes. En respuesta, Teherán lanzó contra Israel unos 550 misiles balísticos y unos mil drones suicidas. Nueve días después se sumarían fuertes y profundos bombardeos norteamericanos con sitios nucleares iraníes, así como algunos ataques hutíes contra Israel.

En segundo lugar, a mediados de enero de 2026 se produjeron grandes manifestaciones populares en las principales ciudades de Irán ante la mala situación económica que existía en el país a raíz de las inversiones que su gobierno había privilegiado para el programa nuclear y el armamentismo general. Las protestas fueron duramente reprimidas y terminarían en una masacre que se estimó entre 30 mil y 40 mil personas muertas, la más grande en la era moderna de Irán.

Como resultado de lo anterior, la tercera fase del conflicto se desarrolló a partir del 28 de febrero de 2026 cuando Washington y Jerusalén lanzaron cruentos ataques aéreos que decapitaron la cúpula política y religiosa y a otros altos mandos de Irán, destrozaron la marina y destruyeron centenares de instalaciones de misiles balísticos iraníes. Las represalias de Teherán, por su parte, se ensañaron con las bases norteamericanas y los países aliados del Golfo. El 2 de marzo la guerra se extendió al Líbano, al reactivarse el conflicto entre la milicia Hizbulá e Israel, el que lanzó una invasión terrestre en el sur de El Líbano. A pesar de que el conflicto se detuvo temporalmente a través de un Memorándum de Entendimiento entre Washington y Teherán por mediación pakistaní (con claro beneficio a Irán), los ataques y contrataques han continuado sin poner fin a la guerra.

Se podría atribuir la Guerra de Irán tanto a la impetuosidad del primer ministro israelí Benyamin Netanyahu como a la improvisación y a la megalomanía de Donald Trump, pero lo cierto es que el régimen clerical y (ahora también) militar de Teherán es extremadamente ideológico y, por ende, muy obstinado y peligroso, tal cual lo demuestran sus históricas amenazas contra el “Gran Satán” (EEUU) y el “Pequeño Satán” (Israel), sus ataques militares contra los países árabes del Golfo (aliados de EEUU) y su desafío permanente a la estabilidad de la región.

Sin embargo, la posibilidad de que una escalada de la Guerra de Irán pudiese dar pie a un conflicto armado global es por ahora baja. Hoy Irán se encuentra disminuido. No cuenta con grandes aliados (Rusia está amarrada a Ucrania y China no se va a comprometer militarmente) y sus proxies clientelares están bastante más sometidos o simplemente debilitados (Hamas en Gaza y Hizbulá en El Líbano).

Conclusiones
Vivimos un mundo de muchos predadores (dictadores, imperialistas, terroristas, activistas), que se expresan a través del imperialismo nacionalista ruso, del hegemonismo económico chino comunista o del radicalismo islamista iraní. Y pocos son los demócratas de buen liderazgo. Estamos acostumbrándonos a que el grande quiera engullirse al más chico (Rusia vs. Ucrania), a que el uso de la fuerza prime sobre el derecho (debilitamiento de la ONU y del derecho internacional) y a que algunos matones de hablar fuerte escondan sus debilidades internas (Trump).

A pesar de todo, el orden internacional aún parece aguantar las amenazas más desestabilizadoras, porque con todas sus contradicciones y limitaciones EEUU es la superpotencia más fuerte, una que asegura el statu quo. Las condiciones más fatalistas giran en torno a un escenario donde las potencias nucleares se enfrenten directamente entre sí. Y, para que ello ocurra, deberían fallar todos los mecanismos internacionales de contención.

Una Tercera Guerra Mundial solo podría estallar si los mecanismos diplomáticos fallan para evitar un conflicto nuclear entre EEUU y China por Taiwán. Por ahora, Xi Jinping prefiere la expansión de la influencia económica china sin necesidad de un conflicto armado. En cuanto a una guerra entre EEUU y Rusia, o bien, entre Moscú y la OTAN, es poco probable que llegue a escalar al nivel nuclear, porque China presionaría para evitarla. Finalmente, una guerra contra el terrorismo internacional, o bien, contra un estado islámico, estará suficientemente contenida en la medida de que dispositivos nucleares no caigan en manos de terroristas (bombas sucias) o del régimen fanático de Teherán (proliferación nuclear).

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