Columna El Líbero, 18.07.2026 Fernando Schmidt Ariztía, embajador ® y exsubsecretario de RREE
Don Alejandro Silva Bascuñán trabajó casi hasta los 102 años. Era tío mío por su señora, Alicia Ariztía Ruiz. Durante toda su vida pensó a Chile, tanto jurídica como espiritual y políticamente. Su personalidad sigue latiendo en la nueva presidenta del Tribunal Constitucional, María Pía Silva Gallinato, su mano derecha durante 26 años, albacea y autora junto a su mentor y maestro del “Tratado de Derecho Constitucional”, una espléndida obra que aborda las teorías del derecho político y analiza la Carta de 1980 (2005) de manera exhaustiva, rigurosa, minuciosa. Este impresionante trabajo de trece tomos, publicados entre 1997 y 2010, parte de la premisa que la persona es anterior y superior al Estado por lo que su dignidad y sus libertades fundamentales son el eje estructural del orden constitucional. El Tratado actualizó otros tres volúmenes que mi tío Alejandro escribió en 1963, entonces dedicados a comentar la Constitución de 1925.
Alejandro Silva estuvo interesado en todo lo público. Desde 1934 y durante 63 años ejerció la cátedra de Derecho Político y Constitucional en la Universidad Católica en Santiago, donde formó a generaciones de alumnos que luego rindieron un gran servicio a Chile. Entre ellos, a Marisol Peña, primera mujer en presidir el Tribunal Constitucional. Su aporte al derecho y a la polis es conocido y sus documentos se encuentran en los archivos de la Universidad Católica. Menos conocida es su personalidad desde la perspectiva familiar. Nuestros tíos Alejandro y Alicia no tuvieron hijos, pero sus innumerables sobrinos y alumnos constituimos su extenso y heterogéneo núcleo social.
Lo primero que nos llamaba la atención era su profunda, valerosa y arraigada fe en Dios y en el servicio a la Iglesia. Como alumno, a comienzos de los 70, recuerdo que no dudaba en rezar públicamente el Padrenuestro antes de iniciar cada clase, advirtiéndonos que éramos libres de seguirle, ponernos de pie o no, según nuestras convicciones.
Era de misa diaria. En la iglesia de la Veracruz, hoy llagada por la insurrección del 2019, conoció un día a Alicia (belleza de la época) que acudía acompañada a veces de sus hermanos menores, uno de ellos era mi madre. Alejandro pensó que eran hijos de Alicia hasta que alguien lo sacó del error meses más tarde, y la miró con otros ojos. Sentía la Eucaristía en toda su dimensión como principal alimento de nuestra creencia religiosa. Entrado en sus noventa años se arrodillaba con dificultad, pero lo hacía. Alejandro Silva ofreció siempre un testimonio impresionante de fe.
Nunca rehusó una ayuda a la Iglesia, un consejo, su apoyo a las causas que ésta defendía y patrocinaba. Le legó sus bienes. Participó durante años en la Comisión Justicia y Paz de la Conferencia Episcopal. Siempre agradeció su formación religiosa, en Talca, al hogar católico de sus padres y al colegio de los Hermanos de las Escuelas Cristianas.
Del Liceo Blanco Encalada de esa ciudad -el de los Hermanos Juventin, Clèment, Lèonce, Lucien- surgió en él una admiración por la cultura francesa que se enriqueció con dos estadas en Paris, a fines de los 40 y los 50, y con sus suscripciones a varias publicaciones como la Revue des Deux Mondes, La Documentation Catholique, Esprit y otras que se llevaba a Melipilla y leía caminando a cierta velocidad. Poseía el mejor radar que he conocido porque jamás tropezó con obstáculo alguno.
El cultivo de los lazos familiares fue otro pilar de su vida. El primer eslabón era mi tía Alicia. Hacía ver a todos que su mujer era la virtud en persona y alababa todo lo que provenía de ella, estuviera bien o mal. Lo mismo ocurría al revés. Cuando Alicia partió el 2003, Alejandro le pidió a todos sus sobrinos que redactáramos unas líneas sobre ella. Compiló los trabajos, los editó, los publicó y los distribuyó como eximio homenaje a su esposa durante 63 años. El hogar de ambos estaba sostenido por una admiración y entrega recíproca, sin límites, sin condiciones, sin tiempo. Esa veneración era absolutamente confiada. El tío Alejandro sufría una aguda miopía y por lo mismo nunca manejó. Se entregaba totalmente a las dotes de Alicia como conductora, que eran bien limitadas. Sin embargo, gracias a Dios, a los rezos en los trayectos y a las habilidades de los demás para hacerles el quite, jamás tuvieron un accidente.
Mientras pudo, nos decía, nunca dejó de visitar diariamente a sus padres. Nos hacía ver que la peor falta de un hijo es la despreocupación por ellos. Asimismo, siempre nos habló con orgullo de sus hermanos y hermanas, de sus trayectorias y participó en todas las celebraciones donde era invitado. Cultivó las relaciones entre generaciones y acogió en su casa a esa familia extendida que eran sus alumnos más cercanos, entre los cuales había varios ministros y parlamentarios. Ese matrimonio, sin hijos propios, albergaba a muchos y particularmente a María Pía, con quien trabajaba arduamente, día tras día, capítulo a capítulo, tomo a tomo el Tratado ya mencionado.
Otra faceta suya era la vocación por enseñar. Era un maestro en todos los sentidos de la expresión. Su casa era la universidad y su hogar una extensión del aula. Su vida universitaria comenzó con quince años, cuando llegó de Talca a estudiar a Santiago y vivía en una residencia para estudiantes universitarios. Estaba siempre rodeado de alumnos en los pasillos, conversando, resolviendo inquietudes. Nunca rehuyó una pregunta. Al finalizar cada semestre, invitaba a su casa al curso completo para compartir con él y la tía, y en ocasiones participábamos alguno de los sobrinos.
Convocaba a los estudiantes que le pedían dinero para los trabajos voluntarios de verano o de invierno. Les entregaba el cheque, pero se daba el tiempo para conversar con ellos e interesarse sobre sus vidas y lo que iban a hacer durante esas actividades voluntarias. Siempre estaba educando.
El mundo universitario se entreveró con el ejercicio de la profesión de abogado e invitó a trabajar con él a varios alumnos que pasaron a ser colegas, socios, parte de la familia. Recuerdo a Mónica Hrepich, Valentina Fuentes, Marisol Peña y la propia María Pía Silva.
Siempre lo escuchamos hablar con enorme sencillez de sus amigos. Eran, ni más ni menos que personajes importantes del momento y de la historia reciente de Chile, como Patricio (Aylwin), Bernardo (Leighton), José (Piñera) y otros del partido que ayudó a fundar. En nuestra familia, especialmente desde la aplicación de la Reforma Agraria, había enormes diferencias con ese mundo y no pocas discusiones, pero siempre se mantuvo sereno, caballeroso, apelando a su enorme reserva de humor y picardía, a la comprensión de los puntos de vista ajenos sin renunciar a los propios.
No creo equivocarme si afirmo que todos los parientes, que admiramos la obra y personalidad del tío Alejandro, nos sentimos orgullosos de que María Pía Silva presida desde el lunes el Tribunal Constitucional. La ceremonia republicana de inauguración, presidida por el presidente de la República, con la presencia de la presidenta de la Corte Suprema, de la Contralora General, del cardenal y numerosos ministros y parlamentarios, es la que Alejandro Silva habría querido.
Nos sentimos agradecidos por el emocionado recuerdo a su profesor y maestro. Volvimos a oír su voz cuando la nueva presidenta del Tribunal Constitucional se planteó mejorar la relación entre la Justicia y la sociedad. Para comprender su sello no es suficiente la sintonía con el maestro en el campo del derecho. También es importante conocer estas otras dimensiones de Alejandro Silva Bascuñán, que ella conoció en la cotidianeidad de su vida y a quien acompañó hasta el final.

