Columna El Mercurio de Valparaíso, 18.10.2026 Demetrio Infante Figueroa, embajador ®
La Academia de la Lengua Española define diplomacia como "Rama de la política que se ocupa del estudio de las relaciones internacionales". Resulta que ese académico concepto me resulta un tanto general para el objetivo de este artículo. Voy a preferir el que está escrito en inglés en el tazón en el cual bebo hace 35 años mi café matinal. Aquel me fue donado por los dos terceros secretarios de la Embajada de Chile en Washington en el momento que partí a Nueva Zelandia a despeñarme por primera vez como Embajador de Chile. Dice más o menos: "Diplomacia es la habilidad de decir a alguien que se vaya al infierno y este busque los caminos para hacer el viaje". Dicho tazón - que quiero mucho - tiene, además, su fama. Su texto fue usado poco años después en un documento oficial de la Cancillería de Wellington redactado nada menos que por el ministro de Relaciones Exteriores de Nueva Zelandia de la época, Don McKinnon. Pero más allá de lo poco respetuosa que puede resultar esta última definición, resulta que el tema y sus actores conllevan aristas desconocidas y procedimientos especiales.
La diplomacia y los diplomáticos, en especial el papel que deben desempeñar los Embajadores ha sido un tema desde hace un tiempo recurrentemente tratado en nuestro medio por importantes personeros. Al mismo tiempo, comentado en variados artículos de prensa. No entraré en el análisis de aquél ni de éstos. Haré algunas observaciones más bien generales sobre la materia.
Básicamente, la función de los diplomáticos se engloba en tres conceptos: información, representación y negociación. Es decir, ellos tienen sobre sus espaldas el deber de proporcionar a sus autoridades mandantes antecedentes relacionados con ese trio de actividades. Son deberes que no cesan en el tiempo. Por ello es indispensable que se preparen adecuadamente y tengan en mente que esas responsabilidades están presentes en su vida diaria las 24 horas del día, los siete días de la semana. Como les decía a sus alumnos un profesor de la Academia Diplomática Andrés Bello: "Uds. serán diplomáticos chilenos hasta cuando se pongan el pijama en la noche y eso lo deben tener presente en su accionar."
Pienso que esa curiosa enseñanza tiene en sí una verdad absoluta. Un funcionario del Estado o de una empresa privada cesa en sus deberes diarios en el instante mismo en que, al final de la jornada, abandona su escritorio y se dirige a su casa. Si al momento de tomar su automóvil comete una infracción del tránsito, tendrá que someterse a la molestia de pagar una multa. Será un tema personal. Si eso mismo le acaece a un diplomático extranjero, el hecho llegará a conocimiento del respectivo Embajador y de la cancillería local, lo que creará una situación poco grata con uno y con la otra. Eso no le sucede a un funcionario común de cualquier Estado.
Se suele sostener que aquellos viven en fiestas y cocteles. Y ello es verdad. Debo confesar que en mi experiencia de más 35 años en la Cancillería muchas veces - estando en el exterior - no era nada de grato que después de un pesado día de labores en la Embajada tuviera que llegar mi casa a cambiarme rápidamente de tenida y pedirle a mi mujer que estuviera a tiempo y arreglada, para luego partir a una cena. En ese momento me resultaba mucho más atrayente sentarse en el living con la familia a ver televisión. Pero la asistencia a ese tipo de eventos era sustantiva pues en encuentros de esa naturaleza se representaba al país y, además, eran el sitio donde se podía conversar con actores relevantes -amistosa e informalmente - asuntos de interés para Chile sin tener que pasar por el trámite de solicitar oficialmente una audiencia donde el intercambio de puntos de vista resulta más complicado. En esa supuesta cena se podía cumplir, al mismo tiempo, con las obligaciones de representación, información y negociación. Pero la percepción pública está lejos de comprender aquello. La visión equivocada de parte de la ciudadanía ilustrada ha llegado al extremo de crear una especie de grito de guerra: "Comidas, whiskey y condecoraciones, Ministerio de Relaciones Exteriores".
Ahora bien, esa acción diplomática muchas veces debe ser ejecutada al interior del país cuando se dan ciertas circunstancias especiales. Podría dar decenas de ejemplos, pero me basta uno. Cuando detuvieron al General Pinochet en Londres me correspondió por un tiempo ser el segundo de la Cancillería, teniendo como ministro a José Miguel Insulza, personero fuera de serie como ser humano y como Canciller. El Panzer es un tipo excepcional y trabajar junto a él constituía una lección diaria. Un día se me quejó, con razón, que el alcalde de Providencia -muy cercano al General retenido en Londres - había resuelto que en señal de protesta su Municipalidad no recogería la basura de las Embajadas de España y Gran Bretaña por ser cómplices de aquella detención. Para no pocos esta conducta fue considerada como un acto valiente y ejemplar. En la realidad constituía una barbaridad, pues no solo se estaba contraviniendo la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas, sino que era lógicamente esperable que de esas Embajadas no saliera una sola palabra positiva destinada a resolver el problema de fondo. Le respondí al ministro que conocía al alcalde de marras, por lo que quedamos en que lo llamaría. Hablé con la autoridad comunal referida, la que me contestó que él le recogería la basura a esas Embajadas el día en que "mi general pise suelo chileno". Traspasé esa respuesta a Josè Miguel, quien no me hizo comentario alguno. A los dos días el criterio del alcalde en referencia había mutado radicalmente y los servicios suspendidos habían sido repuestos. Cuando le consulté al Canciller si él sabía lo que había pasado, lisa y llanamente me respondió "hice un llamado telefónico a un personaje adecuado". Me contó de quien se trataba, pero por razones obvias no lo mencionaré aquí. La diplomacia interna había funcionado y había ayudado a una importante gestión exterior que estaba en curso
En los últimos días han estado de moda variadas declaraciones del Embajador de Estados Unidos en Chile y diversas personalidades han exigido "una acción más dura de la Cancillería y la necesidad que se preserve el honor y el interés del país". Debo dejar constancia que al actual representante de le Casa Blanca no lo conozco ni de vista. Se ha pedido a Relaciones Exteriores una reclamación formal, la presentación de una dura nota de protesta e incluso la declaración de persona non grata del enviado americano. El Canciller, a mi juico con buen criterio "no se ha comprado" públicamente esas demandas y ha preferido hacer lo que se debe realizar en estos casos, usar los canales diplomáticos adecuados y hacer lo que corresponde, manteniendo la reserva del caso. En lo personal no tengo idea de lo que en concreto ha llevado a cabo, pero el hombre ha demostrado tener la astucia y la sagacidad indispensables para sentarse todos los días frente el escritorio de don Andrés Bello y hacer "su pega" en forma adecuada. Adicionalmente, tiene junto el a un Subsecretario de excepción.
Estimo que debemos tener en mente el pensamiento del brillante expresidente Ricardo Lagos "dejemos que las instituciones funcionen". En el caso de la diplomacia tengamos en cuenta que para funcionar bien requiere seguir los caminos adecuados y no los que en un arrebato del momento aparecen como lógicos.

