Columna Resumen Informativo, N*408 (22.10.2026) Claudio Rojas Rachel, embajador ®
Hacia el año 1200 a.C. se produce el mayor derrumbe civilizatorio del Mediterráneo antiguo. Todas las grandes potencias de la época colapsan de forma simultánea; el imperio hitita, las ciudades de Siria y el Levante, y la poderosa civilización micénica de Grecia. En ese contexto surge la guerra de Troya.
Quienes atacan y destruyen Troya son los aqueos (una coalición de reinos guerreros griegos, conocidos arqueológicamente como civilización micénica) que eran dueños de palacios fortificados, tecnología del bronce, rutas comerciales marítimas y una escritura propia. Logran vencer a Troya no por fuerza frontal, sino por astucia estratégica con “el famoso caballo de Troya”, símbolo eterno de la vulnerabilidad interna que ninguna muralla exterior puede detener.
Aquí está la lección histórica fundamental los aqueos ganan la guerra, pero pierden la civilización.
Pocas décadas después de la caída de Troya, su propio mundo se desintegra por completo. Se destruyen sus palacios, se pierde su escritura, se rompen sus redes comerciales y Grecia entra en una larga Edad Oscura. Su cultura, su memoria y su tradición se rompieron de forma irreversible. No hay continuidad entre los aqueos micénicos y la Grecia clásica de Sócrates, Platón y Aristóteles. Aquella civilización simplemente desapareció.
En ese mismo siglo, mientras todo el mundo mediterráneo colapsaba sin remedio, China vivió una continuidad histórica.
La dinastía Shang gobernó aproximadamente entre 1600 y 1046 a.c.; su etapa tardía coincide con la crisis del Bronce mediterráneo. No sufrió derrumbe sistémico ni ruptura cultural. Su escritura ancestral en huesos oraculares evolucionó sin interrupción, sus tradiciones rituales se preservaron y su núcleo civilizatorio se mantuvo firme a pesar de guerras, cambios de poder y conflictos internos.
En esa lógica de argumento también permite sostener –que por estas condiciones de evolución - la civilización china es la única ancestral del planeta que perdura “ininterrumpidamente” hasta la actualidad.
Después de Shang llega la dinastía Zhou, periodo donde nace la gran reflexión filosófica china. Confucio (551–479 a.C.) surge siglos después de la civilización Shang, en una época de fragmentación política y desorden social. Su pensamiento busca recuperar los valores rituales y morales de la tradición Zhou, ordenando la vida comunitaria, la ética y la relación entre gobernantes y gobernados. Es el gran pensador fundacional de una corriente que se transmitirá por milenios dentro de China. Paralelamente, en Grecia, nacerán Sócrates, Platón y Aristóteles, constructores del pilar filosófico occidental, pero sobre las ruinas de una civilización previa ya extinta.
Siglos después, el mundo se divide en dos grandes corrientes del pensamiento universal con la tradición griega occidental y la tradición confuciana oriental. Ambas definieron la política, la ética y la visión del Estado moderna, pero con orígenes históricos radicalmente distintos ya que una fue surgida de las cenizas de una civilización desaparecida, la otra construida sobre una herencia milenaria continua.
Trasladando esta perspectiva a la geopolítica contemporánea entre Estados Unidos y China, no es una simple disputa, sino como se convive a partir de matrices civilizatorias y modelos de orden global.
En efecto, EE.UU. representa el orden internacional europeo nacido de la tradición occidental, con ciclos de auge y colapso, rupturas y reinvenciones constantes. China proyecta una lógica histórica distinta en función de la evolución continua de una civilización que ha aprendido a resistir, adaptarse y perdurar durante milenios.
Así y desde una perspectiva subjetiva en análisis lecciones para el mundo, y especialmente para América Latina, que apuntan que ninguna fortaleza militar, tecnológica o económica es invencible. El caballo de Troya demuestra que las peores derrotas siempre entran por la confianza excesiva y las fisuras internas.
También, las victorias estratégicas no garantizan la permanencia. Los aqueos vencieron, pero colapsaron. En geopolítica, el poder que no tiene sustento civilizatorio ni estabilidad estructural es siempre temporal, más aún en “un mundo en reconfiguración”, los países medianos no deben elegir bandos, sino aprender de la historia. La verdadera soberanía consiste en analizar cada alianza, cada inversión y cada modelo de cooperación con criterio propio, sin dejarse seducir por regalos estratégicos ni relatos unilaterales.
La caída de Troya y el fin del mundo aqueo no son un mito del pasado. Son una advertencia moderna en medio del orden global actual que es también es frágil y en constante disputa de poder. La verdadera esencia de todo no está en la fuerza del momento, sino en la capacidad histórica de perdurar.
Para naciones como Chile – como una sociedad con una matriz política de orden jurídico, político y cultural cristiano-occidental, social y cultural forjada por la colonia - el juego geopolítico es distinto. No contamos con las características determinantes de poder y sociedad como estados Unidos, ni una continuidad civilizatoria milenaria como China, sino que somos un producto de una ruptura histórica, mezcla de pueblos indígenas y legado europeo.
Esto implica que nuestra mirada debe ser en donde reconocemos nuestra realidad y marcos institucionales con los valores heredados de Occidente, pero sin caer en la ilusión “de pertenecer automáticamente al bando de las potencias occidentales”. Nuestra mayor vulnerabilidad, al igual que Troya, reside en nuestras propias fisuras internas, las divisiones políticas, debilidades institucionales que prevalecen y, especialmente, la dificultad de construir un proyecto nacional que se proyecte en un ámbito de cooperación y entendimiento regional con otros países de mínimos comunes - no ideológicos – sino de beneficio compartido y en el interés del crecimiento económico, su distribución e integración social, en beneficio del bienestar de sus respectivos pueblos.
Es ahí donde debemos aprender a examinar con máxima cautela cada “regalo” que ingresa a nuestras murallas, tal como en lo que representa la metáfora / histórica el Caballo de Troya.

