Editorial OpinionGlobal Review, 25.08.2026
En nuestra edición de abril 2026 presentamos una visión general sobre el Medio Oriente (“Medio Oriente: Una visión realista sobre el poder y el derecho”). Luego, en la del mes de junio nos hicimos cargo de las posibilidades reales para un término de la Guerra de Irán (“¿Fin a la Guerra de Irán?”). Y, en esta tercera oportunidad, buscamos analizar la dinámica entre los factores de continuidad y de cambio en los conflictos de la región.
Lo histórico
Hubo un momento no lejano en que tres países árabes competían por el poder y la influencia en el Medio Oriente: Egipto, Siria, e Iraq. Todavía son importantes, pero carecen hoy del peso y poder para proyectarse como antes. La Primavera Árabe y otros desafíos internos los han sacado de la primera línea, al tiempo que han surgido nuevos centros de poder regional. En paralelo, el histórico conflicto árabe-israelí sobre Palestina comenzó a verse desplazado por otros intereses regionales.
El primer gran hito fue la revolución islamista (chiita) iraní de1979, a partir del cual Teherán se transformó en un enemigo directo de EEUU y en una amenaza existencial para Israel. El dominio iraní se inició con una red regional de proxies, conocida como el “Eje de la Resistencia” (Hamas en Gaza, Hizbulá en El Líbano, Hutíes en Yemen y milicias chiitas en Irak) y, en seguida, se expandió a partir de un programa de desarrollo nuclear y de una mayor capacidad militar basada en misiles y drones.
Frente al desafío iraní, EEUU reforzó su alianza bilateral con Israel, negoció los Acuerdos de Abraham (relaciones diplomáticas entre árabes e israelíes) y, junto a Arabia Saudita, buscaron el fortalecimiento de la cooperación entre los países del Golfo (Arabia Saudita, Baréin, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Qatar).
Grandes desafíos en juego
Nuevos desarrollos están definiendo la geopolítica regional. Entre ellos, habría que destacar el crecimiento interno y externo de Israel; el agotamiento del nacionalismo palestino; y el surgimiento de potencias no árabes (Israel, Irán y Turquía), que se han constituido en estados funcionales, con gran potencial económico, que cuentan con un gran complejo militar-industrial, y que disponen de organismos de inteligencia bien desarrollados.
Otras evaluaciones sobre las dinámicas de cambio en el Medio Oriente resultan de las distintas interpretaciones acerca de la Guerra de Irán. Así, por ejemplo, los críticos de Trump hablan de una derrota norteamericana al estilo de Vietnam, con un eventual retiro parcial de la región, debido a que el régimen de Teherán se mantiene incólume, busca beneficiarse del control del Estrecho de Ormuz y, a pesar de todos los bombardeos sufridos, todavía está capacitado para lanzar misiles en represalias contra Israel y los países del Golfo. Fruto de ello, la relación personal Trump-Netanyahu y la alianza norteamericano-israelí estarían cuestionadas
Otros analistas, en cambio, si bien reconocen las constantes improvisaciones e inconsistencias del presidente norteamericano, sostienen que Washington no abdicará de la no proliferación en el caso iraní. Por ello, la detención de los ataques estadounidenses a Irán se mantendrá solo hasta las primarias de noviembre (evitar la pérdida de apoyo electoral) para reiniciarse de inmediato después, ya que el régimen iraní está debilitado militar y, sobre todo, políticamente. Una prueba al canto es que Teherán no ha podido últimamente financiar ni entregar armamento a sus proxies.
La situación en Gaza
La guerra en la Franja de Gaza se ha detenido, pero las perspectivas de un arreglo definitivo respecto de su futura administración parecen disiparse. El Plan de Paz de Trump contemplaba originalmente el desarme de Hamas, un gobierno palestino tecnocrático y el retiro posterior de la Fuerza de Defensa de Israel (FDI). Sin embargo, y a pesar de haber reducido sus capacidades, Hamas mantiene sus armas y ya ha infiltrado el supuesto gobierno tecnocrático. La guerrilla palestina sostiene ahora que solo entregará las armas después del retiro de la FDI, lo que es obviamente rechazado por Israel.
Enfrentamientos entre israelíes y Hizbulá
En vista de las operaciones de Hizbulá contra el norte de Israel durante la Guerra de Irán, la FDI invadió el sur de El Líbano para acabar con las milicias chiitas proiraníes en dicho país. Gracias a la mediación de Washington, se consiguió en junio de 2026 un acuerdo marco entre Israel y El Líbano para desmantelar en forma conjunta al Hizbulá. Así, a medida que la FDI despejaba los bastiones de la guerrilla, éstos pasaban a ser ocupados por el ejército libanés. Pero la situación interna libanesa se ha complicado, porque el presidente Joseph Aoun ha cambiado ahora su posición inicial y está condenando a Israel y exigiendo el retiro de la FDI de su territorio. Detrás del eventual giro libanés están los denodados esfuerzos separados de Irán y Turquía por contener el evidente expansionismo israelí. Por lo tanto, el desmontaje de Hizbulá está nuevamente demorado y por el momento depende solo de los progresos de la propia FDI.
El Pacto de Defensa de la Meca
En respuesta al eventual retiro parcial norteamericano de la región, a la posición hegemónica de Isreal y el inicio de la decadencia de Irán, se observan cambios rápidos y profundos en la región. El más relevante es que Arabia Saudita, Turquía y Pakistán sellaron un histórico acuerdo de defensa que promete transformar el tablero geoestratégico en el Medio Oriente. Dicho pacto (al estilo del art.5 de la OTAN) incluye una cláusula según la cual un ataque armado contra cualquiera de los tres países firmantes se considerará un ataque contra todos ellos. Los aportes individuales al grupo son importantes: Arabia Saudita es el productor de petróleo por excelencia, dispone de recursos financieros nada despreciables y su influencia en la región es clave; Turquía es miembro de la OTAN y ha desarrollado un enorme complejo militar-industrial; y Pakistán se destaca por su disuasión nuclear y el apoyo de China.
Está por verse si otros países se sumarán al Pacto de la Meca, en particular Egipto y Qatar. En el primer caso, el gran dilema para el gobierno de El Cairo es su inestabilidad interna (110 millones de habitantes con mala situación económica y alta deuda), además de estar rodeado por países o áreas vulnerables. Asimismo, tiene una política exterior equilibrada que evita compromisos con un bando en contra de otro. Y, en ese contexto, se preocupa de no perder el apoyo de EEUU.
Con todo, el nuevo bloque busca no solo contener las aspiraciones hegemónicas tanto de Irán (sauditas y turcos son sus grandes rivales) como de Israel (quiebre de los Acuerdos de Abraham), sino que pone en entredicho el rol de EE. UU. como único garante de seguridad y estabilidad regionales, a la vez que Israel y Turquía rivalizan de forma creciente por el control de la Siria post Asad. No olvidemos al respecto que Irak (chiita) y Siria (sunita) son los países disfuncionales actualmente más afectados por la insurgencia iraní en la región. Y, en ambos, Ankara busca su estabilización mediante el control de los kurdos. Además, Turquía podría llegar a intervenir en Yemen en contra de los hutíes proiraníes para asegurar que las exportaciones sauditas por el Estrecho Bab el-Mandeb fluyan con normalidad.
Otra conclusión que podemos sacar del Pacto de la Meca es el giro de Arabia Saudita hacia sus dos nuevos socios, en desmedro de su liderazgo de los debilitados países del Golfo ante las represalias iraníes. Las relaciones de Riad con Moscú y Beijing también se han visto favorecidas. Ello, a pesar de las repetidas torpezas del príncipe saudí Mohamed Bin Salman (guerra en Yemen, bloqueo de Qatar, y abusos en materia de derechos humanos).
Lo que no se comenta mucho, sin embargo, es que estaríamos presenciando un cambio que es estructural en el Medio Oriente: El reemplazo del islamismo chiita (Teherán y sus proxies) por un islamismo sunita no menos radical, fruto de la influencia creciente de la Hermandad Musulmana, particularmente en países como Egipto, Qatar y Turquía. De allí pues la declaración de los firmantes en La Meca, afirmando que el pacto obedece a "los lazos históricos de larga data" y a los vínculos de "solidaridad islámica", que unen a los tres países que ahora pretenden ampliar "sus intereses estratégicos compartidos" para "fortalecer aún más su seguridad colectiva y promover la paz" en Oriente Medio.
Por último, esta nueva amenaza islamista podría presentar un doble peligro a futuro: 1) El proceso de islamización en Occidente (Europa y EEUU); y 2) Los bloques militares inspiran la formación de contra bloques, lo que fue una de las causas principales de la I Guerra Mundial en 1914.

