Carta especial de candidato presidencial venezolano

Carta
Realidad & Perspectivas, N*125 (mayo de 2024)
Edmundo González Urrutia, embajador (r) y candidato presidencial venezolano

En carta autorizada para su publicación, el diplomático Edmundo González relata al director de RyP el origen y alternativas de su candidatura presidencial como representante de la oposición venezolana unida.

Estimado José.
Recibe un cordial saludo. Estoy agradecido por tu interés sobre lo que ocurre en Venezuela. Hace poco menos de un mes, fui designado como candidato presidencial de las fuerzas democráticas para las elecciones que se realizarán el próximo 28 de julio en mi país. Mi postulación cuenta con el apoyo de María Corina Machado, líder de la oposición venezolana electa en la elección primaria del pasado 22 de octubre de 2023, y de los partidos políticos que integran la Plataforma Unitaria Democrática. En estas líneas, profundizaré en tres ideas. Primero, sobre el contexto autoritario que padecemos los venezolanos; segundo, sobre mi designación, y, tercero, sobre mis expectativas.

Desde hace más de dos décadas, los venezolanos vivimos en dictadura. El régimen chavista-madurista ha traído consecuencias devastadoras dentro y fuera del país. Pobreza extrema, desigualdad salvaje, degradación estatal y migración forzosa: más de siete millones de venezolanos han huido del país. A todo esto, se suma la represión política y la violación sistemática de Derechos Humanos. A pesar este contexto hostil, los venezolanos hemos insistido en la necesidad de volver a la democracia y hemos identificado en las elecciones del próximo 28 de julio una oportunidad pacífica y constitucional para lograrlo.

Este camino ha sido largo y complejo. Los obstáculos no han sido pocos. Enumeraré solo algunos: la inhabilitación política y arbitraria de María Corina Machado; la proscripción de los principales partidos políticos; las desapariciones forzosas de integrantes del Comando con Venezuela; la persecución de líderes opositores, y la instalación de un sistema electoral amañado y no competitivo. Por eso, me atrevo a decir que mi candidatura fue posible gracias a la fortuna –o la Providencia– que obró y dispuso que mi nombre prevaleciera como una opción que encarna los deseos de cambio que hoy unen al país.

Aún es pronto para identificar con precisión los factores que permitieron mi postulación. Es aventurado señalar causalidades sobre la marcha. Sin embargo, puedo decir que: mi candidatura responde a un error de cálculo del régimen. Intentaré explicarme: después de la imposibilidad de inscribir como candidatas presidenciales a María Corina Machado y a Corina Yoris, la oposición democrática corrió con el riesgo de quedarse sin opción en el tarjetón electoral. Esa realidad no le convenía a la dictadura; sin opción verdaderamente opositora las elecciones no cumplirían sus fines legitimadores. Por eso, decidieron abrir una posibilidad y permitieron que los factores democráticos inscribieran una candidatura provisional que fuera sustituida semanas después.

Cuando eso ocurrió, las fuerzas democráticas me solicitaron asumir la candidatura provisional. Llegaron a mí por una razón formal: fui fundador de la Mesa de la Unidad Democrática y mi nombre aparece en los registros legales. Decidí aceptar bajo la premisa de transitoriedad. Eventualmente designarían a otro candidato, pensé. Sin embargo, pasó lo que muchas veces ha pasado en la historia de mi país: lo provisional se transformó en definitivo. Pasaron los días y la dictadura vetó todas las opciones que eran viables para los votantes. Y, llegado el momento de decidir, mi nombre resultó ser el que contaba con el apoyo unánime de las fuerzas democráticas y con el “visto bueno” de la dictadura. Así, llegué a ser candidato presidencial.

Ciertamente, el relato anterior es incompleto y tiene imprecisiones. Corresponderá a los historiadores reconstruir sus pormenores. En lo que a mí respecta, puedo decir que se trata de una responsabilidad sobrevenida que he asumido con profundo sentido patriótico. Aún faltan casi dos meses para el día de la elección y es mala consejera ofrecer pronósticos concluyentes. Los momentos de cambio son imprevisibles y volátiles. Por eso, cuando se trata de reflexionar sobre mis expectativas, prefiero ser cauto.

De este proceso, espero lo mismo que los millones de venezolanos que hemos padecido los embates de la dictadura. Espero que la buena fortuna –o la Providencia– nos siga guiando y el próximo 28 de julio podamos expresar en las urnas nuestros deseos de libertad. Para ello, estamos fortaleciendo la unidad de todos los factores políticos y construyendo una legión ciudadana que sea capaz de defender cada voto. Me llena de esperanza vivir el día a día y ver la capacidad de resiliencia política que guarda nuestro país. Las demostraciones de apoyo popular y de valentía ciudadana son conmovedoras y nos obligan a avanzar en unidad hacia la democracia.

El próximo 28 de julio será un hito histórico para Venezuela, para América Latina y para Occidente. El fin de la dictadura chavista-madurista significará el triunfo de los valores democráticos que nos inspiran. El 29 de julio amanecerá un país deseoso de transformaciones estructurales que le permitan superar los dolores del pasado. Puedo advertir que ese proceso será complejo y demandará del acompañamiento de organismos internacionales que ofrezcan garantías a todos los actores políticos que quieran facilitar nuestro tránsito hacia la democracia. Estoy seguro de que contaremos con el apoyo de nuestros aliados en todo el mundo, especialmente de América Latina.

Me despido, no sin antes volver a agradecer tu interés y gentileza. Esta breve carta, dirigida a tu publicación y a tus lectores, es el testimonio de un demócrata que aceptó con sentido de trascendencia el llamado de su país.

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