Blog El Internacionalista del Fin del Mundo, 12.07.2026 Juan Pablo Glasinovic Vernon, abogado, exdiplomático y columnista
Como bien lo sabemos, el Medio Oriente es una región inestable y propensa a las guerras y esa situación difícilmente cambiará. Su ubicación geográfica de puente entre Asia, Europa y Africa, así como su rol principal en el abastecimiento energético mundial y su condición de origen de las principales religiones monoteístas, aseguran el interés cuando no intervención de potencias externas, pero también impulsan una fuerte competencia de suma cero dentro de la región.
Lamentablemente la paz ha pasado a ser un estado entre dos guerras y los conflictos internos siempre terminan internacionalizándose. Lo que ha variado son los actores y su influencia. Durante el siglo XX como actores hegemónicos se sucedieron el Imperio Otomano, el Imperio Británico y Francia, Estados Unidos y Rusia y, más recientemente, Irán, Turquía, Israel y Estados Unidos.
Rusia salió de escena porque no pudo sostener el régimen dictatorial de los Assad y debió abandonar sus bases en Siria en las cuales llevaba décadas y desde donde podía proyectar su poder militar e intervenir según sus intereses, tradicionalmente alineados con el mundo árabe contra Israel y Estados Unidos. Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial ha intervenido masivamente en esta parte del mundo, tanto para apoyar a Israel como para asegurar la producción y el suministro de hidrocarburos. Incluso a principios de este siglo intentó impulsar un proceso de democratización, que por supuesto no tuvo éxito. Estas intervenciones dejaron en evidencia el poder de este país que logró un tratado de paz entre Israel, Egipto y Jordania, pero también han sido una de las causas principales de su desgaste. Por lo mismo, desde el primer gobierno de Trump hubo un esfuerzo para disminuir su rol en la región y concentrarse en la competencia global con China.
Pero esa intención quedó sin efecto cuando en febrero del presente año Israel y Estados Unidos atacaron Irán, inaugurando una nueva guerra regional. El gobierno israelí logró arrastrar a Trump en este conflicto, bajo la premisa de que se podía redibujar el mapa del poder de la zona, al mismo tiempo que reemplazar el régimen de los ayatolas por una democracia y también terminar con su posibilidad de desarrollar armas nucleares.
Lo que parecía una guerra corta con nombres portentosos como “Furia Épica” (EE.UU) y “León que se levanta” (Israel), ha significado muchas muertes y gran destrucción en varios países, extendiendo además el teatro de las operaciones. En ese cuadro el Líbano ha sido una de las principales víctimas colaterales, con parte de su territorio invadido por Israel, con gran destrucción, miles de muertos y casi un 20% de la población desplazada. Casi 6 meses después del inicio de las hostilidades, ninguno de los objetivos del ataque se ha cumplido. El régimen continúa en pie con un control reforzado y su capacidad militar, aunque mermada, sigue siendo capaz de afectar a Israel y otros países de la región. Irán ha logrado también infligir un daño económico significativo al propio Estados Unidos y al mundo, con su bloqueo del estrecho de Ormuz, impidiendo así la salida de alrededor de un tercio del petróleo mundial. Esto se ha traducido en el alza global de la inflación y la posibilidad de una recesión también general.
Considerando ese escenario y la creciente impopularidad de esta guerra en Estados Unidos, así como las elecciones de mitad de período en noviembre, el presidente Trump ha procurado recular con treguas fallidas y la negociación de un acuerdo de paz. El régimen iraní que se consolida en este estado de guerra ha sentido que puede extraer concesiones significativas de Estados Unidos y que el tiempo juega a su favor. Si bien no puede infligir un gran daño militar a su atacante, sí está afectando su economía y eso podría contribuir a una derrota electoral de Trump quien arriesga quedar sin mayoría parlamentaria en sus últimos años, lo que reducirá su margen de maniobra incluyendo nuevas aventuras militares. Esto sin contar con la erosión del prestigio de Estados Unidos que deja en evidencia que no puede doblegar a Irán y eso se traduce en que ningún aliado, tanto de la región como de afuera, ha querido sumarse a los ataques.
Como están las cosas no se vislumbra una salida fácil para Estados Unidos. El objetivo de derribar el régimen y privar a Irán de armas nucleares necesariamente requiere de una invasión, lo que, junto con exigir otra escala logística, implicaría una mortandad importante de soldados norteamericanos, con las consecuencias políticas ya señaladas. Además, el resultado no está garantizado y podría dar lugar a una campaña de años.
La combinación de guerra y defenestración del régimen podría significar una implosión de Irán, lo que tendría profundos efectos en la dinámica regional, pudiendo sumar más conflictividad. Trump deberá entonces definir qué curso quiere adoptar, si contentarse con haber dejado más debilitado a Irán y esperar que los efectos de la guerra, más la permanencia de las sanciones, terminen por hacer insostenible las condiciones de vida y promuevan un cambio, o seguir con la opción militar hasta lograr sus condiciones, con el alto riesgo de no lograrlo. Mientras esto ocurre, otros actores están aprovechando el contexto generado por esta guerra para fortalecer sus posiciones. Destacan Turquía, Israel y, en menor medida, Pakistán.
Turquía se ha constituido en el país que más influencia tiene sobre el régimen sirio. Respecto de Irán favorece su integridad entendiendo que su desmembramiento podría facilitar un estado kurdo en desmedro de su propia unidad (alrededor de un 20% de la población turca es kurda y está mayoritariamente concentrada en el este en vecindad con Irán, Irak y Siria). El creciente ascendiente sobre Siria y un fuerte deterioro de la relación con Israel en los últimos años, podría poner a ambos países en colisión, al menos en sus zonas de influencia.
Israel con Netanyahu ha decidido sin tapujos en convertirse en un hegemón regional y dominar su entorno por la fuerza. En esa perspectiva, la destrucción o neutralización de Irán es indispensable. A diferencia de Turquía, Israel considera que una reconfiguración territorial a partir de la desintegración iraní, no le afectaría directamente y podría ser beneficiosa para ocupar, enfrentar y debilitar a sus otros competidores.
Pakistán por su lado tiene un doble juego. Por una parte y con la mediación, busca elevar su status internacional, pero más importante, quiere evitar estar rodeado de países enemigos considerando que ya tiene frentes abiertos con India y Afganistán.
Para ir concluyendo y como en todo conflicto, ¿quienes ganan y quienes pierden? En el corto plazo triunfan Estados Unidos e Israel indudablemente. Pero en una perspectiva mayor, y la región se caracteriza por dinámicas complejas y extendidas, empiezan las interrogantes. Una de ellas es el impacto de la distracción de Estados Unidos en su competencia con China y su papel futuro en la región. Una posibilidad es que se repita la dinámica de Irak y Afganistán, pero también esta guerra podría acelerar su retiro a un papel más secundario (especialmente tras la salida de Trump), dejando un vacío que intentarán llenar otros. Ahí los mejor posicionados son Israel y Turquía.
Si bien Israel bajo Netanyahu ha optado por la vía bélica para no solo consolidar su seguridad sino también extender sus fronteras, no tiene ni la población ni el territorio para sostener un esfuerzo militar en el tiempo y menos sin el respaldo de Estados Unidos. Y resulta que esta guerra ha tensionado la relación con este país, en el cual además está en curso un cambio transversal de valoración de la relación bilateral y del propio Israel. Si ya la mayoría de los demócratas tiene una visión negativa de este estado, esta apreciación se ha extendido al Partido Republicano en sus estamentos más jóvenes y, en el conjunto de la sociedad estadounidense prima una mala imagen de Israel, percepción que ha crecido sostenidamente. Esto en algún momento se traspasará a la relación bilateral y evidentemente quien más tiene que perder es Israel.
Por último, y para no extenderme más en un análisis que tiene tantas variables: esta guerra y su contexto anterior han derribado o terminado de derribar ciertos pilares y principios que contribuían a la paz o facilitaban su búsqueda. Uno tiene que ver con que las democracias no promueven la guerra, sino que se supone que favorecen la diplomacia y el Derecho Internacional. Evidentemente, esto constituye una estocada profunda al sistema de Naciones Unidas que busca reorganizarse a partir de la elección de un nuevo secretario general.
En el caso de Israel, también se ha roto otro pilar sobre el cual descansaba la percepción internacional que hizo posible su creación y desarrollo: su condición de víctima de crímenes atroces a lo largo de la historia y especialmente durante el período nazi. Al pasar a victimarios en Gaza y en múltiples otros episodios desde los territorios ocupados hasta el Líbano, han derribado un intangible que seguramente tendrá repercusiones en el futuro, porque por más transaccional y de poder duro que sea el nuevo esquema de relaciones internacionales, los valores y las percepciones siempre jugarán un papel.
Como en todo, hay muchas fuerzas en movimiento y como siempre lo más relevante es procurar discernir las tendencias de largo plazo lo que es particularmente difícil en una región con tanta contingencia. Una de ellas y como lo he expuesto acá, es el crecimiento de la influencia turca.

