Reconectar generaciones: una estrategia país para enfrentar la soledad y transformar el cuidado

Columna
El Líbero, 15.05.2026
José Luis Balmaceda, embajador ® y presidente Fundación Sinergia Humanitaria

El valor del diálogo intergeneracional es ampliamente reconocido. El verdadero desafío, sin embargo, es transformarlo en una respuesta concreta a dos de los problemas más urgentes que enfrentan las personas mayores: la soledad no deseada y los cuidados.

La soledad no deseada no es simplemente estar solo. Es una experiencia que afecta la salud, debilita los vínculos y deteriora la calidad de vida. Hoy sabemos que la falta de conexión social tiene efectos comparables a factores de riesgo relevantes, impactando tanto la salud mental como física. Pero entenderla como un problema individual es un error. Se trata de un fenómeno social, influido por el entorno, la cultura y las políticas públicas que organizan nuestras ciudades y relaciones. En un país que envejece aceleradamente como Chile, esta realidad ya está instalada.

Existe, además, una brecha crítica: quienes participan en espacios comunitarios tienden a no sentirse solos, mientras que quienes permanecen en sus hogares viven esta experiencia en silencio. Esto obliga a cambiar el enfoque: no basta con ofrecer servicios, es necesario ir al encuentro de quienes no llegan. La soledad no siempre se ve; muchas veces, simplemente no toca la puerta.

La comunidad y el vínculo como respuesta. Las respuestas más efectivas no provienen sólo de intervenciones institucionales. Surgen desde lo cercano: el barrio, el vecino, el comercio local. Allí se configura un sistema de cuidado informal, pero decisivo.

Pero el desafío de los cuidados va más allá. En una sociedad que envejece, no es posible seguir abordándolos como una responsabilidad fragmentada o invisible. Los cuidados requieren ser entendidos como un sistema, donde Estado, comunidad, familias y redes locales se articulan de manera coordinada. Cuando esto no ocurre, la carga recae desproporcionadamente en los hogares —y especialmente en las mujeres—, reproduciendo desigualdades y profundizando el aislamiento.

El diálogo intergeneracional cumple aquí un rol estratégico. No es accesorio: es el puente que fortalece los sistemas de cuidado, distribuye responsabilidades y transforma el envejecimiento en valor social. Su impacto es claro:

  • Permite a las personas mayores seguir aportando desde su experiencia, incluso en roles de cuidado y acompañamiento
  • Reduce prejuicios y rompe el edadismo
  • Genera aprendizaje mutuo e innovación social
  • El valor no está en una generación aislada, sino en su interacción.

De la asistencia a la co-creación. Durante décadas, las políticas públicas han estado marcadas por el asistencialismo: una lógica en la que las personas mayores aparecen como sujetos pasivos, receptores de ayuda, más que como actores con capacidad de aportar. Hoy, ese enfoque ya no alcanza. Lo que necesitamos es un cambio de paradigma: pasar de la asistencia a la co-creación.

Esto implica entender a las personas mayores como actores comunitarios activos; a los jóvenes como facilitadores y enlaces; y a las comunidades como redes vivas de cuidado. No es sólo una idea atractiva: es una estrategia efectiva. La evidencia muestra que el fortalecimiento de vínculos sociales reduce la soledad y mejora la calidad de vida, al mismo tiempo que refuerza la cohesión social.

Persistir en la lógica del “gasto” es, además, un error estratégico. Las personas mayores concentran experiencia, resiliencia y conocimiento acumulado. Integrarlas activamente no es sólo una cuestión ética, sino también una decisión inteligente. Una sociedad que invierte en su longevidad está, en realidad, invirtiendo en sí misma.

Pero este cambio no será posible sin transformar el relato. Chile necesita redefinir cómo entiende la vejez y la discapacidad. No basta con comunicar mejor: hay que pensar distinto. Visibilizar a las personas mayores como protagonistas, promover el encuentro entre generaciones y dejar atrás una narrativa centrada en la carencia para avanzar hacia una basada en la contribución. El lenguaje no es neutro: moldea la cultura y, con ello, la realidad.

Sin duda, el cambio cultural debe ir acompañado de decisiones concretas. Las políticas públicas del futuro no pueden seguir diseñándose sin la participación activa de quienes buscan beneficiar. Incorporar la soledad como indicador de salud pública, diseñar ciudades que favorezcan el encuentro, impulsar espacios intergeneracionales, integrar a las personas mayores en decisiones locales y, fortalecer redes comunitarias de cuidado, no son medidas accesorias: son condiciones mínimas para una sociedad que envejece.

Chile tiene una oportunidad particular. En muchos territorios, especialmente fuera de los grandes centros urbanos, persisten formas de organización comunitaria que pueden ser la base de modelos innovadores. Desarrollar proyectos piloto en estas zonas permitiría ensayar soluciones escalables, basadas en el diálogo intergeneracional y el fortalecimiento del capital social local, que aborden, primordialmente, la soledad no deseada y los cuidados. La implementación de la ley Chile Cuida, nuevo marco legal que busca profesionalizar y apoyar los cuidados en el país, abre la vía para responder a una urgente demanda histórica y a un espacio de cooperación regional en la materia.

El reto es que la sociedad incorpore la realidad de las personas mayores en sus preocupaciones cotidianas y actúe antes de que este hecho se transforme en una emergencia social. El imperativo es, entonces, entender que el tema:

No es gasto: es inversión.
No es dependencia: es aporte.
No es pasado: es presente activo.
No es un “ellos”: somos todos.

Porque, en definitiva, todos estamos construyendo nuestra propia vejez.

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