Blog El Internacionalista del fin del mundo, 31.08.2026 Juan Pablo Glasinovic Vernon, abogado (PUC), exdiplomático y columnista
El efecto principal de la guerra en Irán ha sido el encarecimiento de los hidrocarburos, con su efecto dominó en todo el resto de la economía: transporte, electricidad, fertilizantes e insumos industriales derivados del petróleo.
Las reservas de petróleo están concentradas en el mundo, correspondiendo casi el 50% del total al Medio Oriente. Le siguen América con 35%, quedando el saldo distribuido entre Eurasia y África. Esa concentración vuelve más aguda la crisis de la disminución de la exportación desde esa región.
En nuestro continente, las mayores reservas están en Venezuela, estimándose que representan casi el 20% del total mundial a la fecha.
Si nos vamos a la producción, el continente americano lidera en relación con sus reservas con el 30% del total. El Medio Oriente alcanza también esa cifra, pero con reservas mucho mayores como lo vimos.
En nuestra región, Estados Unidos produce entre 18 y 22 millones de barriles al día (20–22% del total mundial).
Finalmente, el otro componente del sector es la refinación. Ahí la mayor capacidad instalada y productiva está en Asia con 45% del total. El liderazgo indiscutible lo tiene China. Le siguen América con 25% (20% en el norte y 5% en el sur), repartiéndose el resto en estimativamente 12% en Europa, 12% en Medio Oriente y 4% en África.
En suma, se aprecia una concentración en las 3 áreas del rubro, aunque con una distribución diferente. Asia y en particular China tiene una capacidad de refinación que excede con creces su producción, con lo cual para estar operativa requiere de suministros externos.
Por otra parte, el petróleo que no ha sido refinado casi no sirve como combustible y tiene muy pocos otros usos. Es por tanto una industria altamente dependiente de la cadena de transformación y que requiere de economías de escala con altas inversiones. Aquellos países que tienen una integración vertical son aquellos que se benefician de los mayores precios de venta.
La capacidad de refinación no solo se ha visto afectada por la disminución del fujo de suministro desde el Medio Oriente. En el caso de la guerra entre Rusia y Ucrania, se estima que este último país ha interrumpido o destruido entre un 30% y 40% de la capacidad operativa rusa. Eso ha significado que Rusia ya no cubre sus necesidades internas, debiendo importar alrededor de un tercio de su petróleo refinado en el exterior.
La participación del petróleo en la matriz energética global se sitúa en torno al 29%, lo que lo mantiene como la mayor fuente individual de energía primaria del mundo, por encima del carbón, el gas natural y todas las energías renovables combinadas. Es por tanto un factor prioritario en todas las economías.
En este panorama global, Venezuela es una pieza clave por sus reservas, aunque no por su producción y refinación actual que se desmoronó durante el chavismo, pasando de más de 3 millones de barriles diarios en los años noventa a 1 millón actualmente.
La crisis en el Medio Oriente con sus repercusiones globales ha impulsado al gobierno de Trump a profundizar su control sobre el sector petrolero venezolano. Tras la captura de Maduro y la unción por la administración estadounidense de la presidenta interina Delcy Rodríguez, el gobierno norteamericano tomó el control de la comercialización del petróleo. Parte de los ingresos de PDVSA (empresa estatal venezolana) queda en cuentas designadas del Departamento del Tesoro, y Estados Unidos determina y supervisa los desembolsos a Venezuela.
Este viernes dicho control escaló. Trump anunció un gran acuerdo petrolero con el gobierno de Delcy Rodríguez que implica el dominio mayoritario estadounidense sobre las reservas probadas de más de 65.000 millones de barriles. Esto representa más del 20% del total de las reservas de dicho país.
Se pretende desarrollar 17 campos estratégicos con una inversión superior a los 100.000 millones de dólares y las empresas estadounidenses tendrán una licencia para la operación directa en esos yacimientos.
El acuerdo duplica las reservas petroleras estadounidenses, según Trump.
Su objetivo inmediato es mitigar la escalada de precios derivada de la situación en el Golfo Pérsico, pero también ampliar las reservas estratégicas de su país en un escenario global más incierto. No menos importante es el beneficio directo a empresas norteamericanas, lo que debiera impactar positivamente en el PIB estadounidense.
Trump espera que la dimensión económica - aunque sea como señal a los mercados - tenga un impacto favorable en las elecciones de mitad de período, mientras profundiza en el hemisferio la doctrina “Donroe”, con su ascendiente sobre el gobierno venezolano.
Hasta ahora la dinámica era condicionar al régimen chavista mediante el control de sus ingresos, permitiéndole mantener el poder para evitar la inestabilidad, empujando discretos cambios para avanzar hacia unas elecciones abiertas, pero sin plazo definido para ello. Ese proceso estaba entregado en buena medida al secretario de Estado Marco Rubio quien podría buscar la presidencia de Estados Unidos tras el mandato de Trump, y que pretende apalancar esa candidatura a partir de una redemocratización de Cuba y Venezuela.
El acuerdo reseñado introduce muchas interrogantes, partiendo por su recepción por la sociedad venezolana. Por ser un anuncio reciente y porque existe una fuerte censura mediática, no es posible aún apreciar el sentir popular.
Como era de esperar, el gobierno venezolano presentó el acuerdo como un hito histórico y una nueva etapa de prosperidad. Afirma que el pacto permitirá incrementar considerablemente la producción, con participación de operadores privados y esas inversiones impulsarán la reconstrucción de infraestructura estratégica, el empleo local y el crecimiento económico.
En resumen, el gobierno lo ha presentado como una victoria política y económica.
Según lo informado, la presidenta interina Delcy Rodríguez otorgó a Estados Unidos una concesión de 100 años para operar y desarrollar 17 campos petroleros con reservas probadas de 65.000 millones de barriles.
El acuerdo incluye 55% de control estadounidense en la sociedad conjunta que administrará esos campos y sus ingresos, entregando la operación a empresas norteamericanas.
Es imposible no contrastar esto con la postura general del gobierno de Trump en materia de acuerdos comerciales, donde busca abreviar su duración con fecha de expiración programada (sunset clause) para volver a negociar mejores condiciones. Acá se define un período nada menos que de un siglo.
No es aventurado pensar que por más que demore en llegar, un próximo gobierno democrático venezolano probablemente exigirá renegociar o incluso denunciará el acuerdo.
La incertidumbre de lo que será la reacción de la población, así como la continuidad del acuerdo en el mediano plazo son variables que evidentemente van a condicionar la inversión de las empresas norteamericanas.
Este acuerdo podría también cambiar el escenario que estaba regentando el secretario de Estado Rubio. La nueva contracción de la soberanía venezolana podría estimular fuertemente el movimiento opositor, generando una movilización que precisamente Estados Unidos ha procurado contener y encauzar sin plazos concretos. Incluso esto podría derivar en un sentimiento antiestadounidense que perjudicará precisamente lo que busca el gobierno de ese país, esto es asegurar la disponibilidad de las mayores reservas probadas de petróleo en nuestro continente para su explotación preferente y consumo.
El gobierno chavista presionará por acceder a más fondos administrados por el Departamento del Tesoro, representando que la única manera de garantizar la paz social es que la población sienta que sus condiciones económicas están mejorando. Si así sucede, podría favorecerse la consolidación del régimen, así como la desaparición de la agenda de la prioridad democrática en el hemisferio y la consagración de la realpolitik o política del poder puro y simple.
Tras este anuncio grandilocuente que pretende reordenar el tablero del petróleo mundial, se acumulan las interrogantes sobre su efectos.

