La fuga de Flávio

Columna
El Líbero, 31.10.2026
Fernando Schmidt Ariztía, embajador ® y exsubsecretario de RREE

La huida de Flávio Bolsonaro de Brasil, que ejercía hasta la semana pasada como cabeza visible de la poderosa oposición confirmó, una vez más, que nuestro continente es muy rico en argumentos novelescos. La salida de Fujimori a Japón; la de Evo a México; la de Rafael Correa a Bélgica; la de Mauricio Funes a Nicaragua, entre otras, dan cuenta en diversos grados y tonalidades de nuestras pasiones irrefrenables, de distintos grados de apropiación del poder; de las nefastas influencias que familiares y amigos ejercen cuando alguien de la tribu accede al mando. También, de la fragilidad de nuestras instituciones y la futilidad de los principios que decimos defender.

Siempre he sostenido, y sigo afirmando, que Brasil descansa en el pragmatismo lusitano de origen comercial, en el interés antes que, en la tozuda convicción, en la transacción posible y poco en la pureza ideológica. A pesar de esta planicie no ha dejado de producir personajes literarios como don Pedro I y la duquesa de Goias; Antonio Conselheiro; Lampião y María Bonita; Adhemar de Barros; el padre Cícero o el periodista Francisco de Assis Chateaubriand (“Cható”). En la política latinoamericana hay pocas hazañas tan cinematográficas como el tórrido romance entre el diputado “Bejo” Vargas, hermano de Getulio, fundador del Estado Novo, y Edda Mussolini, hija de Benito y esposa del influyente conde Ciano.

Varios políticos brasileños prefirieron inmolarse en el exilio antes que permitir la división del país. Don Pedro II fue un caso emblemático. Partió horas después de ofrecer el último baile del Imperio en honor de la Armada de Chile. Lo mismo pasó con su sucesor, Deodoro da Fonseca. Otros, no quisieron asistir al traspaso del mando a un presidente en sus antípodas. Fue el caso de Jair Bolsonaro el 2022, que partió a EE.UU. para evitar a Lula. João Figueiredo, el último mandatario de la dictadura, no quiso asistir a la ceremonia en que asumía José Sarney, considerado un “traidor”. Por razones parecidas Floriano Peixoto no estuvo en la toma de posesión de Prudente de Morais.

El espectáculo pasa, pero Brasil sigue.

La sensacional huida de Flávio Bolsonaro y familia a los EE.UU. alimenta una vez más el morbo, pero creo que produce pocos cambios en ese país fuera del campo judicial. Trajo a colación la imagen de una persecución política por parte del juez Alexandre de Moraes de la Suprema Corte de Justicia (STJ), cuya esposa -como Flávio- podría estar involucrada en el famoso “caso Master” a través de un contrato de asesoría jurídica por US$ 25,5 millones. El retiro de su pasaporte, causa aparente del escape, pone nuevamente sobre el tapete la crisis por la que atraviesa el STJ; sus divisiones internas; su politización; la pugna de poder detrás de los nombramientos de los ministros y la necesidad de entrar en una reforma urgente del STJ que pasa, incluso, por procesos de destitución de magistrados. Allí, la oposición bolsonarista podría obtener el amplio respaldo de fuerzas políticas que actuarían bajo la lógica: “hoy por ti, mañana por mí”.

Sin embargo, aunque Flávio se victimiza huyendo y colocándose al amparo de Trump, no creo que las relaciones entre Brasil y EE.UU. descarrilen y amenacen a Lula desde el exterior. El volátil presidente norteamericano criticó el proceso electoral recién concluido, pero también dijo que no se involucrará más en el asunto. Por otra parte, la fuga generó un vacío en el liderazgo del bolsonarismo y, por ende, mayor libertad de acción en una derecha opositora con tendencias “fisiológicas”, es decir, a pactar con el poder. En Brasil, pertenecer a la oposición no es lo mismo que ser opositor. Desde otro punto de vista, es imposible que Flávio -aunque lo afirme- pueda liderar la fuerza política de casi 60 millones de votos; es impracticable que coordine la tarea de diputados, senadores, gobernadores, legisladores provinciales que ayudó a elegir; inviable que pueda limpiar, desde el exterior, su imagen al interior de un Partido Liberal (PL) que confió en él. Lo más probable es que el PL quiera tener una víctima, una causa movilizadora tal como el PT la tuvo con el encarcelamiento de Lula, y Flávio no se la proporcionó.

Así como el PT se encuentra muy centrado en la figura de Lula, cuya desaparición supondría un trauma en dicha corriente, el bolsonarismo se centró en el expresidente Jair, cuya liberación del arresto domiciliario es una causa. Con el beneplácito de Jair, el liderazgo práctico había pasado a Flávio no sin fuertes disputas internas. Ahora, con este último en EE.UU., ¿no se abrirá nuevamente esa herida? ¿No surgirá otra vez la sombra de Tarcisio, el poderoso Gobernador de São Paulo para liderar estas fuerzas? ¿O la del exaltado Carlos Bolsonaro, ahora senador electo? ¿O tal vez la de Michelle, la esposa y activista evangélica, también senadora electa? Todas estas son interrogantes válidas que el exilio de Flávio despierta.

Sin embargo, estas pugnas de Corte no paralizan al país. La vida continúa. Los negocios se tienen que cerrar. La vida universitaria no se interrumpe. Los entrenamientos militares y el combate al crimen organizado siguen adelante. No sería de extrañar que el tremendo agronegocio brasileño, bolsonarista de raíz, esté tratando hoy con las actuales y futuras autoridades la adopción de medidas para su seguridad en los cultivos, nuevos mercados y su expansión. Que la poderosa Confederación Nacional de la Industria (CNI) ya tenga preparados planes de acción para el cuarto período de Lula en el poder. Que los gobernadores estén asegurándose ante las autoridades actuales y electas sus planes de obras públicas, o el pago de sus deudas al Tesoro Nacional.

En este contexto, el presidente Kast hizo muy bien en llamar a Lula, felicitarlo por su triunfo (por más dudas que surjan sobre el conteo electrónico cuando una elección se alarga, de repente, por dos horas más) y comprometer su presencia en la ceremonia de inauguración de su nuevo mandato. Puede tener muchos puntos en común con el bolsonarismo, pero actúa como presidente de Chile y no como líder de una facción.

La relación con Brasil ha crecido en los últimos años exponencialmente. Hoy día debemos tener una agenda para el combate al crimen organizado; una pauta para consolidar relaciones con aquellos estados donde la inversión chilena es importante en su estructura económica; otra de utilización de las redes brasileñas en África como parte de una estrategia de diversificación de exportaciones; una mirada concertada sobre los asuntos geopolíticos del entorno sudamericano y mundial; poner el foco en la tremenda malla de conexiones aéreas, principalmente para el turismo, a fin de extenderla hacia encadenamientos productivos; agilizar la construcción del corredor bioceánico desde el punto de vista administrativo para que los puertos de norte brinden servicios a la carga brasileña; crear una agenda común sobre minerales críticos y energía; estimular la revitalización de la integración económica sudamericana; estrechar pragmáticamente la relación con São Paulo, principal motor de Brasil, situado a 3 horas y media de distancia de nosotros.

Todos estos asuntos no tienen otro sello ideológico que el interés de Chile. Con Flávio como presidente la agenda habría sido básicamente la misma e, incluso, habríamos tenido que aguantar desavenencias surgidas de los intereses brasileños o nuestros. Nos preguntarían entonces: ¿Que no éramos tan amigos? Con dificultad habría que responder con esa frase de Lord Palmerston en la Cámara de los Comunes: “No tenemos aliados eternos y no tenemos enemigos eternos. Nuestros intereses son eternos y esos intereses son nuestro deber seguir”.

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