Gobernabilidad y mal gobierno

Columna
El Montonero, 03.01.2022
J. Eduardo Ponce Vivanco, embajador (r) y ex viceministro de RREE peruano

El desgobierno que aplasta el reino del caos afincado entre Chota y Palacio de Gobierno ha entrado a la etapa de solicitar primeros auxilios al que quiera prestarse a negociarlos. Vemos desfilar a los postores entrando y saliendo de las reuniones que convoca el presidente cuando no está en Cajamarca o los pueblos que visita en el interior para decir casi siempre lo mismo: nada. Cuando habla a ese “pueblo” que considera suyo y no nuestro.

Nadie le ha dicho que el país ha perdido la brújula averiada que por lo menos tenía; y, con certeza, nadie le ha planteado otra cosa que posiciones en el Gabinete o en otros cargos del Estado que todos llevamos a cuestas, pagando impuestos que no se invierten o ni siquiera se gastan.

Pero todos los que han acudido a Palacio o han prestado oídos a cuestionables pedidos de apoyo han disfrazado su concurso aludiendo a la “gobernabilidad”, uno de los conceptos más manoseados o pervertidos de los últimos años porque sirve de pretexto y escudo para disimular intercambios impresentables con un hálito de corrección política.

Lo que esta parodia de gobierno entiende por gobernabilidad es el respaldo a sus alocadas decisiones o una actitud benigna hacia sus despropósitos. Lo peor, sin embargo, es el éxito que tiene pues, de no ser así, el Congreso ya habría terminado con una situación que erosiona diariamente al país y a las desvencijadas instituciones que aparentan estar presentes en el escenario nacional.

Con una economía de oportunidades perdidas, un absurdo desprecio por el crecimiento y la inversión, sin noción alguna del principio de autoridad, una actitud suicida contra la minería y una incapacidad premeditada para mantener siquiera una ilusión de progreso, el futuro del Perú se reduce poco a poco, tristemente.

Pero nada peor que el estándar de ineptitud al que nos estamos resignando en forma deprimente, como si el concepto de democracia pudiera admitir que el pueblo tiene derecho a desprestigiarla o destruirla, olvidando el deber de elegir a los mejores y de extirpar a aquellos que por esas maldades del destino y la irresponsabilidad colectiva triunfan en una elección y reciben el poder de gobernar. Un poder que, por desgracia, pueden ejercer gracias a la ingenua confianza que ciegos e ignorantes depositaron en ellos.

La moraleja que los peruanos han recibido de las últimas elecciones es que la preservación de la democracia exige votar por los ciudadanos más capacitados. Por los mejores.

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