La traca final

Columna
El Confidencial, 06.01.2021
Jorge Dezcállar de Mazarredo, Embajador de España, ex director general de la CNI y columnista
español
Las últimas semanas de Donald Trump en la Casa Blanca están resultando bastante movidas. Absurdamente movidas

Hoy, 6 de enero, día de los Reyes Magos aunque ellos no lo sepan, los legisladores norteamericanos se reúnen para certificar el triunfo electoral de Joe Biden mientras al menos 12 senadores pretenderán inútilmente impedirlo votando no sobre la base de vagas alegaciones de fraude y de robo que no han logrado demostrar. Más grave aún es que el propio vicepresidente, Mike Pence, se preste al juego e, incluso, que lo apoye diciendo que “comparte las preocupaciones de millones de americanos sobre trampas en el voto e irregularidades en la última elección”. Repito, sin aportar ninguna prueba. El resultado será una sesión tensa que mostrará profundas divisiones en el campo republicano y que augura un pésimo ambiente en la legislatura que ahora se inicia.

La pueril obstinación de Donald Trump en no querer reconocer su derrota, incluso amenazando a funcionarios de Georgia para 'buscar' los votos que le dieran la victoria, induce a error y enardece a sus seguidores, que en más de un 80% están convencidos de que Biden le ha robado la elección. El hecho de que Pence ya esté pensando en su futuro y considere ser candidato a la presidencia en 2024 no quita gravedad a su comportamiento, porque él conoce la verdad, sabe que su jefe miente y que todo esto hace mucho daño a la legitimidad del nuevo presidente, a la credibilidad del sistema electoral y a la misma imagen de la democracia americana en el mundo. Además, aumenta la fuerte polarización política que vive el país y puede complicar mucho los esfuerzos de Joe Biden por devolver un poco de normalidad, de predictibilidad y de sentido común a la vida política de la primera potencia mundial.

Trump presiona a un alto cargo de Georgia para revertir los resultados electorales.

Las últimas semanas de Donald Trump en la Casa Blanca están resultando bastante movidas. Absurdamente movidas. Desde el pasado 3 de noviembre, Trump ha considerado atacar militarmente a Irán (de lo que al parecer le disuadieron sus asesores), enviando a la zona un portaaviones y un submarino nuclear que elevan la tensión existente, ha cambiado al secretario de Defensa, ha regalado a Marruecos el reconocimiento de su soberanía sobre el Sáhara Occidental a cambio de que Rabat reconociera al Estado de Israel, ha retirado tropas de Afganistán por encima de los números discutidos en las negociaciones de Doha con los talibanes, ha impuesto nuevas sanciones a China y a Cuba, expulsando del mercado financiero norteamericano a las tres mayores compañías de telecomunicaciones chinas, y ahora mismo se está planteando incluir a Cuba en la lista de países que apoyan el terrorismo. En esta lista, de la que la sacó Obama, solo están hoy Irán, Siria y Corea del Norte, y estar en ella tiene gravísimas repercusiones de toda índole.

Se diría que Trump intenta forzar la mano de Biden a partir del próximo 20 de enero o, al menos, complicarle en su propósito de llevar adelante una política de menor alineamiento ideológico, más racional y menos visceral, y más acorde con el derecho internacional y la tradición norteamericana tanto en Oriente Medio como en otros lugares.

Tampoco las aguas han estado más calmadas en el ámbito de la política interior, donde Trump ha nombrado a una jueza conservadora para el Tribunal Supremo en un gesto poco elegante, porque ya había perdido las elecciones y porque contradecía tanto precedentes como el mismo ruego de la moribunda Ruth Bader Ginsburg. Lo curioso es que en sus últimas rencillas ha tenido parte de su propio partido enfrente, como ha ocurrido cuando ha regateado durante días con el volumen del plan de rescate que discutían republicanos y demócratas en el Capitolio y que finalmente ha quedado en torno a los 900.000 millones de dólares, cuando Biden pedía dos billones.

La última discusión fue sobre el montante de los cheques de ayuda a los ciudadanos con rentas más bajas, que Trump quería subir hasta los 2.000 dólares (con respaldo de los demócratas) frente a los 600 que estaban dispuestos a dar los republicanos y que es la cifra que finalmente han impuesto en el Senado por la negativa de su líder, Mitch MacConnell, a considerar el aumento si no se vinculaba con otros asuntos que sabía que no serían aceptados. Y no ha sido el único enfrentamiento de Donald Trump con sus correligionarios, porque su veto al presupuesto de Defensa presentado por la Cámara de Representantes (740.000 millones de dólares) ha sido superado por el Senado, que está controlado por el Partido Republicano, y esta es la primera vez que el Senado se impone a un veto presidencial en los últimos cuatro años.

Pero ya se sabe que cuando el barco se hunde... Y el barco de Trump tiene los días contados y son cada vez más los que por fin piensan que está llevando las cosas demasiado lejos. ¡Ya era hora! En realidad, a los republicanos nunca les gustó mucho Donald Trump, en las primarias de 2016 trataron de evitar que fuera el candidato del partido y se quedaron tan sorprendidos como el mismo Trump cuando ganó las elecciones a Hillary Clinton, en contra de todos los pronósticos.

Aunque también es cierto que una vez que se sentó en el despacho oval, todos se agruparon detrás de un hombre que les había llevado a la victoria y les aseguraba cuotas de poder y un Tribunal Supremo que estará durante décadas escorado hacia las tesis más conservadores gracias a los tres jueces nombrados durante su mandato, mientras él soltaba exabruptos a diestro y siniestro y extendía su propio control sobre el partido, porque tonto nunca ha sido. Y por eso cerraron filas en derredor suyo y se opusieron al intento de 'impeachment' (destitución) que intentaron hace ahora un año los demócratas. La duda ahora es cuál será la capacidad de influencia de Trump, respaldado por 74 millones de votos en noviembre, sobre el partido durante los próximos años. Y por eso, muchos todavía le temen.

Pero, al final, Trump ha ido demasiado lejos hasta para su propio partido que, tras muchas dudas y sospecho que con no poca vergüenza ajena, ha acabado reconociendo la victoria de Biden y la derrota de su líder. Han tardado semanas, pero al final parecen haber dicho ¡basta! Y así, el gobernador republicano de Georgia ha certificado el ajustado triunfo electoral de Biden en su estado, con gran indignación de Donald Trump, porque Georgia sigue siendo en estos momentos un estado decisivo, pues el empate allí en las elecciones al Senado ha forzado a una segunda vuelta que tuvo lugar ayer, 5 de enero, a cara de perro entre los republicanos Perdue y Loeffer y los demócratas Ossof y Warnock.

Cuando escribo estas líneas, las encuestas están muy apretadas y el resultado es una moneda al aire. Con Biden y el propio Trump haciendo campaña en Georgia, los dos partidos están echando el resto detrás de sus candidatos, porque la capacidad de Biden de llevar adelante su programa y los nombramientos que desea hacer depende en buena medida de que controle el Senado, y para ello necesita ganar los dos puestos todavía en liza. Si lo lograra, que no es fácil, se produciría un empate con 50 senadores por partido, y ese empate lo podría deshacer el voto de calidad de la vicepresidenta, Kamala Harris, que presidirá el Senado aunque ella no sea senadora.

Es mucho lo que hay en juego y por eso están las espadas en alto en Georgia y los nervios a flor de piel, mientras Trump medita qué otra barrabasada puede hacer cuando ya solo le quedan 14 días en la Casa Blanca y deja una herencia envenenada que se traduce en un partido dividido, una sociedad polarizada y una gobernabilidad complicada para su sucesor. Se le recordará como un mal sueño.

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