Binarios y fragmentados: El panorama sudamericano

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El internacionalista del fin del mundo, 07.06.2026
Juan Pablo Glasinovic Vernon, abogado, exdiplomático y columnista

El clima social y político ha estado particularmente polarizado en el mundo al menos desde hace una década, de lo cual por supuesto no ha escapado nuestro continente. Esa polarización en las democracias se manifiesta especialmente en los contextos electorales, los que han pasado a ser binarios en sus opciones, normalmente entre los extremos del arco político. Pero en los sistemas presidencialistas instalados en casi toda Sudamérica (se exceptúan Guyana y Surinam), las opciones ganadoras de la jefatura del gobierno no han logrado por lo general imponerse en el parlamento, los que han visto un florecimiento de partidos políticos. Esto ha generado un inmovilismo con un gran desgaste de los sistemas políticos y de sus actores, con una creciente frustración social. Paradójicamente los electores hasta ahora han apostado por salir de este estado de cosas votando por opciones cada vez más ajenas al sistema y en competencias que han extendido o incluso profundizado esa polarización.

Es el caso de Colombia, donde hace 4 años atrás el país debió decidir entre un ultraizquierdista y un populista sin trayectoria pública relevante ni soporte partidario. Entre este aparecido y un exguerrillero, la mayoría optó por el segundo como mal menor. Esa es otra característica de este contexto de opciones binarias, en el cual quien se impone lo hace de la mano del rechazo a la otra candidatura, más que por convicción de ser la mejor opción.

La pregunta que ronda en nuestros países es por qué si la mayoría de la sociedad se involucra poco en política y quiere vivir en paz, seguridad y armonía, termina votando por los candidatos más extremos, exacerbando las diferencias y tensionando el tejido social. ¿Es una expresión de descontento profundo que clama por un cambio de sistema? ¿O es más bien la búsqueda de un liderazgo y conducción que encaje con los anhelos y miedos de la sociedad actual y que hasta ahora no ha aparecido? Obviamente entre ambas interrogantes hay una gran brecha y la falta de alternativas que satisfagan a las sociedades en nuestros sistemas democráticos fortalecen a los sectores que buscan reemplazarlos por regímenes autoritarios. El tiempo dirá qué rumbo adoptamos.

Pero volviendo a Colombia, en los comicios pasados, Gustavo Petro, aunque accedió al poder sin mayoría parlamentaria propia, tuvo la oportunidad al inicio de una amplia alianza para apoyar parte importante de su programa de gobierno. Lamentablemente el mismo echó abajo ese acuerdo y su cuatrienio se caracterizó por una alta conflictividad con el congreso y el Poder Judicial que opacó los buenos resultados que obtuvo en algunas materias, como la reducción de la pobreza. El aumento de la inseguridad y la oposición al plan de Petro por seguir pactando con los descolgados de la guerrilla también contribuyeron al clima confrontacional.

Esa tensión se trasladó a la elección presidencial, donde nuevamente se repite el escenario binario. Luego de la primera vuelta electoral llevada a cabo el 31 de mayo, se impusieron los candidatos Abelardo de la Espriella, representando el movimiento político Defensores de la Patria, e Iván Cepeda, candidato de la coalición Pacto Histórico, junto a sus vicepresidentes José Manuel Restrepo y Aida Quilcué, respectivamente.

Abelardo de la Espriella, al igual que Rodolfo Hernández en 2022, fue una completa sorpresa, aunque en este caso con un perfil ideológico claro de ultraderecha. Su auge se explica, como en buena parte de la región y del mundo, en la demanda de seguridad y el cansancio con el establecimiento político tradicional. Incluyendo el rechazo al continuismo de Petro.

Al igual que Hernández en 2022, Espriella carece de escaños parlamentarios y en caso de triunfar dependerá enteramente del resto de la derecha para gobernar, especialmente del uribismo. Por su parte Iván Cepeda sí tiene parlamentarios, aunque al igual que Petro de ganar deberá formar una coalición amplia para poder aprobar sus proyectos de ley.

Colombia repite entonces la situación de 2022 entre una izquierda dura y una derecha extrema populista. A nivel presidencial el país está partido casi en partes iguales, dependiendo la definición de un 20% del electorado que según los estudios y encuestas es el que no ha definido su voto.

Esa partición se fragmenta en el congreso, con numerosos partidos en ambas cámaras los que, sin perjuicio de compartir signo político, suelen hacer más difícil los pactos sectoriales. Esta fragmentación ha consagrado lo ahora se denomina como las derechas e izquierdas, con feroces pugnas también para imponerse en su respectivo bloque.

De ganar de la Espriella, sería otro país que gira a la derecha en Sudamérica, aunque como señalamos, sin mayoría parlamentaria. Si triunfa Cepeda romperá la tendencia alentando la opción de la izquierda en Brasil, pero tampoco tendrá mayoría en el congreso.

¿Puede un país sostener otros 4 años de un clima de alta tensión y sin definiciones claras de rumbo? Es la pregunta que aplica a toda nuestra región y que nos impone la obligación de salir de esa dinámica circular. Una de las claves pasa por acuerdos amplios en el congreso y quien lo impulse no dará una señal de debilidad, sino de grandeza y de visión de futuro. La política de trinchera solo lleva al estancamiento y a la desesperanza.

En el mismo orden de cosas, en Perú hoy se define quien será presidente. Keiko Fujimori o Roberto Sánchez. También se repite el escenario de hace 5 años con una opción de derecha y otra de izquierda. Keiko Fujimori va por su cuarta opción. En las tres anteriores fue derrotada por el voto de rechazo al fujimorismo. En la última década Perú ha tenido 8 presidentes y en el quinquenio que termina fueron 4.

Existe por tanto un cansancio por esta rotación que ha mantenido paralizado al Estado más allá de sus tareas de administración y la pregunta es qué pesará más, el antifujimorismo o la demanda por estabilidad y seguridad que ofrece Keiko. En 3 encrucijadas anteriores el electorado prefirió al contendor de Fujimori y el resultado es que ninguno terminó su período y terminó procesado o encarcelado. ¿Será por fin su turno o el voto anti seguirá siendo decisivo? ¿Y cuál será la incidencia de la perspectiva del continuismo?

De ganar Keiko Fujimori seguirá reforzando la marea de derecha y si ocurre lo mismo en Colombia, todo el pacífico sudamericano será de ese signo. En caso contrario también será un impulso anímico para la gran batalla electoral que tendrá lugar en octubre en Brasil entre el incumbente Lula y Flavio Bolsonaro.

En Perú después de varias décadas se reinstala el bicameralismo con el senado. Esto se espera que aminore la dinámica instalada de antagonismo presidencia-ejecutivo al mismo tiempo que mejore la discusión de las leyes.

Aunque al igual que en otros países, ninguno de los candidatos tiene mayoría parlamentaria, ambos encabezan las mayorías relativas en el congreso y podrían estar más cerca de coaliciones que en Colombia. Además, el perfil partidario es menos ideológico que en dicho país lo que podría facilitar acuerdos.

Asistimos entonces a elecciones de alta tensión que generan angustia y esperanza por igual, en sociedades partidas, donde se está imponiendo la opción menos rechazada y no la más favorecida. Más allá de la legitimidad sistémica de quien resulte elegido, no se puede ignorar ese elemento de fondo, lo que debiera motivar la búsqueda de una amplia legitimidad social mediante el ejercicio del poder. Quien sumó la mayoría necesaria, en buena medida por evitar que gane el contrario, debe procurar hacerse cargo de las expectativas de ese grupo mayoritario que en definitiva no se siente representado. Quién lo haga saliendo de su trinchera, estará expuesto al fuego amigo y enemigo, pero si no es derribado en el intento logrará tal vez terminar con las trincheras o al menos abrir una dinámica que nos saque de la asfixia actual. Hago votos por ello.

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