Columna El Internacionalista del Fin del Mundo, 28.06.2026 Juan Pablo Glasinovic, abogado, exdiplomático y columnista
Las proyecciones se cumplieron en los recientes comicios en Perú y Colombia. En ambos países triunfó la derecha. Con eso se profundiza el giro hacia esa parte del espectro en toda la región. El Pacífico sudamericano quedó enteramente en manos de esta y en Centroamérica, Honduras y Costa Rica se suman a la marea. En todo el continente las excepciones son México, Guatemala, Nicaragua, Cuba, Venezuela, Uruguay y Brasil. En este último caso las elecciones generales son en octubre.
Aunque las proyecciones fueron certeras, no anticiparon un triunfo tan ajustado, en ambos casos por unos pocos miles de votos. De hecho, al momento de escribir esta columna, en Perú todavía no se proclama el resultado oficial, pero la ventaja de Fujimori de casi 50.000 votos gracias a la circunscripción de los peruanos en el exterior es irremontable.
Con sus diferencias, a primera vista en los dos países se puede hacer una doble lectura. La más evidentemente es que sus sociedades están escindidas en partes iguales entre derecha e izquierda. Desde esa perspectiva, gobernar será una tarea muy compleja con un alto riesgo de inmovilismo, lo que sería la antítesis de la dinámica que impulsó el cambio de signo.
Otra interpretación es que estas sociedades dan un mandato condicionado al cambio, exigiendo que la clase política se ponga de acuerdo en beneficio del conjunto, cansadas de esta polarización que genera bruscos cambios de signo sin avances reales en beneficio de la población.
Por mi parte creo que la lectura es complementaria, es decir si bien el resultado refleja una aguda polarización, la debilidad del ganador le impone tener que pactar con la oposición para poder gobernar, evitando así la profundización de la división. En otras palabras, el resultado impone la negociación.
Por supuesto que estará por verse cómo se conducen Keiko Fujimori y Aberlardo de la Espriella en este contexto y su derrotero. Ambos llegan en posiciones diferentes. De la Espriella sacó una alta votación en primera vuelta (con Cepeda concentraron el 85% de los sufragios) lo que en términos de poder personal y legitimidad es importante. Fujimori por su parte tuvo una baja votación en las mismas circunstancias, lo que deja en evidencia que no era una opción preferida popularmente y salió en la lógica de lo menos malo.
Si nos vamos a los resultados en el parlamento, Fujimori tiene la primera mayoría y la derecha, en sus distintas manifestaciones, tiene la mayor parte de los escaños por lo que posibilidad de hacer alianzas para implementar la agenda legislativa es alta.
En el caso de Colombia, de la Espriella llega prácticamente sin parlamentarios y dependerá de los otros partidos de derecha, que además no alcanzan para la mayoría por lo que deberá negociar con la oposición. En ese marco entonces, el gobierno de Fujimori tendría mejores perspectivas en materia de gobernanza, aunque no se debe olvidar que el sistema de partidos peruano es mucho más voluble que otros latinoamericanos, lo que significa que la identificación ideológica no siempre es el principal factor de alineamiento.
Volviendo a Colombia, de la Espriella tendrá a su derrotado contendor probablemente como al líder de la oposición porque por las particularidades del sistema de ese país, se queda con un escaño parlamentario (la ley le otorga una curul en el Senado por haber quedado segundo en la elección presidencial) y esa condición le otorgará más poder, particularmente para negociar en el congreso. En Perú, habrá que ver si Sánchez logra capitalizar su votación y convertirse en la opción para la próxima.
¿Pero qué significa para el resto de la región este triunfo de la derecha? En mi opinión la variable principal que hay que considerar es la seguridad. Eso no solo va a determinar lo que ocurra en los ámbitos domésticos, también va a condicionar la política exterior y su dinámica regional, así como el rol de América Latina en el contexto global.
Por sus posturas más duras con énfasis en la represión, sin duda que se va a fortalecer el alineamiento con Estados Unidos, en desmedro de otras posturas como la europea. Y como la seguridad es la preocupación prioritaria de todas las sociedades latinoamericanas, esto podría favorecer la doctrina “Donroe” (la nueva versión de América para los americanos), restando terreno a la interacción con otros y con el sistema multilateral.
En términos prácticos esta coincidencia podría derivar en una mayor coordinación entre nuestros países, pero si solo se centra en la represión, no solo se arriesga con erosionar las libertades y derechos individuales, también podría generarse un interludio mejor, pero seguido de un empeoramiento criminal más adelante.
En esta dinámica, el principal perjudicado es el Brasil del presidente Lula, el que claramente pierde ascendiente en la región, en favor de Estados Unidos. Asistimos a una “securización” de la agenda internacional. Al mismo tiempo, aumentan las posibilidades de que Lula no sea reelegido con la extensión de esta marea conservadora. Una señal de eso es que mientras dos tercios de los brasileños apoyan la estrategia que impulsa Estados Unidos de declarar a las bandas y carteles como grupos terroristas, el gobernante brasileño se opone tajantemente.
Para los próximos años, y solo considerando el rol de los gobiernos, podría esperarse una convergencia regional en torno a una estrategia crecientemente represiva. Si esta tuviera éxito conforme a los cánones de El Salvador, es decir encarcelar masivamente a los criminales disminuyendo en consecuencia los delitos en las calles con un impacto directo en la percepción, esto podría extender el mandato de esos gobiernos e inaugurar un nuevo ciclo político. Si en esto se sumara Brasil, sin duda que los efectos serían mayores y más profundos.
En ese escenario, la izquierda derrotada debe hacer una profunda reflexión sobre la forma de abordar la seguridad, entendiendo que sin ella todos los derechos son inviables. Al mismo tiempo, todos los sectores que no compartan esa visión exclusivamente represiva deben empujar una estrategia y medidas que fortalezcan el Estado de Derecho democrático.
Siempre en la lógica de la seguridad y a pesar de la doctrina “Donroe”, hay espacio para que otros entren en el esquema como la propia Unión Europea, fortaleciendo la opción de caminos alternativos y que han tenido éxito, como la lucha contra la mafia en Italia.
En el proceso de lucha prioritaria contra el crimen organizado, la concurrencia de distintas experiencias y ópticas como la europea en alianza con las instituciones competentes y que generalmente tienen un estatus autónomo en nuestros países, como los ministerios públicos, podría evitar caer en un populismo persecutorio, a la vez que redundar en una mayor eficacia en los resultados de largo plazo.
En esa perspectiva, me atrevo a decir que los ministerios públicos y la judicatura tendrán un rol clave no buscado ni vislumbrado hasta hace poco en esta materia y que de ellos dependerá en buena parte la dirección que adopte la seguridad y la suerte del sistema democrático de nuestros países.
Las elecciones recientes confirman una tendencia que busca solución a un grave problema, lo que requiere de una acción prioritaria de nuestros gobiernos. Pero más allá de la estridencia y la polarización la democracia sigue vibrante y nuestras sociedades están dejando en claro que esto no se solucionará excluyendo a la otra mitad o en su contra. Nuestros gobernantes y todos los actores políticos deben tomar nota.
Lo más simple es ganar la elección, ahora empieza lo verdaderamente difícil.

